Hemos visto numerosas veces la misma ceremonia. Dos personas en atuendo deportivo, en frente de unos señores que visten de negro, se dan la mano e intercambian unos banderines, mientras dos grupos del mismo tamaño observan esa insólita reunión; en el medio se ha colocado un objeto esférico que los observadores marcianos creen que es un meteorito.

Como suele ocurrir, la repetición rutinaria de actos como éste explica que no seamos conscientes de su significado. En los albores de la humanidad, el asir recíproco de las manos durante breves segundos, normalmente acompañado de sonrisas y miradas al rostro, denotaba una voluntad de paz: si tenemos las manos asidas, es porque, al menos en apariencia, no portamos armas. Con el transcurrir de los siglos, y en todas las civilizaciones, su carácter simbólico se ha expandido para significar que estamos de acuerdo en alguna cuestión, trivial o importante.

El contexto en el que tales eventos tienen lugar, a veces es suficiente para determinar las normas aplicables, las autoridades que dirimirán las disputas, la equidad en la administración del proceso y la definición de los resultados. En otros, esos consensos son producto de negociaciones que pueden ser complejas. En cualquier caso, para que haya acuerdo debe cumplirse una condición esencial: la confianza de que se participa en un ejercicio leal, transparente y equitativo. Este es el factor subyacente que hace operativos los sistemas jurídicos, como los que emanan de la FIFA, la ONU o la Constitución de Colombia.

Lo hasta aquí dicho tiene especial relevancia en el desarrollo de los comicios que finalizan este domingo; y me sirve de soporte para decir esta obviedad: Si actúan con rectitud, quienes se han inscrito como candidatos han aceptado sus reglas y mecanismos para definir los resultados. Es lo que siempre ha sucedido. Solo que ahora ha aparecido un factor grave de perturbación.

Ese factor es Petro, quien, careciendo de competencia para validar los comicios, ha infligido un daño enorme a Colombia al poner en tela de juicio los resultados de la primera ronda. Por lo tanto, no es descabellado pensar que puede estar tramando una asonada popular si gana Abelardo, que es lo que quizás en el fondo quiere: pasar a la historia como el gran caudillo revolucionario al que le impidieron transformar la sociedad, o que tuvo que acudir al pueblo soberano para hacer cesar un régimen de oprobio. ¡El propio ministro de Defensa la semana pasada reconoció el riesgo de movilizaciones callejeras después de las elecciones! Esta sola manifestación es suficiente para producir zozobra.

Para fortalecer el éxito de su eventual empeño subversivo, Petro de nuevo le dirá a los cuerpos armados que, por ningún motivo, se puede disparar contra el pueblo. Ésta instrucción es correcta en principio, aunque no siempre. No lo es, por ejemplo, cuando, no estando disponibles otros mecanismos, o siendo ellos insuficientes, es necesario proteger la vida de ciudadanos inermes, la integridad de los agentes de la Fuerza Pública o garantizar el orden público. El radicalismo petrista explica una recurrente afrenta contra nuestros policías y soldados que nunca puede volver a suceder: su secuestro por actores criminales a través de campesinos e indígenas inermes.

No es tarea sencilla vaticinar cuándo puede ocurrir una asonada y, menos todavía, su intensidad. Algunas veces ella ocurre de manera espontánea, como en abril de 1948, cuando fue asesinado Jorge Eliecer Gaitán en Bogotá: el furor destructor y homicida de las masas se regó como pólvora. La toma de la prisión de la Bastilla en julio de 1789 por las turbas parisinas, fue una explosión de odio popular a la monarquía, carente de liderazgo político. La revolución tunecina de 2011 estalló cuando un modesto vendedor ambulante sumido en la desesperación, decidió quitarse la vida cuando la policía le confiscó la mercancía con que se ganaba la vida. La rabia del pueblo pronto encontró respaldo político y el gobierno fue derrocado.

Estos casos de rebelión colectiva derivados de factores súbitos son más bien raros. La Revolución Iraní de 1981 comenzó con actos de protesta de distintos conglomerados sociales no políticos, que pronto se convirtió en un poderoso movimiento de insubordinación liderado por las autoridades religiosas; el régimen monárquico del Sha fue sustituido por una tiranía religiosa. Algo parecido sucedió en Cuba en 1959. Fidel Castro supo capturar el descontento social contra la dictadura de Batista y logró que una parte de la población creyera que era mejor una dictadura de corte soviético. Entiendo que esa convicción se ha esfumado…

El detonante del alzamiento de 2019 en Chile, fue el incremento marginal en la tarifa del metro, episodio que generó ataques incendiarios casi simultáneos en una serie de estaciones. Ésta circunstancia induce a pensar que esos actos vandálicos fueron organizados por comandos revolucionarios. Posteriormente, emergió una crisis larvada en sectores medios de la sociedad, descontentos con unas políticas que habían generado prosperidad aunque no equidad, que fue liderada por jóvenes vinculados al partido comunista. La propuesta de una constituyente refundacional les hizo ganar la presidencia en cabeza de Gabriel Boric. La suya fue una revolución fallida que los sectores medios de la sociedad derrotaron.

Abundan argumentos para afirmar que el estallido chileno tuvo influencia en los que aquí padecimos en 2019 y 2021, aunque no tengo información suficiente sobre el papel que Petro y los suyos hayan podido tener.

Apoyados en estos ejemplos se pueden formular tres conclusiones: 1) Se requiere un caldo de cultivo adecuado que haga posible una movilización popular masiva. 2) Una grave fractura social que dificulte la tarea de gobernar. 3) Y un liderazgo político fuerte que oriente a las masas.

No me atrevo a vaticinar que sucederá si Cepeda pierde este domingo, Petro desconoce la legalidad de los resultados e intenta movilizar al pueblo a las calles para desconocer la voluntad popular. Ese sería un conato de golpe de Estado que las Fuerzas Armadas tendrían que conjurar. Saben que su lealtad es con las instituciones, no con quien, desde una posición de poder, las desafía.

Finalizo con una solicitud vehemente y respetuosa dirigida a ambos candidatos: que se comprometan, antes del domingo entrante, a reconocer los resultados de las elecciones, sean ellos cuales fueren. Es lo mínimo que podemos pedirles.

Epígrafe. Alexis de Tocqueville, que algo entendía de estos temas, escribió: “La grandeza de la democracia no está en que el pueblo elija bien, sino en que pueda elegir.”