Transcurrido más de un mes desde que ocurrió el sismo que afectó a 13 departamentos, incluidos los tres del Eje Cafetero, el país continúa dimensionando la vulnerabilidad de los seres humanos, además de la manera en que, en cuestión de segundos, la vida puede cambiar para siempre.

Al igual que con otros fenómenos como las sequías intensas o las inundaciones y avalanchas derivadas del cambio climático, el pasado 10 de agosto la sociedad tuvo una nueva prueba de fuego por circunstancias que superan el control que como seres humanos creemos tener sobre nuestro entorno.

Ni siquiera los importantes avances científicos y tecnológicos alcanzados durante este primer cuarto del siglo XXI, permiten predecir con exactitud cuándo ocurrirá un terremoto. Lo que está en nuestras manos es prepararnos mejor para enfrentar sus consecuencias y de esta forma reducir la vulnerabilidad y reforzar la capacidad de respuesta.

Mientras la agenda nacional estaba concentrada en la transición de gobierno, las familias colombianas desarrollaban las rutinas propias de un inicio de semana, millones de estudiantes iban a colegios, los trabajadores comenzaban su jornada laboral y el comercio abría sus puertas como de costumbre; el terremoto volvió a recordarnos que existen circunstancias capaces de detenerlo todo en cuestión de segundos y poner en perspectiva aquello que consideramos importante.

Detrás de los balances oficiales, que a diario se han venido difundiendo como una noticia más del día, están 364.671 historias de familias afectadas y a las que el terremoto les cambió para siempre sus vidas.

Esto implica que más de 778 mil personas, que hoy figuran en los registros de los organismos que atienden la emergencia fueron afectados de una u otra forma. Cada una de ellas representa un drama personal y familiar; una situación inesperada que alteró sus planes, vidas interrumpidas abruptamente, lesiones de por vida y la irremediable pérdida de seres queridos.

Pero también están las historias de vida de 4.500 personas que sobrevivieron milagrosamente, muchas que lograron ser rescatadas y que hoy tienen una segunda oportunidad de existir.

No faltan las historias de quien segundos antes de que colapsara un edificio había salido a realizar alguna diligencia; quien se paralizó por el pánico y de la nada encontró una mano salvadora que, en segundos, la sacara del peligro inminente.

Al mirar en retrospectiva, no deja de causar escalofrío el hecho de que bastaron 90 segundos (tiempo que según el Servicio Geológico Colombiano se movió la tierra) para que todo terminara: sueños, proyectos, empresas, planes, compromisos, deudas, viajes, carreras profesionales, fortunas económicas y hasta penosas enfermedades.

Todo aquello que daba sentido a la vida de esas miles de personas, se interrumpió, como si se tratase de una apocalíptica producción cinematográfica o una pesadilla que no termina para muchos de los hogares afectados.

Podría pensarse que para otros 52 millones de personas que habitan este país, a quienes el terremoto no les afectó de manera directa, probablemente la vida continuó sin mayores contratiempos. No fue así, una vez más, en medio de diferencias, de rencillas que parecían irreconciliables y de intereses particulares, el país de nuevo demostró su lado más solidario, más compasivo, más empático. En otras palabras, Colombia fue capaz de mostrar que en estas circunstancias predomina el sentido de humanidad.

Desde Telecafé, el canal público de Caldas, Risaralda y Quindío, una de las zonas más afectadas por el terremoto, entendimos que en momentos como este los medios tenemos una responsabilidad especial. No se trata solamente de contar lo que está pasando; también debemos orientar, acompañar a las comunidades, ayudar a aclarar la información y mantener visibles las necesidades de quienes fueron afectados.

Los medios de comunicación del país también hicieron parte de esa cadena de solidaridad que se activó casi de inmediato. Cada uno, desde su lugar, ayudó a informar, acompañar y hacer visibles muchas de las necesidades que dejó la emergencia. En medio de una tragedia como esta, quedó demostrado una vez más que la comunicación también puede servir para unir y ayudar.

Sin ponerse de acuerdo, pero con la conciencia del deber que impuso esta tragedia nacional, los medios de comunicación entendieron y demostraron una vez más que en medio de la tragedia, este país es capaz de tender la mano a quien lo necesita y que en las peores calamidades todavía prevalece el sentido común, aunque a veces se piense que ese es el menos común de los sentidos.

Desde esta tribuna, agradezco a esa Colombia mayoritaria que puso por encima de sus diferencias al apoyo a nuestros hermanos damnificados y a las familias que perdieron a sus seres queridos. Aún hay empatía y, mientras la haya, todavía hay esperanza.