Hace unos días tuve que capotear el feroz ataque digital de hordas bodegueras de la izquierda recalcitrante. A la turba se sumó el nuevo jefe de la oposición, Iván Cepeda, quien le puso un corazoncito a la publicación que desató la rabieta en mi contra, lo que disparó su alcance. Incluso RTVC que, alguna vez, fue de todos los colombianos.

La publicación a la que aludo es el video berrinchoso de una joven senadora del pacto histórico, en el que, apelando a la fantasía machista de que las mujeres nos entregamos a los hombres, me acusa de habérmele ofrecido al “matagatos”, refiriéndose, con infantilidad, al nuevo presidente. También me señala de entregarle al futuro mandatario la causa animalista en bandeja de plata, como si una causa se cediera o se endosara. Ingenuo y pueril de su parte. Por supuesto, de inmediato se activó la caterva. Me llamaron vendida, traidora, impostora, y hasta lagarta, perra y zorra. Obviamente, gentes que ignoran el profundo amor y respeto que profeso por tan venerables hembras. Un honor.

El hecho que desató tal histeria colectiva es una publicación en la que, hace un par de semanas, manifesté ––y ratifico–– mi disposición para trabajar con el nuevo gobierno en beneficio de los animales. Sí. Disposición para hablar, escuchar, orientar con mi experiencia y experticia, buscar soluciones, gestionar recursos, apoyar, en fin, hacer lo mejor por los animales y sus comunidades proteccionistas. Eso que hacemos los demócratas que fuimos elegidos popularmente para defender una causa, cuando anteponemos los intereses colectivos a nuestros gustos o repugnancias íntimas. Claro, si en vez de ello le hubiera hecho eco al incendiario llamado a la desobediencia, a la oposición a ultranza o a convocar nuevas elecciones, desconociendo lo que fue un proceso de elección legal, estarían calladitos. Satisfechos. Conformes.

¿Qué será lo que los cabrea y exacerba en ellos esa actitud dogmática, típica de las sectas que señalan como enemigos a quienes no se comportan dócilmente según sus estándares de Manual de Carreño en la política? Lo que veo en el fondo de tal actitud es una profunda inmadurez; una niñería que, además, se refleja en el tono pataletoso del video que detonó la cólera. ¿Por qué no entienden que la política es de alianzas, y que en ella se puede transar y disentir sin necesidad de acabar al oponente? Hablan de democracia, pero lapidan al que no se comporta como parte de su rebaño.

Que hagan ellos su oposición; ojalá excelsa y vehemente, pero decente, sin rabietas ni marrullas. Yo, por mi parte, mantendré mi independencia y haré lo que esté a mi alcance, sin ceder a mis principios, para que las vidas de los animales dejen de ser miserables y haya inversión pública destinada a ellos. No me importa si el gobierno con el que he de trabajar es de izquierda o de derecha, siempre y cuando haya sido elegido democráticamente. Si pesa sobre mí el mandato de defender una causa, haré mis mejores oficios por avanzar en ella (sin espejos retrovisores que solo impiden avanzar).

Que quede claro. Mi causa es la defensa de los animales; no un partido político ni una ideología. La única oposición que haré en la vida es al maltrato animal. Bajo esa lógica, votaré porque el partido verde, que me acogió, se declare en independencia y me permita mantener, sin riesgo de amedrantamientos, autonomía para expresarme, pensar y decidir libremente por los animales y el país.