Mientras seguimos, minuto a minuto, los dramas que se están viviendo en Gaza y Ucrania, tenemos a un país limítrofe que está a punto de desaparecer: Haití. Nunca en el continente y en pocas partes del mundo, se ha presentado una tragedia semejante, que todos prefieren ignorar.

¿Cómo es posible que una nación que fue poderosa y floreciente, cuna de la independencia de las naciones de América Latina, haya llegado a ser el prototipo de un país inviable?

La causa primigenia de esa dramática situación radica en que los haitianos, por décadas, tuvieron que pagar enormes sumas como “indemnización” por su independencia a sus dominadores franceses y europeos. Si no pagaban, los invadían, así tan sencillo: peor aún que en la época de los señores feudales y los siervos en la edad media. Nacieron hipotecados y subyugados desde su independencia.

Hay un episodio olvidado en las relaciones entre Colombia y Haití. Durante la administración de López Michelsen se decidió emprender la compleja tarea de la delimitación de los espacios marítimos para afianzar nuestra soberanía en ambos océanos. El país se dio cuenta de que Haití era un país clave para asegurar su presencia en el Caribe Oriental.

El presidente “vitalicio” de Haití era el joven Jean-Claude Duvalier, hijo del dictador François Duvalier, que lo había “consagrado” como tal. Colombia había mirado a Haití con absoluta indiferencia, por decir lo menos, y siendo un dictador el gobernante de ese país, con mayor razón. Para emprender la compleja tarea de negociación de la delimitación marítima, fue necesario comenzar por acreditar a un personaje representativo como embajador residente. El Gobierno designó a Lácides Moreno Blanco, un cartagenero simpático y buen gourmet.

Entre tanto, por intermedio del embajador de Haití en la ONU, compañero y amigo del presidente, se iniciaron las negociaciones. Todos los haitianos se graduaban de las más prestigiosas universidades francesas. Nos tuvimos que internar en la apasionante historia y en la exótica y colorida cultura haitiana.

Finalmente, el 17 de febrero de 1978, en medio de críticas de grupos en Colombia que censuraban que el Gobierno negociara con dictadores, se firmó en Puerto Príncipe el tratado de delimitación.

Como en Venezuela consideraron que el tratado les era inconveniente y lesivo, se movieron para pedir al Gobierno haitiano que no lo aprobara, amenazándolo sutilmente con reconsiderar el suministro a precios preferenciales de petróleo. Haití, en un gesto hidalgo, se negó, y el canje de ratificaciones se realizó en febrero de 1979.

Colombia, después de algún tiempo, se olvidó de su vecino. Ahora, Haití es un país inviable. ¡Quién lo iba a pensar!