Durante la época de la Colonia, especialmente en los siglos XVII y XVIII, la Corona española utilizó la ejecución, el descuartizamiento y la exhibición pública de los restos de algunos condenados como un mecanismo de escarmiento. No todos los ejecutados eran exhibidos públicamente; este acto estaba reservado para los traidores y los cabecillas de las insurrecciones, y tenía un mensaje claro: la muerte es el final seguro de quienes desafiaran al rey, que quería mostrar con esta exhibición que no había perdido el control del territorio ni la autoridad.
En el mundo colonial también se utilizaban las mutilaciones posteriores a la muerte y partes del cuerpo del condenado eran exhibidas en picotas, estacas u horcas situadas en lugares públicos. El caso más emblemático es el de José Antonio Galán. En 1782, la corona española ordenó que la mano derecha de Galán fuera enviada al Socorro, la izquierda a San Gil, un pie a Charalá, otro a Mogotes y la cabeza a Guaduas.
Exhibir la muerte era la comunicación política del poder de la Corona.
En la época de la violencia conservadora y liberal, entre las décadas de 1940 y 1950, la exhibición de cuerpos se convirtió en una advertencia entre “chulavitas”, “pájaros” y guerrillas liberales de quién ostentaba el poder. El “corte de franela”, como se llamaba a los cuerpos cortados por los hombros, o el “corte de corbata”, que exhibía las cabezas con las lenguas colgando por la herida, fueron utilizados como mensajes para sembrar el terror. Otra vez la violencia como mensaje político.
Lo mismo ocurrió en la guerra entre paramilitares y guerrilla que dominó a Colombia entre los años noventa y 2000. De dolorosa recordación es la masacre ocurrida el 18 de febrero de 2000 en El Salado (Bolívar), donde los paramilitares obligaron a los habitantes a concentrarse en el parque y en la cancha de microfútbol. Enfrente de todos, fueron asesinadas 17 personas en la cancha y los paramilitares impidieron que los familiares recogieran los cuerpos. Los mantuvieron exhibidos durante dos días, como muestra de poderío y de advertencia de lo que les pasaría a los pobladores si colaboraban con la guerrilla.
Por eso, es de gran impacto la decisión del presidente de la república, Abelardo De La Espriella, de exhibir los cadáveres de los delincuentes dados de baja y dar ruedas de prensa frente a ellos. Primero fue el pasado 2 de septiembre, cuando presentó los resultados de la operación Azarías en el Guaviare, en la que exhibió los cadáveres de 23 miembros de las disidencias de Iván Mordisco dados de baja y envueltos en bolsas blancas. El presidente, vestido de verde oliva, caminó entre los cuerpos, mientras felicitaba a los responsables de la operación. Las imágenes luego fueron difundidas en sus redes sociales. Solo dos días después, este viernes, el presidente De La Espriella apareció en Riohacha para comunicar el mayor golpe dado hasta ahora por su gobierno a los grupos criminales: la muerte de Naín Andrés Pérez Toncel, alias Bendito Menor, cabecilla de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN). En una rueda de prensa, el presidente confirmó que el Ejército dio de baja a este criminal, junto a su esposa, alias la Bebecita, y dos miembros más de esta organización. Una vez más, los cuatro cuerpos envueltos en bolsas blancas fueron exhibidos frente a los medios de comunicación, y con ellos enfrente, el presidente dio la rueda de prensa junto a la cúpula de las Fuerzas Armadas.
Alias Bendito Menor y alias Bebecita habían desafiado al presidente De La Espriella desde el mismo día de su elección. Fueron varias las publicaciones en las que estos dos criminales se exhibieron con camisetas que decían “Soy antiabelardista” y declaraban la guerra al presidente. Incluso se grabaron recorriendo La Guajira en moto, en una clara burla y reto al presidente y a las autoridades.
La exhibición de los cuerpos de este criminal, su esposa, los escoltas y los miembros de las disidencias de las Farc dados de baja tiene el mismo objetivo que en la colonia: esto es lo que le pasa a quien desafía al Gobierno.
Exhibir un cuerpo como trofeo jamás puede ser un triunfo para un país como Colombia. Es la muestra de que la guerra sigue constituyendo nuestro diario vivir y que la deshumanización del conflicto aún forma parte de décadas de violencia sin freno. Mostrar los muertos para aterrar a los criminales nos devuelve al miedo como coerción y nos reitera que seguimos siendo un país fallido, que sigue luchando por sobrevivir y ganarles la partida a los grupos criminales. Alias Bendito Menor tenía 26 años y su esposa, alias la Bebecita, 19 años. A pesar de su corta edad, manejaban las rutas del narcotráfico en La Guajira, así como la red de sicarios que tenía sometida a esta región a un régimen de miedo. Ordenaban secuestros, extorsionaban comerciantes y eran sanguinarios salvajes que se convirtieron en la autoridad en La Guajira, ante la ausencia del Estado. Que dos personas tan jóvenes se hayan convertido en semejantes criminales muestra también que el Estado falló en la protección de dos niños que muy temprano dejaron de serlo para transformarse en matones.
Pero hay que decir que el país se cansó de los diálogos fallidos, de las manos tendidas en el aire y de la incapacidad de hallar salidas al conflicto a través de procesos de paz. Abelardo De La Espriella fue elegido para que tuviera mano dura con los criminales, para que persiguiera a los cabecillas de las organizaciones armadas y las diera de baja. Eso es lo que quieren sus electores. Por eso, verlo caminar entre cadáveres, lejos de generar el rechazo de muchos, lo que hizo fue llevarse el aplauso. Y ese aplauso muestra lo lejos que estamos de ser algún día un país de paz.
Es la muestra de que Colombia camina en círculos una y otra vez.