El 21 de junio, Colombia eligió presidente con porcentajes de 49,66 % contra 48,70 %. Menos de un punto. Un cuarto de millón de votos en un país de 50 millones. Abelardo De La Espriella entra a la Casa de Nariño como el candidato más votado de nuestra historia y, al mismo tiempo, gobernando un país partido casi exactamente por la mitad.

Ese número es la columna entera. No el ganador, el margen. Porque un país dividido 49,66 %/48,70 % no es un país que decidió algo: es un país atrapado —otra vez— en un juego de suma cero, donde lo que una mitad gana lo entiende la otra como pérdida y donde la energía nacional se gasta en repartir una torta fija en lugar de hornear una más grande. Llevamos 50 años jugando ese juego. Y, cada vez que lo jugamos, se nos pasa una ola.

Las olas que se nos pasan

Cada cierto número de décadas, una tecnología no mejora la economía: la reescribe entera. El vapor. El ferrocarril. La electricidad. El carro. El computador. Cada una abrió una ventana de unos 40 años y cada una dejó dos tipos de países: los que se montaron en la ola y los que la vieron pasar.

Hay un detalle que casi nadie ve. La ola nunca llega primero como prosperidad. Llega como plata y como ruido: capital que entra, precios que suben, burbujas, euforia. La prosperidad de verdad —el empleo, las empresas que duran, el país más rico— viene después y solo si en el momento del ruido construiste algo. Si no construiste, el ruido se va y no queda nada.

Ahí está la tragedia de América Latina, dicha sin anestesia: siempre vivimos el ruido y nos perdemos la prosperidad. Sentimos la plata entrar —los booms de commodities, las modas de capital—, pero, justo cuando tocaba construir, nos íbamos a pelear. Estatizar contra privatizar. Abrir contra cerrar. Expropiar contra cobrar renta. Izquierda contra derecha. La ola pasaba por encima mientras discutíamos cómo repartirnos algo que la ola ni siquiera había traído todavía.

Lo que hicieron los que sí entendieron

Corea e Israel miraban el mismo reloj y vieron algo distinto. No observaron una torta para repartir, sino una ventana para aprender.

Corea agarró la ola de la producción en masa y la del computador con una disciplina brutal: educar, exportar, exportar, exportar, y un Estado puesto al servicio del que produce. Israel convirtió su tecnología militar en empresas y se autobautizó, sin pena, startup nation. Ninguno de los dos era rico cuando empezó. Ninguno tenía mejores recursos que nosotros. Lo que tenían era otra cabeza: la pregunta no era cómo nos repartimos esto, sino qué tan rápido aprendemos a hacer lo que el mundo todavía no sabe que va a necesitar.

Nosotros teníamos café, petróleo, oro, dos océanos y una posición geográfica envidiable. Y nos pusimos a jugar suma cero. Esa es la historia económica de Colombia en una frase.

La nueva ola ya llegó y se parece al carro

Ahora viene la grande. La mano de obra automatizada —inteligencia artificial más robótica— no es “una tecnología más”: cambia las reglas de toda la economía de un solo golpe.

Piénselo como cuando apareció el automóvil. El Ford T no fue “un coche barato”. La línea de ensamblaje rediseñó el factor de producción entero: energía barata, trabajo estandarizado, logística de masa. Reescribió qué era valioso, dónde quedaba el trabajo, qué países importaban. La mano de obra automatizada hace exactamente lo mismo hoy, pero sobre el insumo que fue durante 200 años nuestra única “ventaja comparativa”: el trabajo humano barato. Cuando el costo del trabajo cognitivo y físico colapsa hacia cero, una economía cuya estrategia era ser barata se queda, de un día para otro, sin estrategia.

Eso es una amenaza existencial, pero las grandes olas siempre lo son —para los que las ven pasar—. Para los que se montan, son la única oportunidad de saltar etapas en una sola generación. Lo barato dejó de ser una ventaja. La ventaja, ahora, es de quien decide construir en vez de quedarse mirando.

La globalización tuvo un océano. Lo que viene tiene otro

Para entender por qué esta ventana es distinta a todas las anteriores, hay que ver el cambio de fondo: el mundo dejó de globalizarse y empezó a partirse en bloques. Durante 30 años, la regla fue producir donde saliera más barato y eso tuvo un océano: el Pacífico. Casi todo lo que comprábamos se hacía en Asia y cruzaba ese mar para llegar a América. Esa época se acabó. Hoy, cada potencia quiere que sus cosas críticas —energía, chips, medicinas, comida— se hagan cerca y entre amigos, no al otro lado del planeta a manos de un rival. Y, cuando cambia quién produce, cambia el mar por donde pasa el comercio.

Estados Unidos está haciendo exactamente eso en su patio: asegurar que su energía no dependa del golfo Pérsico y que sus fábricas no dependan de China. El movimiento sobre Venezuela —la flota en el Caribe, el control del petróleo, sacar a Caracas de la órbita china y rusa— es la señal más cruda de ese giro, y Washington lo nombró sin eufemismos: el regreso de la doctrina Monroe. Se puede aplaudir o se puede condenar, y media Colombia hará cada cosa; pero eso es otra discusión. Como dato del tablero, el hecho es uno solo: el mapa se está reordenando y el Caribe quedó en el centro. La pregunta para nosotros no es si nos gusta el reordenamiento, es si lo vamos a aprovechar o lo vamos a ver pasar.

Ahí está la pieza que casi nadie está leyendo bien: el eje se mueve del Pacífico al Caribe. El Caribe vuelve a ser el mar que importa —por ahí van a pasar las cadenas que regresan de Asia, la energía del continente y la ruta de Panamá— y Colombia es el único país con un pie en cada océano, justo sobre la línea por donde el mundo se está moviendo. No estamos al lado de la ruta. Somos la bisagra. La ventana, por primera vez en mucho tiempo, también es geográfica. Pero una ventana es solo eso: una apertura. No se cruza sola.

Colombia no necesita otro diagnóstico

Y aquí es donde siempre nos caemos. Colombia está sobrediagnosticada. Tenemos más comités de sabios, más misiones de expertos y más documentos de 300 páginas que casi cualquier país de nuestro tamaño. Sabemos exactamente qué está mal. Lo sabemos desde hace 40 años. Lo que nunca hemos tenido es quien lo ejecute.

El milagro de De La Espriella y Restrepo tampoco lo va a hacer un decreto. El espejo argentino lo confirma: Milei hizo en el papel una estabilización de manual —llevó la inflación de tres dígitos (211 %) a cerca del 30 % y logró el primer superávit fiscal en 14 años— y aun así le costó meses, porque hasta la mejor política se atasca cuando choca con la realidad. Una presidencia no es un milagro: es un permiso. Una hoja que dice “se permite intentarlo”. Lo que pase después no lo firma nadie; se ejecuta o no se ejecuta.

Así que, por una vez, no escribo otro diagnóstico. Escribo la lista. La que haría el primer día quien dirigiera esto como una empresa que tiene que entregar resultados o quebrar. Y ese CEO no es una persona: es el presidente, sí, pero también los gobernadores y los alcaldes, los gremios y, sobre todo, el liderazgo empresarial y ejecutivo del país. El milagro no lo firma un hombre desde un escritorio: lo ejecuta una clase dirigente que decide, por fin, dirigir. La lista es de todos ellos.

La lista del CEO de la Patria Milagro

1. Borrar antes de construir. No una reforma más: una motosierra de trámites. Escoger los 20 permisos que más asfixian al que quiere producir y eliminarlos en 90 días, no estudiarlos dos años. Abrir una empresa debe costar un día y un computador, no tres meses y un tramitador. La mejor norma es la que se borra.

2. Hacer que robar no pague. Pagar bien a los pocos cargos que firman contratos y permisos —tan bien que la coima deje de ser tentación— y meter preso, rápido y en público, al que aun así robe. La corrupción no se vence con discursos: se vuelve cara y peligrosa, o no se vence.

3. La apuesta: la geografía, con dos motores y no uno. Un país pobre no puede ser bueno en todo. La apuesta es la que nos regaló el mapa. El interior —el Gran Motor de Colombia (Antioquia-Santanderes), donde están las represas, la ingeniería y la industria— produce; pero la costa no puede quedarse de simple puerta. El Caribe, Urabá y la frontera tienen que volverse también fábrica y empleo, no solo el muelle por donde pasa la carga de otros. El Magdalena une los dos y el comercio que huye de Asia tiene que pasar por ahí porque, si el desarrollo solo aterriza en el centro que ya estaba bien, no cambiamos el país: lo partimos más.

4. Un pedazo de país con las reglas del futuro. No arreglar 1.100 municipios a la vez. Escoger un corredor —un puerto del Caribe conectado al Gran Motor por el Magdalena— y darle reglas de primer mundo: permisos en horas, impuestos claros por 20 años, energía garantizada. Que funcione ahí, en pequeño y en serio. Lo que funcione, se copia hacia el resto del país.

5. Traer plata y cerebros como si nos fuera la vida. Visa en 48 horas para el que venga a construir o a invertir. Reglas tributarias que no cambien con cada gobierno, porque el capital no le huye a los impuestos altos: le huye a que cambien mañana. Estabilidad es la palabra que más atrae dinero en el mundo.

6. Una política para atraer a los que construyen el futuro. No basta con ensamblar lo que otros diseñan. Colombia debe volverse el lugar más barato y más fácil de la región para crear y hacer crecer una empresa de base tecnológica. Un impuesto simple y bajo para la empresa nueva en sus primeros años —uno claro, no 20 regímenes especiales—, y trato preferente para la compañía de tecnología que monte aquí su operación y contrate ingenieros colombianos. Que el talento que hoy se va a Miami o Madrid tenga, por fin, una razón para construir desde acá.

7. Energía barata y construirla sin pedir disculpas. La economía automatizada corre con electricidad. El país que la tenga abundante y barata gana; el que la bloquee, pierde. Aquí no hay debate ideológico que valga: se construye.

8. Un tablero público y un dueño por cada cosa. Cada iniciativa con un solo responsable y una sola fecha. Un tablero que cualquier colombiano pueda mirar cada semana: qué se prometió, qué se entregó, qué se mató por no servir. Se acabaron los comités sin nombre y las metas sin dueño.

Ninguna de estas ocho líneas necesita un sabio. Necesita una clase dirigente que las ejecute —presidente, gobernadores, empresarios, ejecutivos— y un país que, por una vez, los deje hacer. Ese es el verdadero cambio: pasar del colombiano que le pone una talanquera a todo —al socio, al vecino, al que innova, al que llega— al que crece porque hace crecer.

El milagro que no llegue al rebusque no es milagro

Hay una pregunta incómoda que estos planes casi nunca se hacen y es la más importante. Si la mano de obra barata deja de ser ventaja, ¿qué pasa con los millones que viven de ella? Porque en Colombia más de la mitad de los que trabajan —cerca de doce millones de personas y más de ocho de cada diez en el campo— lo hacen en la informalidad: sin contrato, sin pensión, sin red. Entre los jóvenes, el desempleo ronda el 17 % y más de dos millones ni estudian ni trabajan. Esa es la Colombia más expuesta a la ola y a la que una lista de zonas, puertos e impuestos no le dice nada por sí sola.

Porque la informalidad no es solo pobreza: es el suelo donde crece el crimen. En las regiones que el Estado abandonó y donde volvió imposible ser formal —la costa, Urabá, el Pacífico, las fronteras—, el que terminó mandando no fue el mercado ni la ley, sino la economía ilegal. Por eso, la primera obligación del modelo no es el centro que ya estaba bien: es esa Colombia de la orilla, donde el empleo formal no es solo progreso: es la única forma real de ganarle al delito.

Por eso, el plan no se mide por cuántas empresas atrae, sino por cuántos rebusques convierte en empleos de verdad. Y eso no es teoría: ya empezó. En febrero abrió Puerto Antioquia, en Urabá —una de las regiones más golpeadas por la guerra—, y a su alrededor se proyectan hasta 17.000 empleos formales y cerca de 800 empresas nuevas. Eso es lo que tiene que multiplicarse. El Gran Motor y el Caribe no valen por el PIB que muevan, sino por el muchacho de Turbo que pasa del jornal sin papeles a un trabajo con seguridad social. Si la ola solo formaliza a los de arriba, fracasó, por buenas que se vean las cifras.

Aquí hay que ser honestos: esa informalidad no es la culpa moral del pobre, es el resultado predecible de haber hecho de la formalidad un lujo. Cuando registrarse, cumplir y contratar cuesta una fortuna en trámites e impuestos, la gente no es informal por viciosa: es informal porque el Estado la empujó ahí. El primer acto de justicia no es repartir el pescado; es dejar de cobrar peaje por pescar. Que formalizar un rebusque cueste un día y casi nada para que el de abajo se vuelva dueño y no súbdito.

El puente hacia la abundancia no son los subsidios, es lo que de verdad nivela: educación y tecnología. La educación —técnica, rápida, conectada con lo que el Gran Motor va a necesitar—, porque ninguna ola levanta al que no aprendió a nadar y la educación es la única igualdad que no le quita nada a nadie. La tecnología, porque la misma automatización que amenaza el trabajo barato pone el mercado del mundo en la mano de cualquiera con un teléfono y una destreza: el campesino que le vende al planeta, el muchacho que programa desde Turbo. Eso no lo reparte un decreto: lo habilita el acceso. Esa es la transición social que un país decente se debe —no abandonar a nadie en el cambio, pero con escalera, no con limosna—. Abundancia no es que el Estado reparta lo que otros producen; es que cada vez más gente pueda producir. La que no llega al rebusque no es abundancia: es el cuento de siempre con palabras nuevas.

Que el milagro sea de toda Colombia

Pero ningún plan aguanta si, debajo, seguimos con la cabeza de siempre: la que cree que lo que el otro gana, yo lo pierdo, y por eso envidia al que sube en vez de aprender de él. Esa mezquindad —no la falta de recursos— es lo más caro que hemos pagado como país.

Cambiarlo no es tarea de un gobierno: es la suma de millones de decisiones pequeñas. Se ve en mi cuadra cuando empujo el negocio nuevo en vez de envidiarlo; en mi próxima contratación cuando le doy la oportunidad al que llega en vez de cerrarle la puerta; en mi voto cuando premio al que construye, no al que promete repartir lo ajeno. Cosas pequeñas, sí. Pero así y, solo así, se construye un país.

Por eso, el milagro de De La Espriella y Restrepo no puede ser el de una mitad contra la otra. Y hay una ironía que conviene mirar de frente: la costa y la periferia —el corazón mismo de esta apuesta, el Caribe por donde rota el mundo— son justo donde ganó la otra mitad; es decir, este modelo solo funciona si levanta precisamente a las regiones que votaron en contra. Un país partido 49,66/48,70 no se hace rico cuando una mitad aplasta a la otra: se hace rico cuando el progreso llega primero a donde más falta hace, sin preguntar por quién votó. Que el milagro sea de toda Colombia —del que votó por ellos y del que no— o no será de nadie. Esa decisión no la firma ningún presidente: la tomamos cada uno.

La ventana está abierta y esta vez también es nuestra. El plan ya está escrito; el mindset lo escribimos nosotros. Dejemos de restar y empecemos a sumar. Por una vez en la historia, no veamos pasar la ola: montémonos toda Colombia.