Las redes sociales hacen parte de la ecuación y pueden complementar una operación, eso es innegable. Lo que resulta discutible es el condicionamiento que generan cuando una comunidad, muchas veces ajena al trabajo diario de un equipo, se alimenta de ese esfuerzo y termina mostrando una ‘realidad’ filtrada por el ojo, el gusto o la etiqueta que impone el supuesto especialista.
Hace un tiempo alguien me dijo, casi como comentario casual: “Tu cocina es poco instagrameable”. Y esa frase, que parece ligera, dice mucho del momento que atraviesa la gastronomía. Ya es bastante llamativo cómo hemos adoptado tecnicismos y anglicismos ajenos a nuestra lengua; más preocupante aún es que la cocina, a día de hoy, pueda verse sometida y calificada bajo criterios de exposición, apariencia y rendimiento visual.
Hasta hace no tanto, lo que contaba era la calidad del producto, la destreza técnica del cocinero, el sabor, el oficio, la coherencia y la experiencia en la mesa. Hoy, en cambio, pareciera que un plato también debe responder a la lógica de la imagen inmediata: ser fotografiable, compartible, reconocible y atractivo para una pantalla.
Y entonces cabe preguntarse: ¿qué pasó con aquella crítica gastronómica esperada cada semana?, ¿qué ocurrió con ese momento en el que un cocinero aguardaba, con ansiedad y respeto, la mirada argumentada de un periodista gastronómico? Había tensión, sí; también discrepancias, filias, fobias y subjetividades, como en todo oficio de opinión. Pero existía una construcción del criterio. Había lectura, contexto, memoria, comparación, oficio narrativo y, sobre todo, una responsabilidad pública frente a lo escrito.
Uno podía estar, o no, de acuerdo con la mirada de críticos y periodistas como Fernando Point, José Carlos Capel, Julia Pérez, Carlos Maribona, Alberto Luchini y tantos otros nombres que se quedan en el tintero. Pero detrás de sus textos había una voluntad de análisis, una intención de situar una cocina dentro de una conversación más amplia. No se trataba únicamente de decir si un plato era bonito, si la sala tenía buena luz o si el video funcionaba bien en formato vertical. La crítica, con todas sus imperfecciones, aspiraba a pensar la gastronomía.
Hoy, en cambio, pareciera que debemos someternos a un nuevo orden: dialogar, seducir y validarnos ante una flotilla de ‘gastrogramers’ que muchas veces confunden influencia con criterio, alcance con autoridad y visibilidad con conocimiento. El problema no es que existan nuevas voces; toda época trae sus lenguajes y sus canales. El problema aparece cuando la inmediatez sustituye al juicio, cuando la foto reemplaza al argumento y cuando el número de seguidores parece pesar más que la capacidad de comprender lo que ocurre en un plato.
No niego la importancia de comunicar. Un proyecto gastronómico también necesita contar lo que hace, mostrar su identidad y conectar con una comunidad. Pero una cosa es usar las redes como herramienta, y otra muy distinta es permitir que el algoritmo se convierta en juez del oficio.
Porque una cocina no debería valer menos por ser “poco instagrameable”. Quizá simplemente no fue pensada para una cámara, sino para algo más elemental y más difícil: tener sentido en la mesa.
Y tal vez ahí está el fondo de esta reflexión: cuando la mirada digital se convierte en criterio gastronómico, el oficio corre el riesgo de volverse escenografía. La crítica podía incomodar, incluso herir, pero en sus mejores momentos obligaba a pensar. La lógica actual, en cambio, muchas veces solo obliga a posar.