Cada día salen a la luz nuevos escándalos que involucran a los allegados, tanto políticos como familiares, del gobierno petrista, régimen ideológico que, afortunadamente, fue derrotado en las urnas por una población que quería el cambio. Gracias a los medios de comunicación se ha desenmascarado a personajes que le hicieron mucho daño al país durante los últimos cuatro años, lo que genera hoy la sensación de que, con la llegada del nuevo gobierno, nos hemos liberado de un gran lastre, pues el progresismo nos empujaba al abismo de la corrupción, el autoritarismo, la narcocracia y la miseria.
Con los resultados de las elecciones presidenciales de Brasil, se está reafirmando el rechazo regional a la ideología socialista del siglo XXI y, por consiguiente, al castrochavismo, que, guiado por los mandatos del Foro de São Paulo, buscaba implantar el socialismo en el continente. Como consecuencia de la caída del muro de Berlín, los siervos del comunismo latinoamericano se preocuparon por su pérdida de poder y decidieron unir las fuerzas de los partidos de izquierda y de los grupos terroristas en el ámbito continental, liderados por Lula da Silva, y establecieron el nefasto Foro de São Paulo, que, afortunadamente, hoy tambalea.
Desde 1990, la izquierda inició, como lo menciona el politólogo argentino Agustín Laje, una batalla cultural para implantar su ideología, tratando de cambiar no solo los principios y valores de la sociedad, sino también de introducir cambios culturales que abarcan la transformación del idioma, la introducción de nuevos conceptos políticos y sociales y la manipulación del pensamiento de la juventud en las universidades y en las aulas escolares. A comienzos del siglo XXI, el continente se transformó políticamente y el socialismo tiñó de rojo la mayor parte de los países, incluyendo la implantación de tiranías que aún hoy persisten, como es el caso de Cuba, Nicaragua y Venezuela, donde, lamentablemente, la democracia aún está ausente.
Se observa una reacción global contra el progresismo y, en América Latina, ya hay resultados concretos, como los casos recientes de Perú y Colombia, y muy seguramente esta tendencia se consolidará en Brasil, debido principalmente a una convergencia de aspectos negativos generados por quienes, sin ser estadistas, llegaron amañadamente al poder, lo que produjo una crisis por la corrupción, aprietos económicos debido al robo de las arcas estatales, la pésima dirección de políticas macroeconómicas, así como el deterioro de la seguridad y la resistencia que se generó frente a los cambios que buscaban introducir los gobiernos zurdos en temas socioculturales.
Se puede decir que la profunda insatisfacción de la población frente a los abusos gubernamentales de la ‘marea rosa’, como calificó el periodista Larry Rohter a los gobiernos de izquierda que llegaron al poder en América Latina en el período 1998-2010, compila algunas de las principales causas del fenómeno estructural y social que ha cambiado la tendencia política de la región. De una parte, se tiene el estancamiento económico y el fin de la bonanza de las materias primas abundantes en el continente, ya que sus recursos dejaron de fluir, pues, al mantener los Estados un gasto excesivo, se generaron endeudamiento exterior, inflación y desatención de las necesidades primarias de las poblaciones.
De otra parte, el auge del narcotráfico, la violencia y la impunidad frente al delito en algunos países conformaron la base de la crisis de seguridad, con el crecimiento de las organizaciones delictivas y la consolidación del crimen organizado, que traspasaba las fronteras estatales. Esto generó la exigencia de una mano dura para contrarrestar la inseguridad y el delito que afectaban a toda la sociedad, así como de lo que se ha denominado ‘el efecto Bukele’, que se caracteriza por la acción decidida del gobierno en el empleo de la fuerza constitucional del Estado para restablecer el orden.
El desgaste institucional y la corrupción han afectado a los partidos de izquierda y han destruido de plano el sofisma de la lucha por la supuesta superioridad moral y la justicia social con las cuales los candidatos progresistas se presentaban ante el potencial electorado; resultó más malo el remedio que la misma enfermedad. Las mentiras y el engaño, así como el desafío permanente y la afectación con cargas impositivas a los empresarios, a los industriales y a quienes poseen algún capital, sumados a la amenaza de generar estallidos sociales, decepcionaron a los votantes que se sintieron burlados por un cambio que nunca llegó.
La agenda progresista incluye temas complejos como las políticas de identidad, incluyendo el lavado cerebral a los menores sobre el cambio de sexo, los excesivos derechos para ciertas comunidades, la legalización del aborto, el exceso de libertades que se convierten en libertinaje, la simbología con banderas y elementos pertenecientes a individuos u organizaciones que estuvieron al margen de la ley y el apoyo a actuaciones criminales de organizaciones terroristas, tanto dentro como fuera del país. Estos aspectos provocaron una fuerte reacción de resistencia en las sociedades estructuralmente conservadoras.
Es clara la diferencia que existe entre tendencias políticas en aspectos clave de la sociedad. En economía, la izquierda incrementa exponencialmente el gasto público para amarrar votos, mientras que la derecha busca la austeridad fiscal, el libre mercado y atraer la inversión. En el tema de seguridad, la izquierda apoya a quienes están al margen de la ley porque obtiene apoyo político y el ‘voto fusil’, mientras que la derecha aplica la mano dura para neutralizar la amenaza. En el campo social, la izquierda tiene agendas de diversidad y derechos de minorías, mientras que la derecha defiende los valores tradicionales y las libertades.
Después del descalabro que sufrió la izquierda en las pasadas elecciones, hoy se está reorganizando para las elecciones regionales de 2027, tratando de ganar el mayor número de gobernaciones y alcaldías, con vistas a 2030, mientras que la derecha está atomizándose entre nuevos partidos y candidatos ávidos de poder. El creciente desprestigio de la izquierda debería motivar la integración de la derecha para lograr resultados contundentes que permitan sacar adelante a nuestro país. Ojalá los políticos dejen de lado los egos y las ambiciones y piensen primero en Colombia.