Cuenta Plutarco que cuando Julio César llegó a Hispania y se encontró frente a una estatua de Alejandro Magno, sintió una repentina y profunda amargura. Pensó que a su misma edad el macedonio ya había conquistado medio mundo, mientras que él todavía no había forjado nada digno de la memoria humana. No sintió envidia de Alejandro, sintió vergüenza de sí mismo. En el abismo que separa a esas dos palabras reside la distancia moral entre los hombres grandes y los hombres minúsculos. Los primeros contemplan el éxito ajeno y se miden con la historia para saber qué les falta. Los segundos lo miran de reojo y afilan las tijeras de su propia mediocridad para intentar disminuirlo. Colombia lleva semanas enfrentada a esta misma prueba y, me temo, no todos están a la altura de las circunstancias.

Abelardo de la Espriella escaló hasta la cima sin el pedigrí de los cargos de elección popular, sin gobernaciones ni alcaldías, sin el engranaje de las maquinarias que suelen lubricar las campañas, ni el aparato burocrático que por décadas ha fabricado liderazgos de papel. Llegó impulsado por una alquimia escasísima en la política colombiana: convicción, verbo encendido y una conexión genuina con el ciudadano.

Llegó, además, soportando estoicamente meses de fuego cruzado; no solo de los adversarios previsibles, sino de sectores que, al menos en teoría, debieron celebrar desde el primer minuto el surgimiento de una candidatura competitiva en su propia orilla ideológica. Lo resistió sin convertir el agravio en conflicto, sin hacer de las cicatrices una excusa para abandonar la causa común. Y, aun así, uno percibe que cierta dirigencia se resiste a asimilar la avalancha de fervor popular que ha multiplicado su apoyo de manera exponencial en tan poco tiempo.

Se puede estar de acuerdo o no con sus ideas. Eso es legítimo y vital en cualquier democracia. Lo que resulta intelectual y moralmente insostenible es fingir que el fenómeno no existe, o intentar reducirlo a una mera reacción epidérmica contra el petrismo. Es olvidar, con peligrosa amnesia, la dolorosa lección de 2022, cuando el ingeniero Rodolfo Hernández se desinfló en la segunda vuelta por ser apenas el instrumento de un voto castigo, un espejismo de indignación vacío de futuro.

Abelardo, por el contrario, no es solo un antídoto contra el desastre; es, ante todo, un motor de esperanza. Tratarlo como un mal menor, despachándolo en discursos que gastan tres párrafos alertando sobre los peligros de Iván Cepeda y le dedican apenas una línea gélida y escueta al hombre llamado a derrotarlo, es no entender el alma del electorado. Como si votar por De la Espriella fuera solo trancar la puerta ante la tragedia, y no la oportunidad de abrirla hacia un país mejor. Como si la única cualidad de Abelardo de la Espriella fuera no ser Iván Cepeda.

Sostener esa narrativa, además de miope, es profundamente injusto. Quienes se aferran a ella deberían tener el pudor de no disfrazarla de apoyo.

Cuando Paloma Valencia, por ejemplo, luego de consagrarse en las urnas como la tercera figura más votada del país, salió gallardamente a ofrecerle su respaldo al Tigre, sin pensarlo y sin mediar conversación, vimos una actitud generosa digna de aplaudir. Pero pasados los días, hemos presenciado que esa elocuencia con la que convocó a sus electores para respaldar a Abelardo llegó hasta ahí, pues ha venido cumpliendo con el rigor exacto de circunscribir su discurso a advertirnos sobre la catástrofe que encarnaría Iván Cepeda en el Gobierno. Lo cual es dolorosamente cierto; pero, a mi modo de ver, estratégicamente insuficiente, pues en serio creo que una campaña cimentada exclusivamente en el terror al abismo le entrega al adversario, en bandeja de plata, el monopolio de la agenda.

Debemos reconocer, con total honestidad intelectual y como en innumerables ocasiones lo ha reiterado Abelardo, que nadie en nuestra historia reciente ostenta una trayectoria tan monumental en la defensa de la institucionalidad, la autoridad del Estado y la seguridad de los colombianos como Álvaro Uribe Vélez. Ese faro moral es real y ningún espíritu sensato sería capaz de ponerlo en duda; sin embargo, precisamente por la estatura colosal de su legado, es que uno espera mayor generosidad a la hora de registrar lo que está ocurriendo alrededor de Abelardo. Porque los titanes de la historia no solo se miden por las cumbres que coronan, sino por su hidalguía para reconocer con entusiasmo cuando la victoria llega a través de otros liderazgos.

Las grandes gestas democráticas nacen cuando la esperanza encuentra su cauce y logra organizarse. Ningún proyecto alcanza la dimensión histórica que este ha tomado alimentándose del mero repudio a un tercero. Los pueblos exigen movilizarse a favor de un destino, no solo en contra de una tragedia. Esto lo entendieron Abelardo, José Manuel Restrepo y el maravilloso equipo que lideran. Y cuando la ciudadanía halla, por fin, la voz que interpreta sin tapujos sus angustias, sus frustraciones y sus anhelos, presenciamos el nacimiento de un verdadero liderazgo.

Hay un abismo insalvable entre apoyar por conveniencia una candidatura y tener el coraje de reconocer un liderazgo. Lo primero responde al cálculo, a la disciplina o a la urgencia. Lo segundo exige grandeza. Grandeza de la pura.

Colombia necesita líderes que no escatimen su entusiasmo ante el momento estelar de Abelardo. Grandes que no sean víctimas del espectáculo del ego opacando al deber. Gigantes capaces de entender que la auténtica grandeza consiste en comprender cuándo la causa trasciende nuestros propios nombres. En aceptar que los pueblos ungen a sus intérpretes sin pedirle permiso a nadie, y que esos ungidos rara vez coinciden con el guion que cada quien había redactado.

Decía Winston Churchill que el éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. Yo creo que la grandeza, en este contexto, bien podría definirse como la virtud de ver triunfar a otro sin que eso nos marchite.

Colombia atraviesa sus horas más críticas, y quienes pregonan que la patria está en riesgo tienen la obligación moral de actuar como si lo creyeran. Esto implica cobijar a Abelardo de la Espriella no por resignación, sino con la misma generosidad estoica con la que él encajó los golpes y los desplantes, sin convertir sus heridas en un pretexto para fracturar la causa que todos juran defender. La verdad incontestable es que la calle no le ha entregado las riendas por gratitud dinástica ni por herencia. Se las entregó por absoluta convicción. Y ante un mandato de esa estirpe, la única respuesta digna es la magnanimidad. Aquí no caben la resignación, la condescendencia y ese patético apoyo de rigor que se limita a un “sí” de dientes para afuera.

La historia registra con reverencia a quienes saben conquistar el poder, pero reserva sus páginas de oro para quienes tienen la nobleza de reconocerlo cuando florece en manos ajenas. Julio César jamás borró de su memoria aquel instante revelador frente a la estatua de Alejandro. Fue esa punzada —no la envidia vulgar, sino la vergüenza íntima— la que encendió su marcha hacia la inmortalidad. Los grandes de verdad no se empequeñecen ante el brillo de un nuevo liderazgo. Se agigantan a su lado.

Esa, y no otra, es la prueba de la grandeza.