Las declaraciones de la joven dirigente de las Juventudes Comunistas de Colombia (JUCO) han generado revuelo en la opinión pública por lo agresivo de su contenido, su tono hostil y la clara y escueta promoción de la violencia.

No oculto mi sorpresa al ver a una persona joven, que se dice defensora de la paz y los derechos humanos, promoviendo el caos y azuzando la violencia; sin embargo, para quienes hemos estudiado la JUCO, esto no es una novedad.

Recordemos que por la JUCO han pasado tenebrosos cabecillas de las insurgencias colombianas, como Timochenko, previo a alcanzar la dirigencia de las FARC; Jaime Arenas, quien posteriormente se vincularía al ELN, al igual que Ricardo Lara; Jaime Bateman Cayón, quien militaría en el M-19; el tristemente célebre por las “pescas milagrosas” o tomas cruentas de poblaciones, Henry Castellanos Garzón, alias Romaña; José Antequera, de la Unión Patriótica; Manuel Cepeda Vargas, entre otros líderes que han proclamado la revolución, la insurrección, las armas y la guerra como medios de cambio político.

Hilar en su historia es adentrarse en el núcleo mismo de todo el pensamiento revolucionario armado colombiano y su estrecha relación con el movimiento comunista, las guerrillas insurgentes, el terrorismo urbano y rural, sectores del movimiento estudiantil, actuando como una incubadora de organizaciones y acciones que han derivado en grandes infractores de los derechos humanos, quienes en nombre de la revolución han destruido millones de vidas.

Ahora bien, las recientes declaraciones públicas de la joven dirigente y sus posteriores reacciones nos invitan a varias reflexiones:

Primero. Es necesario dejar de romantizar y ensalzar a movimientos y dirigentes que tuvieron sentido histórico en coyunturas pasadas (Revolución Cubana, Guerra Fría), ya que sus liderazgos no condujeron a mejoras sociales, sino que, en la mayoría de los casos, se tradujeron en horror, muerte, guerra, millones de víctimas y violencia armada.

Así mismo, si bien es legal y legítimo que existan organizaciones que, en el marco de la legalidad y las leyes, puedan promover ideas y sistemas políticos, en este caso el comunismo, esto debe hacerse con estricto respeto por la legalidad, porque la incitación a la violencia, el desorden, el caos y la destrucción son crímenes y no se puede escudar en la estigmatización o la movilización para justificar lo que está fuera de la ley.

Asimismo, no conviene que exista apoyo social o judicial a organizaciones que se oculten como promotoras de paz, pero promuevan la violencia, o que se digan defensoras de víctimas, mientras respaldan o justifican a líderes históricos a quienes se les han comprobado infracciones a los derechos humanos y al DIH, en una lista interminable de atrocidades que han sido documentadas en innumerables casos judiciales, históricos y de memoria.

Y es que, más allá de la responsabilidad legal de estas declaraciones, lo que urge es una reflexión moral y un debate académico y judicial sobre la vigencia de líderes que motiven la violencia, promuevan la destrucción e incentiven el odio o el reclutamiento forzado, todo tras los libros y las cuadrillas, con la “revolución armada” o la “combinación de todas las formas de lucha” (CTFL) como causas justas o deseables.

¿Será que la fatídica historia del conflicto armado colombiano no ha dejado ninguna enseñanza? Han pasado comisiones de verdad, comisiones judiciales, miles de muertos, heridos, desaparecidos y todo tipo de atrocidades, y estos “jóvenes” siguen argumentando que durante 100 años “resisten” y “luchan”, pero no son capaces de ver que son esas actitudes y acciones las que han fracasado y solo han dejado desolación y dolor.

Este caso amerita la mayor sanción social y legal, ya que la violencia política no lo fue en el pasado y no lo es en el presente, no es una causa justa, sino una iniciativa criminal, así que insistir en su promoción es de suma gravedad.

Bienvenido el debate de las ideas políticas, pero no la revolución armada; debemos repetirlo hasta cansarnos: la guerra no es un método efectivo para la transformación política, la democracia no es un asunto de percepción, sino de mayorías.