Colombia cierra cuatro años de política exterior que pasarán a la historia no por sus logros, sino por su desfachatez e improvisación. Rupturas y tensiones con aliados estratégicos; decisiones tomadas en caliente, en medio de shows decadentes, con tufo y gafas oscuras; anuncios reactivos hechos en redes sociales y no en la Cancillería; nombramientos marcados por un patrón perverso de incentivos a quienes más aplaudían —y ejecutaban— la transgresión de los intereses estratégicos nacionales para obtener más espacio dentro del propio Gobierno, y unos resultados que no se medían a la luz de los indicadores de inversión, seguridad o cooperación, sino por los likes y los RT en Twitter.

Ningún servicio exterior funciona bien cuando se priorizan los intereses personales desde una supuesta superioridad moral y se alejan de sus objetivos estratégicos. Por eso, revertir ese patrón no es un matiz de estilo para el nuevo Gobierno del presidente Abelardo De La Espriella; es una urgencia en aras de devolverle a la diplomacia colombiana algo que perdió por completo: la seriedad.

Hace algunos años empecé a hacerles una pregunta a mis estudiantes de Relaciones Internacionales: ¿para qué sirve la diplomacia? Las respuestas, casi siempre, son nobles. Ser embajadores de nuestra cultura. Promover la cooperación. Defender los derechos humanos. Son respuestas que cualquier manual de buenas intenciones suscribiría sin pestañear.

Un día, me devolvieron la pregunta: ¿y usted qué diría, profesor? Les contesté: ‘La diplomacia sirve para conseguir los objetivos estratégicos del país’.

A veces se hace como paloma, buscando la paz y la cooperación.

A veces se hace como halcón, en aras de defender la seguridad y el interés nacional.

Pero siempre, siempre, se hace al servicio del interés nacional.

Esta distinción, que en el aula parece un ejercicio académico, se vuelve hoy una línea trazadora para el Estado. Colombia atraviesa una transición política de las más importantes de su historia reciente. El triunfo de Abelardo De La Espriella no fue un accidente electoral: fue un mensaje claro. Un sector mayoritario del país se cansó de este Gobierno y, entre muchas cosas, también se cansó de su política exterior equivocada.

Colombia no necesita una política exterior que se sienta bien en redes sociales o en foros ideológicos afines. Necesita una que les consiga resultados a los colombianos: inversión, seguridad, cooperación tecnológica, respaldo en organismos multilaterales y una posición de peso en su propia región. Eso exige funcionarios que entiendan que la diplomacia no es un espacio para la pureza moral, sino un instrumento, quizá el más sofisticado de todos, al servicio del interés nacional.

Una reorientación seria de la política exterior colombiana debe partir, al menos, de cuatro ejes concretos. Primero, restablecer relaciones plenas y estratégicas con Israel, no como gesto simbólico, sino como reconocimiento de un socio clave en materia de seguridad, ciencia, tecnología y cooperación agrícola. Segundo, recalibrar la relación con Washington en términos de cooperación en seguridad fronteriza, lucha antinarcóticos e inversión, aprovechando una ventana de oportunidad que no estará abierta indefinidamente. Tercero, negociar con China con los ojos bien abiertos, consciente de que todo acuerdo de inversión debe venir acompañado de salvaguardas reales sobre la soberanía. Cuarto, fortalecer la posición de Colombia como actor relevante en el Caribe y en la región, particularmente frente a las dinámicas de Venezuela y Cuba, donde la indecisión ha tenido un costo geopolítico real.

Vuelvo a la anécdota con mis estudiantes: no hay que escoger entre ser halcón o paloma. Una política exterior verdaderamente orientada sabe cuándo asumir cada uno de esos roles. Esa flexibilidad estratégica, lejos de ser cinismo o del sacrificio de una supuesta superioridad moral, es la marca de las diplomacias serias.