Gustavo Petro tuvo en sus manos algo que la izquierda colombiana llevaba esperando dos siglos. El poder, el relato y un país dispuesto a creerle. Lo desperdició. No por una conspiración ni por el aparato mediático que tanto le gusta culpar, sino por algo más simple y más triste. Fue inferior a su propio mandato. Fue un presidente minúsculo.
El domingo 21 de junio de 2026, su candidato perdió. Iván Cepeda, el hombre que Petro ungió como heredero de su proyecto, cayó derrotado por un outsider que entendió el país mejor que toda la maquinaria del progresismo. Y mientras el petrismo tramita el duelo, el presidente saliente apura los últimos días de un mandato que termina el 7 de agosto. Se le ve solo. Separado, replegado y con la mirada puesta en una Europa que parece llamarlo más que el país que aún gobierna. No falta quien especule que terminará viviendo en Suecia, ese país que aparece una y otra vez en los líos de su gobierno y de su entorno. Un hombre solitario que llegó rodeado de multitudes y se prepara para irse rodeado de silencio. Esa soledad no es un detalle de su carácter. Es el resumen de su paso por el poder.
El hombre que gobernó para X
Petro gobernó para X cuando le tocaba gobernar para la historia. Cambió la disciplina por el trino trasnochador, la construcción paciente por la provocación del día, el oficio de Estado por el incendio permanente. Repudió las formas, despreció la investidura que ocupaba y convirtió cada gesto en una pelea. El poder, en lugar de hacerlo más grande, lo fue encerrando en sí mismo hasta dejarlo donde está hoy, ensimismado, rodeado de menos gente, olvidando incluso cómo llegó hasta ahí.
Fue un improvisador con vocación de incendiario. Donde se necesitaba un timonel, hubo un agitador. Donde el país pedía rumbo, hubo humo. Gobernó como si todavía estuviera en campaña, como si la oposición fuera un enemigo a destruir y no la otra mitad de un país que también le tocaba representar. Confundió la trinchera con el palacio y nunca entendió que ganar la presidencia y ejercerla son dos oficios distintos. Díscolo, desordenado, incapaz de la quietud que exige el mando, dejó que el temperamento le ganara al estadista que prometió ser.
Lo que significa ser un hombre de izquierda
Conviene compararlo con quien sí entendió lo que significa cargar con la izquierda sobre los hombros. José Mujica gobernó Uruguay desde la sobriedad y, como expresidente, se convirtió en una voz sabia que el continente entero escuchaba. Tuvo críticos en su país, como los tiene cualquiera que ejerce el poder, pero ni sus adversarios le negaron jamás la sabiduría ni la coherencia entre lo que predicaba y lo que vivía. Mujica inspiró porque fue auténtico. Su austeridad no era pose, era vida.
Petro quiso venderse como esa figura y nunca lo fue. No hay disciplina detrás de su discurso, solo el impulso del momento. No hay un proyecto que sobreviva a su temperamento. No es un estadista que llegó a transformar, es un instigador que contó con suerte. Y la suerte, en política, se acaba. Mujica deja escuela. Petro apenas deja una colección de peleas que nadie va a extrañar.
La bandera de la guerra a muerte
Si hay una imagen que resume al personaje, es la de aquella bandera de la guerra a muerte que enarboló como símbolo. Ahí está el hombre completo. No el constructor, sino el instigador. No el que tiende puentes, sino el que levanta trincheras. Un presidente que, en lugar de bajar la temperatura de un país herido, la subió cada mañana, convencido de que la confrontación permanente era una forma de gobernar. La guerra a muerte no es una metáfora inocente. Es la confesión de alguien que entendió la política como aniquilación del otro y no como la construcción de un nosotros.
El candidato de hielo
Esa misma incapacidad de conectar marcó a su heredero. Iván Cepeda fue un candidato frío. Hielo andante. Un hombre respetado por muchos sectores, con una trayectoria admirable para sus simpatizantes, pero incapaz de generar identificación emocional con una mayoría social. No conquistó a los ciudadanos, no los escuchó y rara vez los miró a los ojos. Hizo una campaña de tránsito más que una campaña de encuentro. Pasó por el país en lugar de meterse en él.
Y cuando perdió, en lugar de mirarse al espejo, salió a defenderse con una frase que merece quedar enmarcada. Dijo que no iba a transigir con el marketing de imagen ni con la demagogia barata, que para él importan los votos, pero también cómo se consiguen. Lo dijo como quien reivindica una superioridad moral. En realidad, estaba firmando el acta de su propia derrota.
Ahí está, en una sola frase, el mal que carcome a buena parte de la izquierda. Cree que comunicar bien es hacer trampa. Confunde la estrategia con la corrupción, el marketing político con la mentira, la disciplina de mensaje con la demagogia. Se siente más pura mientras pierde. Y pierde precisamente por eso. Los votos no se construyen con buenas intenciones ni con la convicción de tener la razón. Se construyen con método, con estrategia y con la humildad de entender que conectar con la gente es un oficio que se respeta, no un pecado del que avergonzarse.
Hamburguesas, jabones y una vieja idea equivocada
Hay una idea muy arraigada en cierta academia de izquierda, la de que el marketing político sirve para vender hamburguesas y jabones, no para asuntos tan elevados como la democracia. Es una frase elegante y profundamente equivocada. Quienes la repiten suelen ofrecer razones nobles para votar por su candidato: la democracia, los derechos humanos, el pluralismo, la memoria histórica, la igualdad. Razones legítimas, sin duda. Pero esas razones explican por qué ellos votan como votan. No explican por qué millones de colombianos no los acompañan.
Y ahí, justo en ese hueco entre la convicción propia y la decisión de las mayorías, vive la comunicación política. Joseph Napolitan, el padre de la consultoría política moderna, lo dijo con una claridad que el tiempo no ha gastado. El objetivo de una campaña no es demostrar que un candidato tiene la razón, sino lograr que los ciudadanos sientan que ese candidato los comprende, los representa y puede liderarlos. La política democrática no premia al más preparado, ni al más íntegro, ni al más coherente. Premia a quien logra construir una mayoría. Eso no es una injusticia del sistema. Es la naturaleza misma de la democracia.
Napolitan repetía que ninguna estrategia salva a un candidato que no conecta con la gente. La consultoría política no existe para vender productos defectuosos ni para fabricar realidades inexistentes. Existe para traducir liderazgo en representación, para convertir ideas en vínculos, para ayudar a que un proyecto político encuentre sus puntos de encuentro con la ciudadanía. Cuando eso no ocurre, el problema rara vez es el marketing. El problema suele ser el candidato. Eso no es vender hamburguesas ni jabones. Eso es Realpolitik.
La lección que viene de México
Para los que todavía creen que la izquierda solo gana cuando improvisa con el corazón, vale la pena mirar a México. Andrés Manuel López Obrador entendió el poder de la comunicación como pocos. Sus mañaneras, esas ruedas de prensa diarias al amanecer, no eran un capricho. Era una estrategia. Cada mañana fijaba la agenda del país, marcaba el tono de la conversación pública y hablaba directo a su gente sin intermediarios. Convirtió un acto rutinario en el corazón de su comunicación política.
Y lo más revelador es que la fórmula sobrevivió a su mandato. Claudia Sheinbaum heredó las mañaneras y las mantiene, porque entendió que funcionan, que conectan, que sostienen el vínculo con la ciudadanía. Eso es método. Eso es disciplina de comunicación al servicio de un proyecto. La izquierda mexicana no le tuvo miedo a comunicarla, la abrazó, y por eso gobierna con mayorías. La izquierda colombiana despreció ese camino, lo miró por encima del hombro, y hoy contempla desde la derrota cómo el país eligió otra cosa.
El duelo de los fieles
Las bases que durante años respondieron incondicionalmente a Petro ya no le creen como antes. Empiezan a ver con otros ojos, a reconocer en figuras más ponderadas y serias lo que el trasnochador nunca les dio mesura, orden, respeto por las formas. Aceptaron los resultados, dejaron de esperar el milagro de última hora, entendieron que el momento no iba a llegar. Y poco a poco descubren lo que muchos ya sabíamos. Que su líder fue desordenado y díscolo, que repudió la institucionalidad y convirtió la provocación en su único método. Difícilmente vuelvan a buscarlo con la fe de antes.
Petro se va como llegó, haciendo ruido. Pero el ruido no es legado. El legado lo construyen los que entienden que gobernar es un oficio serio, que comunicar es parte de ese oficio y que la historia no premia al que más grita, sino al que mejor edifica. Mujica edificó. Morena edificó. Petro apenas hizo bulla, y la bulla, cuando se apaga, deja exactamente lo que deja hoy. Un hombre solo, mirando hacia otro continente, preguntándose quizás en qué momento cambió la historia por un trino.