Colombia está tomando decisiones que definirán su infraestructura aeroportuaria durante las próximas décadas. En distintas ciudades se discuten proyectos de expansión, construcción, nuevas concesiones e inversiones de gran escala. Es una conversación necesaria, pero muchas veces comienza por el final: qué construir antes de definir qué es lo que realmente se necesita.
Ampliar un aeropuerto no significa solo construir más infraestructura. Implica coordinar terminales, pistas, espacio aéreo, control de tránsito y operaciones para que todo el sistema funcione de manera eficiente. Con el desafío de equilibrar expansión, sostenibilidad, conectividad y calidad de servicio, demandas que sin duda requieren de sinergias entre autoridades, concesionarios y actores del sector aéreo y del turismo.
El Dorado es hoy el caso más urgente. En 2025, Colombia movilizó 57,5 millones de pasajeros y aproximadamente 45,8 millones pasaron por el principal aeropuerto del país. El tráfico ya creció, pero la capacidad operacional no lo hizo al mismo ritmo. Por eso, además de planificar la infraestructura de la próxima década, debemos preguntarnos qué podemos hacer desde ahora para mejorar su funcionamiento.
En 2023, Iata lideró, junto con el Ministerio de Transporte, la Aeronáutica Civil, la ANI, el aeropuerto y las aerolíneas, un estudio que identificó medidas para elevar la capacidad de 74 a 100 operaciones por hora, aprovechando mejor la infraestructura existente y sin depender exclusivamente de grandes obras.
Esto demuestra que las mejoras operacionales y la expansión futura deben avanzar en paralelo. Los grandes proyectos requieren inversiones significativas y años de ejecución, por lo que no resolverán por sí solos los desafíos actuales. También es necesario mejorar los accesos terrestres, incorporar nuevas tecnologías, aprovechar el potencial de la inteligencia artificial y modernizar la gestión aeroportuaria.
Pero cualquier expansión plantea otra pregunta inevitable: ¿cuánto costará y quién la pagará? Se han mencionado posibles tasas para pasajeros en conexión, cargos ambientales e incrementos tarifarios, todavía sin claridad sobre su aplicación. Iata sostiene que los cargos aeroportuarios deben ser competitivos y transparentes y que deben evitarse gravámenes a los pasajeros en conexión.
El pasajero debe estar en el centro de esta discusión. De poco sirve construir nuevos aeropuertos si su costo termina desalentando nuevas rutas, afectando la demanda o encareciendo los viajes. Una mayor capacidad no se traduce automáticamente en más pasajeros, conectividad o turismo. Infraestructura, costos y competitividad son parte de una misma ecuación.
Para tomar mejores decisiones también necesitamos una planificación más coordinada. Las aerolíneas, como principales usuarias de la infraestructura y punto de contacto con los pasajeros, deben participar desde las primeras etapas. Lo mismo ocurre con la Aeronáutica Civil. Una concesión no puede diseñarse únicamente desde la lógica de la obra, sino que debe incorporar desde el comienzo las necesidades operacionales y la evolución esperada de la demanda.
El Dorado ofrece la oportunidad de avanzar hacia una visión integral que conecte el lado tierra con el lado aire, las inversiones de largo plazo con las mejoras inmediatas y la infraestructura con la conectividad.
Y esto trasciende a Bogotá. Cada aeropuerto colombiano enfrenta necesidades diferentes: algunos requieren mayor capacidad; otros, mejoras en pistas, aproximaciones, control de tránsito aéreo, servicios de bomberos aeronáuticos u operación nocturna. Primero debemos identificar qué necesita cada aeropuerto para funcionar mejor y, a partir de allí, definir las inversiones, ajustes regulatorios y mecanismos de financiamiento.
Iata respalda las inversiones que permitan mejorar la operación aeroportuaria sin encarecer innecesariamente el costo de volar. Cualquier expansión debe responder a una necesidad real, aprovechar al máximo la capacidad existente, involucrar desde el comienzo a autoridades y usuarios y contar con una estructura financiera transparente.
En definitiva, la conectividad aérea no depende únicamente de construir más aeropuertos, sino de lograr que todo el sistema sea eficiente, competitivo y sostenible. La pregunta para El Dorado y para el resto del país no debería ser cuánto podemos construir, sino qué necesitamos para operar mejor y ofrecer una infraestructura que acompañe el crecimiento de Colombia y responda a las necesidades de sus usuarios.