Hay una tentación frecuente: hablar del sistema de educación como si se tratara de una máquina. Ajustamos indicadores, movemos recursos, cambiamos formularios y luego esperamos que el milagro ocurra. En muchos de esos ajustes que se han vuelto mecánicos, se olvida la tarea fundamental de la educación: formar. Forma el modo de pensar, el modo de sentir y el modo de convivir. Por eso la pregunta no es “qué tan bien medimos”, sino “para qué educamos”.
Como ministra de Educación, mi prioridad no será empezar por el trámite, sino por el propósito: devolverle a la educación su tarea fundamental de formar ciudadanos con valores éticos. No se trata de agregar una cátedra de “buenos comportamientos” ni de reducir la formación moral a un eslogan. Se trata de recuperar el centro: la autoridad del conocimiento, la confianza pública en la escuela, la veracidad como hábito y la responsabilidad ciudadana como forma de libertad.
Formare, desde su raíz latina, es dar forma y ordenar una materia hasta que alcance su figura propia. En educación, eso significa formar el entendimiento conforme a la verdad y modelar la afectividad conforme al bien. Esa es la renovatio: ordenar el sistema para que vuelva a producir inteligencia con carácter, sensibilidad con civilidad y una existencia con propósito.
Por eso, ninguna reforma técnica basta si no se enfrenta el nivel más desafiante del momento histórico: la pérdida de sentido, el nihilismo, la deshumanización y la erosión de la autoridad del conocimiento. Frente a eso, la educación debe asumir una reconstrucción moral. Recuperar “lo bueno, lo verdadero y lo bello” –y también lo alegre, lo esperanzador y lo sagrado– significa educar para la veracidad, la confianza, la compasión y la responsabilidad ciudadana, para lo cual se hace indispensable una alianza real entre familia, escuela y Estado.
Esa es la tarea superior. Por eso, los desafíos del sistema –aprendizajes insuficientes, trayectorias interrumpidas, desconexión con las necesidades del país y debilidad institucional– deben mirarse de frente, pero siempre subordinados a un propósito mayor: que el sistema educativo sea capaz de formar inteligencia, carácter, sensibilidad, civilidad, responsabilidad y existencias con propósito.
El primer desafío que enfrentamos es el de la calidad. No podemos seguir enseñando con estándares diseñados hace 20 años. La actualización curricular –de preescolar a la media– debe fortalecer aprendizajes fundamentales (leer, comprender, contar, escribir y respetar al otro) e impulsar pensamiento crítico y virtudes públicas. Además, en una época marcada por la inteligencia artificial y las plataformas digitales, la educación debe entrenar el discernimiento: verificar, argumentar, reconocer sesgos y sostener una ética de la atención. Para eso se requieren docentes capaces. Por eso, la formación de maestros integrales debe convertirse en condición decisiva.
El segundo desafío son las trayectorias rotas. El sistema de educación de un país no fracasa solo en pruebas: fracasa cuando los jóvenes desertan, se desconectan y abandonan sin construir un proyecto de vida. Aquí hace falta una estrategia nacional de trayectorias completas, con sistemas integrados de información, seguimiento individual y alertas tempranas. Pero también hace falta una pedagogía del acompañamiento: la escuela debe ofrecer sentido, rutas y apoyo frente a vacíos existenciales.
La tercera alarma es el divorcio entre lo que se estudia y lo que el país necesita. La respuesta pasa por articular educación y desarrollo: convenios con empresas, formación continua, reconocimiento de créditos y microcertificaciones con criterios de calidad y transparencia. En posmedia, el acceso debe ampliarse con dignidad: inversión pública, gratuidad, becas, créditos, subsidios de sostenimiento y apoyos a la tasa de interés. Y siempre con incentivos ligados a calidad, pertinencia, equidad y sostenibilidad.
La cuarta alarma es estructural: congestión en registros calificados, acreditaciones y convalidaciones; tensiones de gobernanza; rezagos de infraestructura. La tarea aquí será la de recuperar la capacidad de gestión del Ministerio con modelos más livianos que reduzcan cargas burocráticas y eliminen los riesgos de corrupción.
En suma: si el fin es correcto, los medios se ordenan. Que los fines orienten los medios y no al contrario. Y que el país vuelva a ver en la escuela el lugar donde se forman ciudadanos éticos: con inteligencia para discernir, con carácter para resistir la deshumanización y con esperanza para construir el bien común.