Durante años nos vendieron una historia sencilla: de un lado, un pueblo noble y golpeado; del otro, una casta de empresarios codiciosos, atrincherados en sus fortunas, indiferentes al dolor ajeno. Gustavo Petro construyó buena parte de su relato político sobre esa dicotomía. Los estigmatizó desde el atril, los persiguió con reformas, los arrinconó en debates donde cualquier defensa de la iniciativa privada sonaba a traición a la patria. Fueron, en su narrativa, el enemigo interno que había que derrotar para refundar a Colombia.

El 10 de agosto, un sismo de magnitud 7,4 con epicentro en San José del Palmar, Chocó, partió en dos la vida de cientos de miles de colombianos. Más de 300 muertos, miles de heridos, decenas de miles de viviendas convertidas en escombros, hospitales y colegios reducidos a nada en cinco departamentos. La tragedia exigía una respuesta a la altura del dolor. Y quienes respondieron primero, con más músculo y más rapidez que cualquier entidad estatal, fueron precisamente esos empresarios que durante años escucharon que su riqueza era sospechosa y su existencia, un problema por resolver.

En cuestión de días, el tejido empresarial colombiano —y varias de las fortunas más grandes del país— reunió cerca de un billón de pesos para atender la emergencia. La Andi, con Bruce Mac Master a la cabeza, convirtió su Congreso Empresarial en Cartagena en una jornada de solidaridad que recaudó $201.637 millones bajo la bandera #EmpresasUnidasPorColombia. Proantioquia, desde Medellín, puso $200.000 millones. Jaime Gilinski y Raquel Kardonski destinaron $150.000 millones, con nombre propio, para levantar de nuevo los hospitales y colegios de Cali. La familia Santo Domingo, a través de Valorem y D1, aportó $100.000 millones. David Vélez de NU Bank, otros $100.000 millones, enteros, para el Chocó, la región más golpeada y más históricamente relegada del país.

A esa lista se suman Grupo Argos y Nicky Jam, con $13.000 millones para vivienda a través de Adopta un Hogar; Tecnoglass, con $6.000 millones entre ventanas y efectivo; Ecopetrol, con $5.000 millones en ayuda humanitaria; Fundación Bancolombia, con más de $6.600 millones en kits y dotación médica; Grupo Éxito y Arturo Calle, cerca de $4.500 millones en alimentos para miles de familias. Drummond puso US$1,5 millones. Shakira y Howard Buffett, junto a la Fundación Pies Descalzos, comprometieron US$1,25 millones para reconstruir escuelas y apoyar a la Universidad Tecnológica del Chocó. El BID y la CAF sumaron millones más en líneas de liquidez y donaciones de emergencia.

Nada de esto es filantropía de vitrina. Detrás de cada cifra hay una decisión corporativa: mover tesorería, activar fundaciones, mover recursos presupuestados para otra cosa. Lo hicieron sin que nadie los obligara, sin decreto ni reforma tributaria de por medio. Lo hicieron porque así ha sido siempre: cuando el país se cae, el empresariado —tan vilipendiado en el discurso de Petro los últimos años— es de los primeros en levantarlo.

Esto no absuelve al empresariado de sus propias deudas históricas, ni convierte cada donación en un cheque en blanco que exima de escrutinio público a quien lo firma. Ellos, más que nadie, saben que la confianza no se presume, se demuestra. Pero las cifras sí desmontan el relato que llevó a buena parte del país a mirar con sospecha a quienes hoy están reconstruyendo lo que el sismo destruyó.

Colombia no se levanta con discursos de trinchera. Se levanta, otra vez, con la plata, la logística y la voluntad de quienes nunca dejaron de creer en ella, incluso cuando el poder los trató como enemigos.

Gracias a los empresarios por ponerse el país al hombro. Juntos vamos a reconstruir a Colombia.