Las campañas colombianas siguen obsesionadas con consolidar a los propios, como si una elección se ganara solo cuidando la parroquia. Pero las cifras cuentan otra historia: entre voto en blanco, no respuesta, ciudadanos que dicen que no votarán y electores todavía blandos, hay una franja lo bastante grande como para torcer una primera vuelta y, sobre todo, decidir una segunda. La pregunta ya no es quién tiene la base más ruidosa. La pregunta es: ¿quién está entendiendo mejor a quienes nadie está atendiendo?

En política, como en marketing, hay un error que suele disfrazarse de audacia cuando en realidad es pura torpeza: hablarle a todo el mundo como si fuera el mismo público. Muchas campañas colombianas de 2026 están cayendo en ese reflejo. Hablan del país, del cambio, del orden, de la seguridad o de la economía como si bastara con repetir grandes palabras para lograr adhesión. Pero una elección no se gana interpelando una abstracción como “Colombia”. Se gana entendiendo grupos concretos, ansiedades concretas y motivaciones específicas. Y hoy, a pocos días de la primera vuelta del 31 de mayo, con un censo electoral de 41.421.973 ciudadanos, ese error de lectura puede resultar fatal.

Las encuestas recientes no solo muestran quién va por delante. Muestran, sobre todo, que todavía existe un espacio electoral abierto. En la encuesta Invamer Colombia Opina para Noticias Caracol y Blu Radio, realizada entre el 13 y el 20 de mayo de 2026, Iván Cepeda registró 44,6 %; Abelardo de la Espriella, 31,6 %; Paloma Valencia, 14,0 %, y el voto en blanco, 2,0 %. En la encuesta Guarumo y EcoAnalítica, levantada entre el 11 y el 19 de mayo de 2026, Cepeda apareció con 37,1 %; De la Espriella, con 27,5 %; Paloma Valencia, con 21,7 %, y el voto en blanco, con 6,1 %. Y en la medición final de AtlasIntel para SEMANA, basada en 4.531 entrevistas realizadas entre el 18 y el 21 de mayo de 2026, Cepeda marcó 38,7 %; De la Espriella, 37,3 %, y Paloma Valencia, 14,3 %. En otras palabras: según la firma, la fecha de campo y la metodología, la elección sigue abierta y el espacio de voto no consolidado —incluido el voto en blanco y el elector blando o dudoso— sigue siendo lo bastante grande como para reordenar la primera vuelta y definir la segunda.

El problema es que muchas campañas siguen leyendo ese universo como si fuera un residuo estadístico. “Indecisos”, les dicen, como si todos fueran iguales. Y no lo son. Allí conviven ciudadanos cansados de la polarización, votantes moderados que no se sienten representados por ninguno, electores tácticos que todavía esperan señales de viabilidad, personas que sí quieren votar, pero no encuentran una razón suficiente, y abstencionistas intermitentes que podrían movilizarse si alguien les hablara en un lenguaje menos ceremonial y más pertinente. El voto en blanco tampoco significa una sola cosa: a veces es protesta, a veces es distancia moral, a veces es simplemente la falta de una oferta convincente. Meter a todos en la misma bolsa no es una estrategia: es pereza. Y la pereza, en una campaña, suele salir cara.

Colombia ya tiene pruebas recientes de que una campaña puede ganar cuando encuentra un segmento que otros no están leyendo bien. La evidencia académica sobre 2022 concluyó que la movilización juvenil fue decisiva para la victoria de Gustavo Petro. No fue solo una simpatía generacional difusa; fue la conversión de esa energía en un voto efectivo. Es una diferencia enorme. Porque tener un eco cultural no es lo mismo que contar con maquinaria de movilización. Y en 2022, una parte de la izquierda entendió que el votante joven no debía ser tratado como un adorno simbólico, sino como un segmento central. Esa lección debería estar tatuada en todas las campañas de 2026.

También las regionales de 2023 dejaron otra enseñanza: en las grandes ciudades funcionó mejor la lectura del votante urbano, preocupado por la seguridad, la gestión y el orden, que la mera reproducción de la épica nacional. No todos los electores votan localmente con el mismo marco que en una elección presidencial, y no todos priorizan la identidad ideológica por encima de la ansiedad cotidiana. Esa es, justamente, la esencia de segmentar bien: entender cuándo cambia el clivaje que organiza la decisión. Cuando una campaña no detecta ese cambio, empieza a hablar con una gramática antigua a un electorado que ya está en otra conversación.

La historia comparada ofrece ejemplos aún más claros. Barack Obama, en 2012, convirtió la analítica electoral en una forma de dejar de hablarle al promedio y empezar a hablarles a votantes concretos, con mensajes específicos, según su nivel de persuabilidad y sus temas más sensibles. La campaña, en la práctica, funcionó como una operación de precisión. En India, el BJP de Narendra Modi en 2014 detectó antes que sus rivales la importancia de los jóvenes, votantes primerizos y electores digitalmente conectados; la evidencia académica encontró que el partido ganador fue el que más enfatizó temas juveniles y que la presencia de primerizos y el acceso a internet predecían mejor su éxito. Son contextos distintos, por supuesto. Pero la lógica es la misma: las campañas más eficaces no siempre son las que más hablan, sino las que mejor identifican el segmento emergente antes que los demás.

Y hay algo todavía más importante: en varias elecciones exitosas, la clave no estuvo solo en segmentar mejor a los propios, sino también en atender públicos que estaban mal representados o directamente poco trabajados. Eso explica parte del éxito del MAS en Bolivia, al incorporar políticamente a poblaciones indígenas históricamente relegadas del centro de la representación. Explica también, con otro signo, por qué ciertas campañas logran crecer cuando encuentran electores que no se sienten cómodos ni con la oferta tradicional ni con la nueva polarización. La victoria suele aparecer allí donde una campaña detecta un vacío de representación antes de que el sistema lo nombre.

Por eso esta elección colombiana podría no definirse, en primera instancia, entre los votantes más leales de Cepeda, De la Espriella o Valencia. Podría definirse entre quienes todavía no sienten que alguien les esté hablando. Entre el voto en blanco reversible, la indecisión táctica, la abstención intermitente y la fatiga por la confrontación permanente. Ese electorado existe, y las encuestas lo dejan ver. Pero verlo no basta. Hay que interpretarlo. Y después hay que trabajar sobre él con disciplina: mensaje, tono, tema, territorio, vocero y canal. Todo lo demás es agitación.

Además, el contexto vuelve más urgente ese trabajo de precisión. La seguridad volvió al centro de la conversación pública en medio de una escalada de ataques antes de la elección, y la campaña ya no se mueve solo por identidades ideológicas, sino también por emociones políticas más volátiles: miedo, cansancio, rechazo, hartazgo, necesidad de orden. Una campaña que siga hablándole al “pueblo”, al “centro” o a la “derecha”, como si esas etiquetas bastaran, puede terminar haciendo mucho ruido sin mover lo decisivo. Porque el electorado que define elecciones no siempre es el más fiel. A veces es el más incómodo.

Mi impresión es simple: la victoria de 2026 puede estar menos en la plaza de los convencidos que en la tierra de nadie de los no conquistados. Allí, donde hoy muchos candidatos ven confusión, puede haber una mayoría latente. Pero solo la encontrará quien abandone la comodidad del discurso general y haga el trabajo serio de segmentar. En política, como en mercadeo, hay derrotas que no se deben a la falta de mensaje, sino a la falta de escucha y de estudiar a su consumidor o votante. Y si esta elección sorprende a más de uno, probablemente no será porque un candidato habló más duro o más bonito. Será porque alguno entendió, antes que los demás, al votante que todos estaban dejando solo.

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