Entramos en la última semana antes de una elección crucial, el momento en que los colombianos definiremos el futuro de nuestra democracia. Desafortunadamente, las perspectivas no son las mejores. Nos enfrentamos a un gobierno actual marcado por la corrupción, aliado con la criminalidad en todo el territorio nacional bajo un único propósito compartido: perpetuarse en el poder, algo en lo que he insistido en repetidas ocasiones.
Parece que los colombianos, emulando la famosa canción de nuestra querida Shakira, nos hemos quedado “sordos, ciegos y mudos”. Esta pasividad nos conduce a dos consecuencias fundamentales. La primera es el fin de nuestra democracia: si el señor Iván Cepeda llega a ser elegido presidente de Colombia, y espero de corazón equivocarme, estaríamos ante el principio de una dictadura que complementaría el trabajo iniciado por Gustavo Petro.
La segunda es ver cómo nos convertimos en idiotas útiles, cayendo en la estrategia del Gobierno para dividir a la oposición. Caímos en la trampa de priorizar la disputa interna entre las campañas de Paloma y Abelardo por ver quién pasa a la segunda vuelta, cometiendo el grave error de canibalizar los votos entre los seguidores de ambos candidatos.
Estamos condenados a votar en una campaña presidencial secuestrada por encuestas sistemáticamente cuestionadas. Todo esto ocurre bajo el amparo de la llamada ‘ley mordaza’, una norma que, lejos de aportar objetividad, ha silenciado y manipulado el verdadero sentir ciudadano, dejándonos sin mediciones confiables.
Muchas encuestadoras supieron aprovechar los vacíos de esta ley para influir en el electorado, lo que explica los resultados tan contradictorios entre unas y otras. A este panorama se suma la preocupante ausencia de debates presidenciales serios en medios tradicionales y digitales, aquellos escenarios a los que estábamos acostumbrados y que nos permitían elegir a conciencia al próximo presidente.
Como consecuencia, caímos en una campaña absolutamente tóxica en redes sociales, en que los algoritmos alimentan el odio y la rabia. El uso de fake news y de la inteligencia artificial tuvo como único fin polarizar, generar división y desprestigiar a los rivales, logrando nublar el juicio racional de la oposición. De haber actuado con sensatez, habríamos derrotado contundentemente al candidato del Gobierno en primera vuelta. A pesar de esto, me mantengo optimista: ojalá ese voto silencioso reaccione en estos últimos días y logre frenar al señor Cepeda.
Es doloroso admitirlo, pero la oposición pecó de ingenua. En lugar de unirnos o, al menos, respetarnos para derrotar al régimen actual, caímos en una estrategia destructiva. Nos dedicamos a destrozarnos mutuamente para ver quién pasaba a la segunda vuelta el próximo 21 de junio, guiados por encuestas bajo sospecha. Al final, nos convertimos en los idiotas útiles no solo del Gobierno, sino de estrategas irreparables que no buscan defender la democracia, sino inflar sus propios egos y consagrarse como gurús a costa del futuro del país.
Las famosas frases de Shakira que describían un amor irracional —“bruta, ciega y sordomuda”— retratan a la perfección la ceguera colectiva en la que hemos caído los colombianos. Nos enfrentamos a un escenario democrático distorsionado, donde nos han dejado sin herramientas para informarnos y sin espacios de debate para confrontar ideas. El sistema nos está obligando a votar desde el miedo, manipulando nuestras emociones ante la falta de información objetiva, encuestas confiables y debates serios.
El resultado de este apagón informativo es previsible: la gran mayoría de los ciudadanos no entiende la gravedad de lo que ocurre. Cansados de la politiquería y la corrupción, la masa de indecisos y abstencionistas crece, y existe el riesgo real de que el próximo domingo opten por quedarse en casa. Esto solo beneficia la estrategia del Gobierno, que buscaba precisamente sembrar confusión y desconfianza.
Mientras tanto, los candidatos de la oposición actúan como los verdaderos sordos ante las críticas internas, ciegos ante la debilidad que revelan los pocos sondeos serios, y mudos cuando se les exigen propuestas concretas más allá de los eslóganes emocionales. Algunos, sintiéndose ganadores antes de tiempo, ni siquiera se esfuerzan por convencer a esa enorme mayoría indecisa.
A pocos días de decidir si salvamos nuestra democracia o le abrimos las puertas a la dictadura del candidato oficialista, nosotros seguimos estancados en los apasionamientos de las trincheras digitales.
Estamos a muy pocas horas de que los colombianos definamos el rumbo del país. Este es el momento de invitar a los indecisos y abstencionistas, aquellos que no se han dejado contagiar por la toxicidad de la campaña, a dar el paso definitivo. Ellos han entendido que el ruido de las encuestas, los debates acalorados y los memes en redes sociales no son argumentos reales para decidir un voto. La invitación antes de este 31 de mayo es a hacer una reflexión objetiva.
Si la indecisión se mantiene alta, el único favorecido será Iván Cepeda en primera vuelta, ya que el oficialismo cuenta con una base de votantes más disciplinada. Pero si logramos que esa mayoría silenciosa salga a las urnas a votar contra la continuidad, podremos derrotarlos de inmediato. Muchos ciudadanos, cegados por la pasión política, aún no dimensionan lo que está en juego: la supervivencia de nuestra democracia, una economía estancada y una seguridad territorial entregada a los aliados de la paz total.
Ya no es el momento de pelear por el segundo lugar ni de intentar arrebatarnos votos entre los seguidores de Abelardo y Paloma. Ese egoísmo solo le está regalando el triunfo en primera vuelta a Cepeda. La tarea urgente es concentrar el voto opositor, lograr una votación histórica y convencer a quienes dudan o suelen quedarse en casa. Colombia puede evitar cuatro años más de declive.
El poder está en nuestras manos; no lo desperdiciemos. ¡Levántense, salgan y voten con patriotismo! No permitamos que este domingo gane la abstención y terminemos premiando a quienes sueñan con una dictadura que nos deje mudos, ciegos y sordos para siempre.