Colombia atraviesa uno de sus momentos más difíciles. Escribo estas líneas desde Pereira, donde he permanecido desde unas pocas horas después del terremoto que azotó al país. Tengo que aceptar que he cubierto muchas tragedias, pero esta tiene un toque personal. Esta es mi tierra, de acá vienen mis ancestros. Ver la Catedral de Manizales destruida es una puñalada en el corazón.
Duele inmensamente.
Las imágenes y escenas que he podido observar con mis propios ojos parten el corazón. Solo cuando uno está frente a un edificio destruido, con sus entrañas expuestas y los objetos que alguna vez formaron parte de la vida de sus propietarios a la vista, se alcanza a comprender la verdadera gravedad de la tragedia. Créanme, las imágenes de las redes y la televisión no le hacen justicia a la realidad.
La respuesta de los colombianos ha sido gigantesca y generosa. Las imágenes del estadio El Campín, de los centros de acopio desbordados y de las cadenas humanas de voluntarios retirando escombros resultan tan conmovedoras como las de la propia tragedia. Pero no son sorprendentes. Así somos los colombianos.
Lo demuestra el panadero que conocí, quien, pese a tener su negocio destruido, se dedicaba a repartir comida entre los damnificados. Lo reiteran también los músicos que lo perdieron todo y, sin embargo, se dedicaron a entretener a los niños en los albergues. En medio del dolor, esas personas revelan la generosidad y la grandeza de nuestra nación. Esa es nuestra tierra, esa es nuestra nación.
El movimiento telúrico afectó a toda Colombia: blancos y negros, ricos y pobres, jóvenes y viejos. Todos fuimos golpeados, de una u otra manera, por esta terrible situación. Por eso es tan importante que mantengamos nuestra unidad y también el compromiso con los afectados.
Sí, es fundamental enviar alimentos, juguetes, frazadas y agua durante los primeros días. Pero es aún más importante entender que la responsabilidad de todos debe mantenerse en el largo plazo. Son miles las familias que han perdido su hogar y su sustento, y esa situación no se resuelve con camiones de botellas de agua. Esto solo podrá superarse mediante un compromiso colectivo y sostenido para reconstruir el país.
Ojalá esta tragedia sirva también como punto de partida para recoger, mejorar y, de una vez por todas, asumir un compromiso serio con el desarrollo del Pacífico colombiano. Solo si entendemos que la respuesta del país debe extenderse durante los próximos meses y años estaremos realizando un verdadero trabajo por los damnificados. El resto es temporal.
Todo lo anterior me lleva también a condenar brevemente los aprovechamientos políticos de algunos politiqueros que, aun con la derrota a la vista, la rabia y la ausencia del poder, buscan cualquier oportunidad para sembrar odio y división. Este no es el momento de las acusaciones oportunistas ni de las pequeñas disputas. Es un momento en el que solo deberían existir la unidad, el amor y la comprensión.
También es una oportunidad para reflexionar sobre la importancia de mantener y proteger entidades como la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, llamadas a responder en situaciones como esta. Solo cuando se observa de cerca la destrucción y la magnitud de estos eventos se comprende que quienes saquearon una entidad de esa naturaleza para enriquecerse contribuyeron, de manera directa o indirecta, a agravar el sufrimiento de cada una de las víctimas que no pudieron ser atendidas o salvadas.
En lugar de buscar cómo perjudicar al otro o cómo aprovechar políticamente una situación dolorosa para todos, debemos hacer fuerza para salir adelante unidos. Colombia necesita solidaridad, responsabilidad y un compromiso que vaya mucho más allá de la emergencia inmediata.
Juntos podremos reconstruir. Juntos podremos superar esta tragedia. Juntos, mejor