Pocas veces se había visto un cambio de gobierno tan esperado como el que se va a producir el próximo 7 de agosto, después de una campaña tan dilatada, compleja y plagada de amenazas que ha mantenido a toda la nación crispada.
Nuestro futuro presidente ha anunciado que gobernará desde las regiones: ¡qué maravilla! Hace muchos años los textos de geografía señalaban que Colombia era un país de ciudades. Nos sentíamos orgullosos, con razón, de contar con Bogotá, Medellín, Barranquilla y Cali.
Sin embargo, ese polígono era, para muchos, todo el país, que solo se extendía entre las cordilleras Occidental y Oriental. La Amazonía y la Orinoquía eran unos territorios ignotos, en algunos de los cuales, hasta hace relativamente poco tiempo, personajes del interior hacían “cacerías de indios”. En la Amazonía no había destacamentos del Ejército y la Armada tenía dos apostaderos, uno en Puerto Leguízamo y otro en Leticia. Desperdigados por las márgenes izquierdas de los ríos Putumayo y Amazonas, había unos cuantos policías que tenían que vivir con una india para subsistir y que firmaban vales a los lancheros peruanos que navegaban por los ríos para abastecerse de productos básicos, ya que nadie los visitaba.
Muchos consideraban al Pacífico una región agreste de afrocolombianos que poco trabajaban y de la que solo se conocía Buenaventura. Allí había un reducido destacamento de Infantería de Marina, que contaba con un pequeño buque de faros y boyas. De La Guajira se decía que había unos indios agresivos y cubiertos solo por sus “wuitais”, que habían cambiado las flechas por ametralladoras y vivían del contrabando. Para completar, San Andrés era un archipiélago olvidado en donde sus habitantes hablaban una jerigonza inglesa y eran protestantes, lo que se consideraba denigrante. En esas regiones, el Estado resolvió delegar su obligación fundamental, la educación, a comunidades religiosas, especialmente extranjeras.
Ante la violencia generada en el país, muchos emigraron hacia esas regiones con el propósito de sobrevivir con el trabajo honesto. Pero también se dirigieron a ellas otros que trataban de eludir la justicia.
Ante la indiferencia del Estado, la delincuencia se generalizó en esas regiones. Se formaron grupos armados y se abrieron actividades como el contrabando, el tráfico de especies vivas, la extracción indiscriminada de maderas, la desforestación, el cultivo de coca, la producción de cocaína y la minería ilegal. El país entró así en una situación de la que no hemos podido salir.
La decisión de gobernar desde las regiones es, pues, una esperanza, no solamente para esos territorios, sino para el logro de la paz en el país que, aunque no será “total”, es un “propósito nacional”.