Este domingo tendrá lugar en el país la primera vuelta presidencial. Los dos candidatos con más posibilidades de pasar a segunda vuelta, según el promedio de las encuestas, serían Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, dos candidatos que representan los extremos políticos de izquierda y derecha en el país. No obstante, la candidata Paloma Valencia aparece muy cerca, con lo cual podría quedarse también con el favor ciudadano que la lleve a la segunda vuelta. Lo sabremos en un par de horas.

Esta campaña política ha sido, sin duda, muy oscura. Hace rato que en el país las elecciones dejaron de ser una “fiesta de la democracia”, para pasar a ser una confrontación en la que las propuestas, los debates y los planes de gobierno desaparecieron frente a las agresiones constantes, las noticias falsas que se replican sin descanso en las redes sociales y el ambiente hostil entre seguidores de los distintos candidatos. Hoy las propuestas de gobierno quedaron completamente ahogadas entre las agresiones de todas las partes.

Si bien este malestar electoral ya había mostrado sus síntomas en las elecciones presidenciales anteriores, ha hecho metástasis en la contienda actual. Todos recordamos los videos de la elección pasada, donde aparecía Sebastián Guanumen, entonces asesor de comunicaciones de la campaña Petro y luego premiado por el Gobierno con la Embajada de Chile, hablando de desarrollar una estrategia digital en la que se “corriera la línea ética”, con una campaña negra en redes sociales contra los adversarios del hoy presidente. En este video se hablaba de activar bodegas digitales, difundir memes y contenidos virales para crear narrativas mentirosas en perjuicio de los contrincantes. Y esta se convirtió en la regla en la presente contienda.

Esta campaña, como bien lo dijo el exvicepresidente Humberto de la Calle Lombana, ha dejado en evidencia un gran retroceso en nuestra democracia, pues hay un acelerado deterioro de las reglas, las formas y las instituciones que sostienen nuestro país.

La política siempre ha sido un escenario de confrontación, pero en la campaña actual la argumentación cedió terreno ante la descalificación permanente y la mentira. Pero no solo entre los candidatos de los dos extremos, sino incluso entre candidatos que se identifican en una misma orilla política, como ocurre con las candidaturas de Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia. Lo que hemos visto las últimas semanas entre los seguidores de estos dos candidatos es brutal. Es el canibalismo entre una misma especie, que no se da cuenta de que se lleva a sí misma a la extinción.

Pero lo más grave, tal vez, es ver que este contexto de disputa, desinformación y constante agresión ha sido promovido desde el mismo Estado. En el afán de llevar al poder a Iván Cepeda, el candidato progresista elegido por el Gobierno Petro para seguir al frente, el Gobierno ha desatado todo su poder para llevar a Cepeda a la presidencia. Aunque es deber constitucional que el Gobierno sea garante de unas elecciones transparentes, con totales garantías para todos, esto desapareció en la actual contienda. Por el contrario, el presidente Petro ha puesto toda la maquinaria del Estado a favor de su candidato y tanto el presidente como algunos de sus ministros y funcionarios han violado de manera abierta la prohibición que sobre ellos pesa de participar en política. Como si con esto no bastara, Cepeda ha tenido a todo el sistema de medios públicos a su servicio.

Pero no solo es la participación del Gobierno en la campaña. El mismo candidato Iván Cepeda ha violado la prohibición normativa de hacer actos proselitistas una semana antes de las elecciones y ha hecho reuniones masivas esta semana electoral, alegando que se trata de reuniones privadas.

Es angustiante ver cómo cada vez más se violan las normas que garantizan la democracia y nada pasa.

A todo esto se suma el deterioro de la relación de los políticos con los medios. Los periodistas han pasado de ser observadores incómodos a convertirse en enemigos políticos. Cuando una sociedad comienza a desconfiar sistemáticamente de quienes investigan, verifican y cuestionan al poder, la democracia pierde uno de sus principales mecanismos de control. Y esta confianza se ha perdido también al ver algunos medios totalmente entregados al servicio del candidato de su agrado.

Pero la puerta más preocupante es la que podría abrirse en esta elección; es lo que podría pasar si la votación no es favorable al candidato del Gobierno. El presidente Petro lleva varios meses creando en el ambiente político la idea de que existe un fraude en marcha. A pesar de la insistencia del registrador nacional, Hernán Penagos, de que existen todas las garantías para las elecciones, el Gobierno y sus seguidores han replicado el discurso del fraude, en aras de debilitar la confianza ciudadana en las instituciones.

Calar en el país el mensaje de que el sistema electoral no es confiable es devastador para la confianza pública. La posición del Gobierno es esta: si el resultado favorece a sus aliados, el sistema habrá funcionado. Si el resultado es adverso, alentará el mensaje de que las autoridades electorales actuaron de manera ilegítima. ¿Qué podría pasar en el país si se cree que el resultado de las elecciones es fraudulento?

Es evidente que el país ha retrocedido en la construcción de confianza institucional, en el respeto por las reglas y en la aceptación de los límites que exige la convivencia democrática.

Hay que salir a votar y trabajar en sacar adelante nuestra democracia. Hoy más que nunca se requiere que las veedurías internacionales, los testigos electorales, la Registraduría, la Procuraduría y todas las autoridades ratifiquen la confianza en nuestras elecciones.

Estamos muy cerquita de perder nuestra democracia. Hay que votar para que esto no ocurra.