Cuando codirigí El conservadurismo en el mundo hispánico, publicado por Tirant lo Blanch en 2021, mi propósito fue delimitar una doctrina política arraigada en la experiencia histórica de la cultura hispanoamericana. Quise mostrar, en síntesis, que existe una tradición conservadora seria y fecunda: una verdadera cantera de sabiduría teórica y práctica para pensar el orden jurídico y político.

En la introducción del texto argumenté, entre otras tesis, que lo conservador no se reduce ni a una reacción irreflexiva contra el cambio, ni a la administración nostálgica de ruinas ilustres, ni a la conservación de las revoluciones liberales. Todo lo contrario. Argumenté que lo conservador significa la posibilidad de expresar con vigencia y rigor, en sistemas políticos concretos, la tradición cristiana: un orden de vida común donde la persona, la familia, la religión, la autoridad legítima, la educación, la cultura y una serie de valores y de principios encuentren forma institucional.

En este artículo quiero precisar, a la luz del trabajo que codirigí en 2021, qué significa ser conservador y por qué esa identidad no debe avergonzar a nadie. Lo hago, además, por tres razones. La primera es que una opinión pública ingenua y desinformada ha satanizado la idea misma de conservar, hasta volverla reprochable en los imaginarios sociales: el conservador aparece como un obstinado, un atrasado y hasta un sectario.

La segunda es que muchos partidos conservadores de Occidente, divorciados de la doctrina que debería orientarlos, han degenerado en simples maquinarias electorales que carecen de memoria intelectual. La tercera es que los progresistas, que sí estudian a sus teóricos y comprenden la importancia de la disputa cultural, han obtenido una victoria considerable en el terreno de las ideas, porque han logrado hacer creer que conservar parezca una culpa.

Ser conservador es, principalmente, procurar vivir por principios para perfeccionar los sentimientos, en lugar de vivir por sentimientos y lanzar por la borda los principios. Ser conservador es reconocer que existen bienes recibidos que deben custodiarse, porque elevan la vida.

Ser conservador, además, es cultivar la humildad de quien sabe que antes de opinar debe informarse, para no repetir tonterías y para saber resistir el complejo adánico de querer fundarlo todo desde cero. Por eso, el conservador goza de visitar y revisitar las grandes obras del pensamiento y del arte. Pero ser conservador es algo más importante: es una forma de elegancia intelectual y de belleza moral.

Por consiguiente, hay una elegancia especialísima en ser conservador. Recordemos que la palabra elegancia procede del latín elegantia, vinculada a eligere: escoger, seleccionar, saber elegir. Si algo caracteriza al conservador auténtico es, precisamente, esa capacidad de elección: no se deja ni fascinar ni someter por las modas intelectuales y las tendencias socioculturales, sino que discierne, entre muchos principios posibles, aquellos que han probado ser más altos.

En consecuencia, la elegancia intelectual consiste en la disposición de una inteligencia que reconoce que los bienes no son equivalentes y que, por eso mismo, no todas las ideas merecen idéntica adhesión. En este sentido, el conservador no se entrega ni a lo novedoso, ni a lo popular, ni a lo tendencial. Lo que hace es examinar, comparar y ponderar, con el fin de elegir los principios y valores que ennoblecen la vida y ordenan los afectos.

Pero la elegancia intelectual no basta. Puede conocerse el bien y, sin embargo, no amarlo; puede admirarse el orden y abdicar ante la primera presión de la época. La belleza conservadora es, por eso, radicalmente moral: consiste en amar los bienes superiores y permanecer fiel a ellos cuando las multitudes, las modas o los poderes los desdeñan.

Dietrich von Hildebrand añadió una intuición decisiva para comprender el temple conservador: “La persona colmada de gratitud hacia Dios es también la única verdaderamente despierta”. Ser conservador, en su sentido más alto, es precisamente una forma de vigilia moral. Solamente quien reconoce que la vida, la cultura, la patria, la familia y la belleza son dones antes que conquistas puede resistir la tentación de tratarlos como materiales disponibles para la destrucción o el experimento ideológico. Roger Scruton expresó la misma obligación con una severidad memorable: “Las cosas buenas son fácilmente destrozadas, pero no se crean fácilmente”.

No fueron los únicos. El “conservatismo filosófico” es una estela de ideas y pensadores que atraviesa la Antigüedad clásica, se nutre de la tradición cristiana y llega hasta nuestros días como una filosofía de la permanencia, la prudencia y la gratitud.