Colombia todavía está cerrando la brecha digital de ayer mientras el mundo empieza a abrir la de mañana. Seguimos con una tarea enorme: conectar a todos los colombianos con servicios de calidad y lograr que esa conectividad sea realmente útil. Pero mientras avanzamos en ese propósito, la inteligencia artificial, las nuevas redes, los satélites, la computación y la ciberseguridad están cambiando otra vez las reglas del juego. El riesgo es evidente: llegar tarde otra vez.

La discusión ya no puede limitarse a cuántas personas tienen Internet o cuántas antenas instalamos. Tenemos que preguntarnos para qué estamos conectando al país y cómo usamos esa infraestructura para transformar la vida de las personas. Esa es, en esencia, la transformación digital.

No se trata de convertir un trámite de papel en un formulario en línea, sino de lograr que una persona no tenga que hacer el trámite. No es llenar los colegios de dispositivos, sino conseguir que un niño, sin importar dónde nació, pueda acceder a mejores contenidos, aprender otro idioma o tener un tutor apoyado por inteligencia artificial. No es simplemente conectar un hospital, sino utilizar esa conectividad para acercar especialistas, diagnósticos y servicios de salud a territorios donde nunca han estado disponibles. Y no es tener más tecnología en el Estado, sino tener un Estado más sencillo, eficiente y cercano al ciudadano. Ahí está la diferencia entre tener tecnología y que esa tecnología cambie algo de verdad.

El mundo ya está construyendo la siguiente etapa. Durante décadas, las telecomunicaciones tuvieron como gran misión conectar personas. Hoy empiezan a conectar también máquinas, sensores, vehículos, satélites y sistemas de inteligencia artificial, y ya trabajan en 5G Advanced mientras preparan el 6G. No porque necesitemos simplemente más velocidad, sino porque las redes evolucionan hacia infraestructuras donde convergen conectividad, cómputo e inteligencia.

Colombia, sin embargo, apenas empieza a construir esa infraestructura, aunque hay dos historias distintas que contar. El espectro 5G se subastó en diciembre de 2023, cuando Claro, Movistar, Tigo, WOM y Telecall se comprometieron a aportar más de 1,3 billones de pesos por el uso de esas bandas, y en términos de huella física el avance sigue siendo desigual: apenas uno de cada diez de los casi 30.000 sitios móviles del país está habilitado para 5G, con cobertura todavía concentrada en las ciudades y prácticamente ausente en el territorio rural. Pero donde la red ya llega, la adopción avanza mucho más rápido de lo que ese primer dato sugiere. Claro, el operador líder, ya tiene presencia en 78 municipios y reporta 6,6 millones de clientes generando tráfico sobre su red 5G, que representa cerca del 20 % de todo su tráfico nacional de datos y supera el 40 % en las zonas donde la cobertura está consolidada. WOM, en cambio, cayó en un proceso de reorganización empresarial y aplazó sus pagos por el espectro hasta 2029, una señal de que ni siquiera una demanda creciente garantiza que todos los operadores puedan sostener el ritmo de inversión. La GSMA, la asociación mundial de operadores móviles, proyecta que la penetración de 5G en el país podría superar el 20 % de los accesos móviles este año, lo que colocaría a Colombia entre los líderes de la región.

A la par, las comunicaciones satelitales están cambiando las posibilidades de cobertura. Para un país con nuestra geografía, esto puede ser decisivo. Por eso resulta positivo que la Agencia Nacional del Espectro haya presentado este año su Plan Maestro de Gestión del Espectro 2026 y 2030, que sienta las bases regulatorias para el 6G y abre la puerta, por primera vez, a tecnología satelital directo a dispositivo, capaz de conectar un teléfono común sin necesidad de antenas terrestres. El satélite no reemplazará la fibra ni las redes móviles, pero puede ayudarnos a conectar territorios donde hacerlo exclusivamente desde tierra sigue siendo demasiado costoso.

Y la inteligencia artificial introduce un desafío todavía mayor. La IA no vive en el aire, necesita centros de datos, capacidad de cómputo, conectividad, energía, talento y ciberseguridad. Aquí Colombia ya dio un primer paso formal: el Gobierno aprobó en 2025 el CONPES 4144, el documento de política pública que fija la hoja de ruta oficial de inteligencia artificial en el país, con 106 acciones concretas repartidas en seis ejes, entre ellos ética y gobernanza, datos e infraestructura, e investigación y desarrollo, y una inversión proyectada de más de 479.000 millones de pesos hasta 2030. Es un avance real, pero el propio documento reconoce que el país todavía enfrenta rezagos importantes en investigación, gobernanza y adopción frente a otros países de la región. Tener la política escrita no es lo mismo que tener la capacidad construida. Por eso Colombia debe preguntarse qué papel quiere jugar en esta nueva economía: ¿seremos solamente usuarios de tecnologías creadas y procesadas en otros países, o construiremos también capacidades propias para generar empresas, empleo, conocimiento y valor? No necesitamos hacerlo todo, pero sí decidir qué capacidades estratégicas debemos desarrollar y cuáles no podemos permitirnos no tener.

Esta es quizás la discusión más importante. No podemos cerrar la brecha de conectividad mientras dejamos abrir una nueva brecha de inteligencia artificial. No podemos declarar cerrada la tarea del 5G mientras buena parte del territorio rural sigue sin cobertura, sin desarrollar al mismo tiempo servicios y modelos productivos que aprovechen esas redes. No podemos hablar de centros de datos e inteligencia artificial sin pensar simultáneamente en energía, justo cuando el país discute cómo garantizar su propia transición energética. Y no podemos digitalizar cada vez más nuestra economía y nuestro Estado sin convertir la ciberseguridad en una prioridad nacional. Un país más conectado pero vulnerable no es un país más avanzado.

La próxima década exigirá pensar estas decisiones de manera integrada. Telecomunicaciones, inteligencia artificial, energía, educación, ciberseguridad y transformación productiva ya no pueden seguir siendo conversaciones separadas.

Mi mayor convicción sobre la tecnología siempre ha sido esta: pocas herramientas tienen tanta capacidad para reducir las desigualdades que produce el lugar donde una persona nace. Un joven en un municipio apartado puede acceder al conocimiento de las mejores universidades del mundo, aprender un idioma o desarrollar nuevas habilidades. Un pequeño empresario puede vender más allá de su territorio. Una persona puede acceder a servicios del Estado sin viajar durante horas. Y la inteligencia artificial puede ampliar todavía más esas posibilidades, haciendo que herramientas antes reservadas para unos pocos estén disponibles para millones. Eso es transformación digital: no consiste en tener la última tecnología, sino en utilizarla para democratizar oportunidades.

Por eso Colombia necesita mirar más lejos. Tenemos que terminar de conectar el país, pero al mismo tiempo anticiparnos a la infraestructura, el talento y las capacidades que necesitaremos durante la próxima década: prepararnos para las nuevas redes antes de que lleguen, aprovechar las posibilidades de los satélites, construir capacidad alrededor de la inteligencia artificial, integrar nuestra estrategia digital con la energética, fortalecer la ciberseguridad, ofrecer reglas de inversión estables para que el sector privado quiera construir esa infraestructura y, sobre todo, formar a las personas para utilizar estas herramientas. No podemos perseguir cada novedad tecnológica, pero tampoco podemos esperar a que el futuro llegue para empezar a prepararnos.

En tecnología, quien llega tarde no solamente pierde mercados o inversión. Puede perder oportunidades para toda una generación. La próxima brecha digital ya comenzó. Nuestra tarea es evitar que Colombia quede del lado equivocado de ella.