Hace un tiempo, después de que un juez fallara a mi favor en primera y segunda instancia, la Corte Constitucional seleccionó el caso y falló en mi contra, ordenándome rectificar un mensaje que publiqué sobre una senadora ex Farc, esposa de Tirofijo, hoy citada por la JEP en el caso 07, que investiga abortos forzados, reclutamiento de menores y violencia sexual contra menores.

Como yo creo en la justicia, me retracté. Pero al leer los comentarios de cientos de colombianos que reaccionaron, me surgió una pregunta que me da vueltas y vueltas y que quiero hacerles hoy: ¿existe un exasesino?

Se sienta uno a pensar, como quien filosofa después de almorzar, y se cuestiona: ¿existe el exsecuestrador? ¿O el exviolador? Porque si la respuesta es sí, entonces el lenguaje que usamos en Colombia desde hace una década para hablar del conflicto armado tiene toda la lógica del mundo. Pero si la respuesta es no, entonces llevamos diez años siendo manipulados por unas narrativas inventadas para darle paso al fraudulento acuerdo de paz.

Porque si revisamos con detenimiento el fallo, encontramos que la palabra que se usa para que yo me rectifique es “actualidad”. Me pidieron decir que no hay pruebas de que esta persona haya cometido crímenes en la actualidad, y por eso debía corregir. Y corregí, porque bajo ese parámetro, tienen razón. Pero ese es el truco del lenguaje: el tiempo, por sí solo, convierte el crimen en otra cosa y, si lo hiciste hace treinta años, ya no cuenta, ni siquiera como recuerdo. Se reescribe la historia.

George Orwell lo explicó a la perfección, un ensayo que muy seguramente cualquier estudiante de ciencia política alguna vez leyó. Dijo que el lenguaje político está diseñado “para hacer que las mentiras parezcan verdades y el asesinato respetable, y para dar al viento puro una apariencia de solidez”.

Es decir, para que la gente trague sapos, toca volverlos tragables. Son realidades tan fuertes que la gente no lograría digerirlas ni soportarlas, y por eso aparecen los cambios de vocabulario: para suavizar las cosas y pasar una página que nunca se debería pasar.

Los ejemplos que pone el mismo Orwell, como aldeas indefensas bombardeadas, gente sacada a la fuerza, casas quemadas, y a todo eso le cambian el nombre y lo llaman ‘pacificación’ o, en nuestro país, ‘violencia política’. Ochenta años después, seguimos haciendo lo mismo con otro vocabulario; decidimos llamarlos ‘excombatientes’, y a unas penas que parecen no ser más que limpiar un piso o cortar unos bambús las llamamos ‘trabajos restaurativos’.

Una de las teorías que suelen invocarse para respaldar este cambio de lenguaje se llama teoría del etiquetamiento. La planteó Howard Becker en 1963 y dice, resumidamente, que llamar a alguien “delincuente” para siempre, en vez de señalar solo lo que hizo una vez, le impide reincorporarse a la sociedad.

La diferencia es que esa teoría se pensó para desviaciones sociales menores, como el consumo de marihuana, no para crímenes de guerra y de lesa humanidad.

Pero para acomodarlo, todo les sirve.

Meses después del fallo, la propia JEP citó a versión libre a Sandra Ramírez, conocida en la guerrilla como Griselda Lobo, dentro del Macrocaso 07, que investiga reclutamiento forzado, violencia sexual y abortos forzados de menores dentro de las Farc. Según testimonios que recoge la prensa, una víctima, reclutada siendo niña, relató cómo ella llegó con una bolsa negra a instruir a las menores recién capturadas sobre cómo debían presentarse ante los comandantes. El abogado de las víctimas declaró en radio que tuvo incidencia directa en la creación de centros de aborto dentro de la guerrilla.

No voy a volver a usar las palabras que me costaron la retractación, pero sí puedo escribir los hechos, tal como salen en la propia JEP, y dejar que cada lector decida cómo quiere llamarlos. Yo, legalmente, no puedo.

Lo que sí puedo decir, sin que ningún fallo me lo prohíba, es que el lenguaje con el que hablamos del conflicto en Colombia lleva años blindando responsabilidades bajo eufemismos y con la ilusión de que el tiempo borra la acción que se hizo.

Por eso no creo que exista un exasesino, de la misma manera que no existe el exsecuestrador ni el exviolador. Existe la persona que cometió el acto, y existe, después, el castigo, el perdón y la justicia. Pero el acto no se borra con el paso del tiempo, ni con una sanción sin cárcel, ni con una palabra nueva que suene mejor en un comunicado de prensa, ni con un “en la actualidad” metido en un fallo.

Llamar las cosas por su nombre no es venganza. Es lo mínimo que le debemos a quien sí perdió algo que nunca se le devolvió ni se le va a devolver. La vida y el dolor.