Faltan pocas horas para que el Gobierno del cambio termine su periodo constitucional, pese a que el mandatario saliente se empeñe en desconocer la voluntad popular que, en esta oportunidad, no le favoreció ni a los intereses del Pacto Histórico. Está por terminar, tal vez, el Gobierno más oscuro en la vida democrática de la República; un periodo donde la mentira y el odio nos heredan al final un ambiente de disrupción social que tiene a la nación al filo de confrontaciones que no se ven desde los funestos sucesos del 9 de abril de 1948, posteriores al asesinato del caudillo Jorge Eliécer Gaitán.
En esa amalgama de pocos aciertos y muchos desaciertos, indiscutiblemente las mujeres han sido protagonistas en la gestión presidencial y aquellas que se inscribieron en el círculo cercano al mandatario que sale han generado polémicas y escándalos que, después de cuatro años, parecieran ser de poca importancia, pero que en realidad tuvieron mucho impacto en la forma como se manejaron los recursos del Estado.
La entrada a la Plaza de Bolívar para el acto de posesión. La imagen de Petro caminando tomado de la mano de la señora Verónica Alcocer y seguido por su media docena de hijos —los de Katia, los de Mary Luz y los de Verónica; los que crio, los que no crio, los que adoptó y los que exilió— resultaría ser la primera puesta en escena de una obra presidencial que mostró muchos matices de gris y le dio poca oportunidad a la verdad.
Lo que pudo ser la ensoñadora familia presidencial se comenzó a desvanecer en medio de los excesos de quien se apropiara de la investidura de primera dama, pese a que desde el mismo inicio del Gobierno rompiera cobijas con el mandatario. A la opinión pública poco le importó el jugoso contrato con Nerú para masajes especiales, los que se hacían más ricos con marihuana, ni que ella asistiera en audiencia privada con el papa para hablar sobre la familia, en calidad de embajadora en misión especial, en tiempos en que el presidente mantenía sus propios affairs.
Tampoco importó que apareciera en escena Vanessa Cortés, formando parte de la comitiva oficial durante una audiencia papal en el Vaticano, desplazando la presencia institucional que solía tener la figura de primera dama en dichos viajes diplomáticos, y menos importó que su patrimonio aumentara exponencialmente gracias a las oportunidades que le ha concedido su relación íntima con el líder del amor y de la vida.
Por otro lado, la estadía en Suecia de la señora Alcocer y su lujoso tren de vida en compañía del empresario colomboespañol Manuel Grau —muy coincidente con las negociaciones para la cuestionada compra de los aviones Saab 39 Gripen, que en campaña Petro prometió no adquirir para priorizar hospitales y universidades— pasó solo como un comentario de farándula criolla, de esos que se emiten al final de los noticieros entre chismes de reality.
Ahora tampoco parece importar que Eva Ferrer, la española a quien Petro nacionalizó de manera exprés para asignarle un alto cargo, revele detalles sobre el manejo de contratos, asignación de puestos e intervención directa en entidades estatales por parte de su entonces mejor amiga, Verónica Alcocer, liderando lo que se ha señalado como una presunta red de tráfico de influencias.
Entre los matices grises aparece el tono medio oscuro de Laura Sarabia. “La niña Laura” es introducida en el Gobierno nacional de la mano de Armando Benedetti, con quien guarda lo más sensible de los secretos sobre la forma como el mandatario saliente llegó a ocupar el solio de Bolívar. Su paso por la Casa de Nariño la llevó a tener el poder desde los cargos de mayor impacto, para luego irse castigada, como embajadora de Colombia ante el Reino Unido.
A muchos no les importó qué pasó con la maleta llena de dinero que se perdió en su apartamento —ojalá que haya tenido la suerte de Roy Barreras, a quien se la devolvieron en un hotel, después de dejarla olvidada en el lobby—; menos importaron las presiones indebidas a la niñera, las pruebas de polígrafo o la misteriosa muerte del coronel Dávila. Sarabia sigue en deuda con la nación para hablar sobre esos 15.000 millones de pesos que mantienen a Benedetti orbitando cerca del poder. Es difícil imaginar qué pasará con ese triunvirato ahora que les toque abandonar la protección del palacio presidencial.
Francia Márquez, no por el color de su piel, sino por la forma en que fue utilizada desde la campaña, ocupa el tono más oscuro en esta escala de grises. Durante cuatro años fue invisibilizada, maltratada y, al final, despreciada por el Gobierno que la tomó como bandera. Eso tampoco importó mucho; la dialéctica del mandatario saliente es más fuerte que cualquier contradicción, pues, bajo su óptica, el discurso indigenista y afro solo sirvió como un papel decorativo y aglutinante en la parafernalia política del Pacto, una suerte que también iba a correr Aida Quilcué. A nadie le importó que a Petro le molestara de manera evidente que alguien que sea negro le impidiera contratar a un actor porno, pues él con su sabiduría siempre da en el blanco y también en el negro.
No podemos dejar de mencionar a la exconsejera presidencial para las regiones, quien llega a tal cargo apadrinada por el hoy prófugo Carlos Ramón González. Sin haber transcurrido un año en el ejercicio, sale de la Casa de Nariño vinculada por la justicia al escándalo de corrupción de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD).
En el listado de las mujeres del presidente sigue Irene Vélez Torres, filósofa de la Universidad del Valle, reconvertida en política gracias a este Gobierno. Pese a sus notorias dificultades para asumir la gestión pública, se estrenó como ministra de Minas y Energía, pasó por consulados en Europa y a nadie parece importarle las razones por las cuales, sin una gestión brillante, se mantenga hasta el final en la estructura del alto Gobierno. Su cercanía con Gustavo Petro rompió los puentes con la propia vicepresidenta que la impulsó inicialmente.
Susana Muhamad, quien acompaña a Petro desde la Alcaldía de Bogotá, fortaleció su relación con él desde la época en que se cuestionó la construcción del proyecto Reserva Fontanar, cerca del humedal La Conejera, por parte de familiares de la señora Alcocer. Susana, pese a su indignación por las acciones de Benedetti, abandonó el Gobierno en 2025, pero hoy se mantiene sumada a las dinámicas de un gobierno de decisiones radicales y deja muchas preguntas sobre cómo se tomó el rumbo ambiental del país.
Desde una perspectiva personal, considero que, entre todas las mujeres del presidente, Carolina Corcho es la figura más rescatable; su papel en el debate público dio el equilibrio discursivo necesario frente al maltratado sistema de salud. No obstante, la señora Corcho salió del Gobierno en deuda con el pueblo que la apoyó, no por su fracaso inicial en la reforma, sino por su silencio frente a los excesos de su sucesor, Guillermo Alfonso Jaramillo, quien asumió esa cartera con despotismo contra el mismo sistema que debía mejorar.
La señorita Juliana Guerrero juega un capítulo especial en esta novela presidencial. Es imposible olvidar su inocente imagen en aquel Consejo de Ministros presidido por Petro, con su gorra verde y la estrella roja, evocando estéticas revolucionarias. Los colombianos estábamos lejos de imaginar la trama de falsedades en títulos académicos para ocupar un importante cargo en el Ministerio de la Igualdad y menos aún su alcance junto con su hermana Verónica; ellas, desde las sombras, influían en asuntos de la contratación y arreglos de agendas gestionadas tras bambalinas en varios ministerios, aprovechando condición de contratistas y su cercanía con el mandatario de los colombianos. A nadie parece importarle las razones por las cuales Gustavo Petro insiste en defender a Juliana frente a sus evidentes faltas. De acuerdo a los chats difundidos por los medios y redes, un corto saludo con Juliana tenía una alta cuota monetaria y a partir de allí la tarifa era mayor.
Cuando parecía que nada más nos podía sorprender, apareció Gabriela Muñoz, creadora de contenido vinculada al Pacto Histórico, envuelta en un escándalo por presunto tráfico de influencias y contratos en la Aeronáutica Civil, impulsada por su madre (funcionaria de inteligencia) y puesta al descubierto por Angie Rodríguez. La cereza del pastel la cierra precisamente Rodríguez, cuyas denuncias ante la Comisión de Acusaciones y la Fiscalía señalan delitos como peculado y constreñimiento ilegal. La respuesta del Ejecutivo fue revictimizarla y señalar su salud mental para desvirtuar las declaraciones, una estrategia barata, sacada del guion de una película de segunda, por parte del mandatario. Semejante bajeza no importa, pues, si el ataque es desde el Gobierno, la solidaridad feminista se disipa, no existe.
El país siente que los grupos feministas y de derechos humanos quedan en deuda por la forma en que el Gobierno trató a sus funcionarias y aliadas, especialmente ante los comentarios sexistas y desobligantes emitidos dentro de la misma administración. Esperamos que, después de cuatro años de Gobierno, las mujeres del presidente hayan aprendido a alinear sus actos con la prudencia y a asumir las consecuencias de lo actuado.
Mientras el relato oficial se mantenga blindado por la complicidad o el silencio de quienes conocieron el poder desde dentro, la verdad sobre los manejos oscuros de esta administración seguirá en la penumbra. Las mujeres de Gustavo Petro escribirán su propia historia y, como él mismo lo dijo, será inolvidable, para bien o para mal.
En este grupo, el de las mujeres del presidente, también existen quienes aún se mantienen en el anonimato y se movieron entre las sombras. Muy seguramente, cuando este 7 de agosto, a las tres de la tarde, caiga el velo protector de la figura presidencial, se darán a conocer y la luz llegará a esa escala de grises. Entonces, muchas verdades saldrán a flote y espero que aquellos que durante estos cuatro años aplaudieron y le restaron importancia a los hechos, por lo menos se sonrojen.
Frente a esta frustrante lista, aún pienso que el tener damas formando parte de los equipos de trabajo, especialmente en los relacionados con la administración pública, constituye una prenda de garantía, pues ellas, las mujeres, tienen una tendencia mayor a preservar los valores y principios que adornan a los mejores ciudadanos de la patria y, en estos tiempos de crisis moral, continúan siendo los baluartes de lo mejor de la naturaleza humana.