Faltan pocos días para definir el futuro de nuestra Colombia por los próximos cuatro años o más. Reitero que estas son las elecciones más determinantes de la historia de nuestro país. Esto no solo se debe a las tensiones de esta contienda electoral, sino a los graves efectos que conllevaría un triunfo del continuismo. Paradójicamente, el candidato oficialista —que representa a quienes históricamente se opusieron a las mismas dinámicas de poder— es hoy la figura que amenaza con prolongar la peligrosa línea de gobierno de Gustavo Petro Urrego.
El pasado domingo, en sendos eventos, los candidatos habilitados para la segunda vuelta cerraron sus actos públicos de campaña. A simple vista, las fuerzas en cada extremo parecen estar equilibradas. Por ello, durante esta semana de silencio electoral, los hilos tras bambalinas se moverán de múltiples formas, utilizando el temor y la mentira como estrategias para captar al electorado indeciso e indiferente. Ciertamente, el temor y la mentira se alimentan el uno al otro en una perversa simbiosis que oscurece el ambiente previo a las elecciones, pero que también genera una enorme expectativa sobre lo que pueda pasar una vez se conozcan los resultados de las votaciones.
En los centros urbanos, donde se concentra el mayor porcentaje de votantes activos y se mantiene ese caudal electoral de algo más de 17 millones de colombianos que no votaron en la primera vuelta, la mentira satura las redes sociales y se dispersa por todos los canales digitales. El objetivo es atraer a una u otra campaña a quienes aún no deciden por quién votar, e incluso a aquellos que no han decidido si lo harán. El temor que se le ha inyectado a los seguidores de Iván Cepeda —la mayoría de ellos de sectores humildes— sobre el riesgo que corren los beneficios y subsidios dados por el Gobierno Petro si el oficialismo pierde las elecciones, mantiene cautiva a esa franja de la población. Sin lugar a dudas, el mayor logro de este Gobierno es haber monetizado la dignidad de los colombianos menos favorecidos.
Mientras el temor y la desinformación digital se expanden por las ciudades, el panorama en la Colombia rural es aún más dramático. El pasado 21 de mayo, antes de la primera vuelta electoral, denuncié esta realidad en mi artículo 'Votos y fusiles’, publicado por la revista SEMANA. Hoy en día, los grupos armados ilegales no solo sostienen el control territorial y social, sino que siguen carnetizando a los pobladores y buscan constreñir su voto; tratan de identificar a quienes en primera vuelta depositaron en las urnas la papeleta marcada a favor de un candidato diferente al impuesto por ellos. Esta situación somete a un temor constante a los campesinos y a un alto porcentaje de indígenas de oposición. Días después de mi publicación, los medios informaron la salida del mayor general Erik Rodríguez, subjefe del Estado Mayor de Operaciones Conjuntas, tras denunciar en un consejo de seguridad lo que ya era un secreto a voces: la coacción de estos actores armados para favorecer al candidato del Pacto Histórico.
En la Colombia rural, las propuestas de campaña no han sido llevadas a los territorios. Es imposible ingresar a ellos si los grupos armados no lo permiten, y el candidato de oposición no estaba dispuesto a asumir el riesgo de hacerlo, pues no solo es alto para él, sino que también lo es para quienes se atrevan a salir a escucharlo. Causa una enorme suspicacia el hecho de que docenas de chivas, abarrotadas de indígenas, salgan de los pueblos y veredas para llenar las plazas de las ciudades en donde el candidato Cepeda se presenta. Él se siente tranquilo con los resultados obtenidos el pasado 31 de mayo en las áreas rurales, donde los grupos armados deciden por campesinos e indígenas; muy seguramente, en esta segunda vuelta, el mapa político de esas regiones será igual al de la primera. Los campesinos saben que, en los sitios donde la Fuerza Pública puede llegar a controlar las elecciones, su presencia es temporal y, después de que soldados y policías se vayan, volverán a quedar a merced de los violentos; ese temor es insuperable.
Ya el trabajo político está hecho, las plazas públicas se han cerrado para los discursos y solo queda ese campo infinito de las redes sociales, donde los seguidores se disparan mentiras y verdades que, al final, terminan fundiéndose en ese mundo gris de la desinformación. Señalamientos, denuncias y acusaciones son, en estas últimas horas, la fórmula aplastante de unas propuestas que muchos desconocen pero que a gritos defienden. Se podrá observar cualquier manifestación de hacer política, pero en las postrimerías del proceso electoral, los argumentos sucumben ante los sentimientos de temor e incertidumbre.
A Gustavo Petro le asusta la idea de que Abelardo de la Espriella gane las elecciones, y ese temor está muy bien fundado, pues sus múltiples y muy cuestionadas actuaciones —no solo las propias, sino las de muchos miembros de su equipo de gobierno— serán revisadas con lupa y pasarán a manos de los organismos correspondientes con los efectos penales, fiscales y disciplinarios que sean del caso.
Los colombianos, mientras se define el futuro político de la nación, estamos expectantes sobre lo que pasará después del 21 de junio, una vez se conozcan los resultados. El temor de que el fantasma del desastre social sufrido durante el gobierno Duque vuelva a las calles es alto. Lo inquietante es no tener claro si los gobiernos locales y las comunidades serán actores pasivos, como lo fueron en los años 2019 y 2021, o si esta vez defenderán sus ciudades ante la arremetida violenta de ese sector de la población que, en virtud del temor y la mentira, es empujada a las calles.
Confío en que el sentimiento de país, ese amor patrio que debe caracterizar a los líderes de la nación, se refleje cuando la Registraduría Nacional del Estado Civil efectúe el preconteo y el Consejo Nacional Electoral lo confirme tras los escrutinios. Es vital que tanto el perdedor como el ganador demuestren la altura necesaria para aceptar los resultados, pues esa es la base fundamental para empezar a construir un mejor país, y que de ninguna manera impulsen acciones que lleven a Colombia a tomar un rumbo del cual sea más complejo salir. Ojalá que el tener a la Selección Colombia disputando el mundial nos permita rescatar el sentido de pertenencia por el país; algo que este Gobierno también ha fracturado.