El momento más peligroso de una revolución tecnológica puede llegar cuando su promesa económica crece más rápido que la capacidad para financiarla. Eso es lo que conviene observar hoy en torno a la inteligencia artificial.

Construir esa revolución exige chips, centros de datos, redes y electricidad. Al mismo tiempo, los gobiernos necesitan refinanciar sus deudas y los inversionistas requieren liquidez para sostener sus posiciones. Cada necesidad parece manejable por separado. El riesgo aparece cuando varias exigen dinero al mismo tiempo.

La posible colisión reúne cuatro fuerzas: bonos soberanos, apuestas cambiarias financiadas con deuda, Brasil y la inversión en inteligencia artificial. Sus conexiones pueden convertir un problema localizado en una corrección más amplia.

Los mercados suelen analizarse por compartimentos. Los bonos pertenecen a la política fiscal; el yen, a Japón; Brasil, a los emergentes; y la inteligencia artificial, a la tecnología. Pero el dinero cruza todas esas fronteras.

Un fondo puede perder en Brasil y vender acciones tecnológicas para conseguir dólares. Otro puede enfrentar una llamada de margen —una exigencia de aportar garantías adicionales— y liquidar bonos. Una empresa puede seguir creciendo mientras sus acciones caen porque sus propietarios necesitan efectivo.

En esos momentos, la pregunta decisiva es quién puede permitirse esperar.

Los bonos públicos son una primera conexión. Además de inversiones, sirven como garantías para obtener financiación. Cuando suben sus rendimientos, cae el precio de los títulos existentes. Para quien los compró con deuda, esa pérdida puede exigir más efectivo o una venta apresurada.

Las apuestas cambiarias añaden otra presión. El llamado carry trade consiste en financiarse en una moneda de bajo costo para invertir en activos con mayor rendimiento. Si la moneda prestada se fortalece, devolver la deuda se encarece. Cerrar posiciones exige recomprarla y puede acelerar su apreciación.

Brasil puede convertirse en otro canal de transmisión. Una caída de activos o una depreciación del real afecta a inversionistas que también tienen posiciones en otros países. Eso no implica una quiebra soberana inevitable. Significa que una necesidad de caja puede viajar mucho más lejos que la noticia que la originó.

La cuarta fuerza es la financiación de la inteligencia artificial. Aquí sería un error concentrarse únicamente en empresas especializadas como CoreWeave. El circuito también incluye a Oracle, Meta y las grandes plataformas tecnológicas.

Una compañía anuncia inversiones. Sus proveedores reciben pedidos. Las expectativas de ingresos mejoran. El mercado facilita financiación para construir más capacidad. Esa expansión alimenta nuevas expectativas.

El mecanismo puede impulsar crecimiento real. También puede hacer que numerosas empresas dependan de supuestos parecidos sobre la misma demanda futura.

Oracle debe convertir contratos en infraestructura operativa, servicios entregados y dinero cobrado. Meta apuesta a que la inteligencia artificial mejore la publicidad y la interacción de sus usuarios, y fortalezca así el negocio que ayuda a financiar su expansión. Son modelos diferentes, pero ambos dependen del tiempo que transcurre entre invertir y obtener resultados.

La competencia intensifica esa presión. Cada empresa teme quedarse atrás. Lo que parece racional para cada una puede producir, en conjunto, más inversión de la que los ingresos inmediatos pueden sostener.

La reversión tampoco necesita comenzar con una quiebra. Puede empezar con un retraso, una rentabilidad inferior a la esperada o una financiación más costosa. Incluso basta con que el gasto crezca menos de lo previsto para que los proveedores revisen sus expectativas.

Si esto coincide con pérdidas en bonos, monedas y mercados emergentes, pueden aparecer ventas forzadas. Algún actor vulnerable podría verse obligado a diluir a sus accionistas, reestructurar obligaciones o incumplir pagos. Es un escenario posible, no una certeza.

Sin embargo, concluir que ese accidente agotaría la oportunidad de la inteligencia artificial sería otro error.

Imaginen observar la transición del transistor al circuito integrado y declarar terminada la revolución informática. Todavía faltaban el microprocesador, el computador personal y buena parte de la industria del software.

La analogía ayuda a separar dos preguntas: cuánto potencial tiene una tecnología y cuánto conviene pagar por las empresas que intentan desarrollarla. Una respuesta optimista a la primera no resuelve la segunda.

La experiencia de 1998 resulta incómoda. La crisis rusa y el colapso casi consumado del fondo Long-Term Capital Management golpearon los mercados y la confianza en las acciones tecnológicas. Después llegó una recuperación extraordinaria, seguida por la euforia y el desplome de las puntocom.

Una crisis financiera, una revolución tecnológica y una burbuja pueden coexistir dentro del mismo ciclo. Una empresa puede ganar importancia económica mientras su acción alcanza un precio insostenible.

La oportunidad posterior dependería de lo que sobreviva. Si la demanda permanece, una crisis puede dejar infraestructura más barata, activos en manos financieramente más fuertes y nuevas aplicaciones viables. Si la demanda se deteriora, una cotización menor puede seguir siendo cara.

Para Colombia, donde las condiciones financieras internacionales influyen sobre el dólar, el crédito y las decisiones de inversión, entender estas conexiones importa más que perseguir cada titular.

Habrá que observar si la financiación se estabiliza, si los clientes mantienen su demanda y si los ingresos se convierten en caja. También habrá que vigilar la respuesta de las autoridades: proporcionar liquidez puede frenar una liquidación, pero no vuelve rentable cualquier proyecto.

El transistor no fue el final de la computación. El circuito integrado tampoco.

Un accidente pondría a prueba quién puede financiar la transición. La gran oportunidad dependería de quien consiga convertirla en productividad y flujo de caja.

Este artículo tiene fines informativos y educativos. Los escenarios descritos son condicionales y no constituyen recomendaciones de inversión.