En el sur de México hay una broma muy particular conocida como el cultivo yucateco. Consiste en adular al bobo del pueblo hasta convencerlo de que, gracias a sus supuestas virtudes intelectuales, debería aspirar a gobernador del estado o a presidente de la República. Con el tiempo, la víctima termina creyéndose el embuste y no son pocos los casos en los que acaba lanzándose una y otra vez a esos cargos.

En Colombia, aunque nunca le pusimos nombre a la broma, también solemos practicarla. Quizá el ejemplo más célebre sea el de Manuel Antonio Goyeneche, aquel personaje pintoresco que se lanzó cinco veces a la Presidencia impulsado por estudiantes universitarios bogotanos que celebraban sus delirantes propuestas: pavimentar el río Magdalena, construir carreteras en bajada para ahorrar combustible o techar Bogotá con una gigantesca marquesina.

En todo caso, parece que algunos se han puesto de acuerdo para llevar a cabo otra broma pesada al estilo yucateco. Esta vez, a grandísima escala y sin ninguna conmiseración con la víctima, que no es otra que Sergio Fajardo.

Y es que, durante 25 años, políticos, periodistas, empresarios y, en general, personas con un humor muy cruel, se han reunido alrededor de Sergio Fajardo para decirle que él es el único capacitado para hacer una revolución moral en el país. Que aquel “invento” de entregar volantes en la calle en vez de dar discursos es una genialidad propia de Napoleón o Churchill y que, por lo tanto, él, sí o sí, sin importar las circunstancias, debe ser presidente.

Y el doctor Fajardo, que resultó bien cándido, terminó creyéndose el cuento. De ahí que ya sea costumbre verlo cada cuatro años aspirando a ser presidente con el mismo discurso sobre sus virtudes: que él es el único honesto, el único honrado, el único que sabe y el único que puede. Básicamente, un recordatorio acerca de su destino manifiesto: no es que Fajardo haya nacido para gobernar a Colombia, es que Colombia se fundó para ser gobernada por Fajardo. Para que vean hasta dónde llegan los efectos en el ego de la cruel chanza.

¿Tiene méritos Fajardo para creerse un potentado de la política? Lo cierto es que fue un buen alcalde de Medellín y un aceptable gobernador de Antioquia. El problema es que su entorno le hizo creer que eso era una apoteosis, olvidando que la lista de buenos alcaldes de Medellín y buenos gobernadores de Antioquia —sin duda, mejores que él— es larga. Aquello de ser mal administrador en tierras antioqueñas es una proeza solo al alcance de nombres de la talla de Daniel Quintero y Luis Pérez.

En todo caso, ya con los mismos cuentos vamos en la cuarta candidatura de Fajardo. En 2010, se montó en la ola verde de Mockus y terminó hundido con ella; en 2018, prefirió perder antes que llegar a un acuerdo con Humberto de la Calle —porque Fajardo no pacta con nadie—; y en 2022 fue abandonado por todos sus compañeros de consulta —Juan Fernando Cristo, Luis Gilberto Murillo y Alejandro Gaviria—, quienes, ante la pesadez de su candidatura, corrieron a los brazos de Petro y su explosión controlada.

Ni aun así entendió que la estrategia de la superioridad moral no sirve. De ahí que ahora, en 2026, se haya decantado por una campaña en la que confesó que su gran mérito en política es no pactar con nadie y caminar las calles. Vaya logro: hacer política sin hacer política. Por eso, el sábado le terminó de destrozar la candidatura a Paloma Valencia, a quien sus asesores no le contaron el chiste que es Fajardo. Los muy ingenuos creían que el elegido, en su soberbia, iba a pactar. Él no pacta con nadie que no sea él mismo. Él solo atiende llamados de su destino.

¿Qué le deparará el 2030 al doctor Fajardo? Por ahora, digamos que en las próximas elecciones sí alcanzará un récord: a sus 73 años empatará la quinta candidatura del doctor Goyeneche. Ya veremos si sus aduladores le siguen insuflando el ego y cumple con su verdadero destino manifiesto en 2034: ser el hombre que más veces ha aspirado a la Presidencia. El nuevo Goyeneche.