El rugido de la tierra, que fue preludio de muerte para tantos, ha suscitado una admirable ola de solidaridad. Los vecinos que resultaron ilesos se volcaron a ayudar a quienes el mundo les cayó encima, para tratar de salvar vidas o rescatar los cuerpos de seres queridos. Ha sido conmovedor el trabajo voluntario de cientos de personas que formaron cadenas de brazos y manos para transportar con celeridad materiales indispensables. Igualmente, el de quienes cocinan para otros sin esperar retribución.
A ese grupo inicial pronto se unieron los cuerpos de bomberos de muchas ciudades, la Cruz Roja y expertos venidos de otros países. El acopio de bienes básicos para enfrentar la tragedia —alimentos, medicinas, frazadas, linternas, vestuario— y sumas importantes de dinero, son otros componentes del aporte generoso de la sociedad civil.
Conmovedora la conducta de los profesionales de la salud evacuando niños de brazos y personas enfermas de instalaciones hospitalarias que podrían derrumbarse. Y qué decir de la abnegada conducta de los alcaldes y funcionarios municipales. Ha sido conmovedor el llanto de los alcaldes de Cali y Pereira, que llorando expresaron su profundo amor por las comunidades que gobiernan. O de los soldados y policías que siempre están en primera fila para ayudar.
El presidente, su vicepresidente, sus esposas y algunos ministros, acudieron con prontitud a las regiones afectadas para expresar solidaridad, un gesto que conforta a las víctimas y las hace sentir que hay una patria a la que pertenecen y unas autoridades que actúan. Ha sido importante constatar que las autoridades territoriales y las nacionales unen esfuerzos; la hostilidad que padecíamos hasta hace poco se ha esfumado. ¡Por fin tenemos un gobernante que irradia empatía!
Queda así pintado un cuadro de felicidad perfecta… si no fuera porque a un voluntario le robaron su moto mientras ejercía su noble tarea y porque se han presentado saqueos. Es ésta súbita aunque previsible aparición del mal lo que me lleva a especular sobre la condición humana.
La modernidad política nació con una disputa conceptual sobre el ser humano en su condición originaria. Thomas Hobbes imaginó el estado de naturaleza como un ámbito de violencia, competencia y miedo. La famosa frase hobbesiana —la vida natural del hombre es “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”— sintetiza su convicción de que el mal es la tendencia primaria, y el bien, una construcción artificial del Estado.
Jean-Jacques Rousseau, en cambio, proyectó sobre el estado de naturaleza una visión idílica. El ser humano primitivo sería pacífico, compasivo, guiado por la piedad natural y la solidaridad. Para él, el mal surge con la sociedad: la propiedad, la desigualdad, la competencia y la corrupción moral. Rousseau no niega la capacidad humana para el daño, pero la atribuye a la civilización, no a la naturaleza.
Ni Hobbes ni Rousseau tenían acceso a datos arqueológicos, antropológicos o biológicos que les permitieran reconstruir la vida humana prehistórica. La arqueología contemporánea muestra que no existió ese estado de naturaleza, sino miles de formas de vida humana en distintos contextos sociales. Sin embargo, sus teorías siguen siendo valiosas como intuiciones sobre algo más profundo: la coexistencia en cada uno de nosotros de tendencias agresivas y solidarias.
En “Los ángeles que llevamos dentro”, Steven Pinker documenta un fenómeno sorprendente: la violencia ha disminuido de manera sostenida en los últimos siglos. Este dato no implica que el ser humano sea naturalmente bueno, sino que posee capacidades para la empatía, la cooperación y la autorregulación que pueden expandirse bajo ciertas condiciones sociales: instituciones estables, comercio, alfabetización, urbanidad, normas morales compartidas.
Es así porque a partir de una naturaleza humana, que es idéntica, surge la “condición humana”: conjunto de costumbres, valores y actitudes que caracterizan a cada persona. La dotación natural es apenas la materia prima del proceso educativo. Cada uno de nosotros tiene la capacidad de hacer de su vida una obra de arte. El cultivo del cuerpo y las humanidades son transformadores.
Los hallazgos arqueológicos recientes revelan que la violencia interpersonal existía en sociedades prehistóricas, pero también la cooperación sofisticada: entierros rituales, cuidado de enfermos, redes de intercambio. La agresión y la solidaridad coexisten desde el inicio, como dos herramientas evolutivas para sobrevivir.
Los estudios de Jane Goodall con chimpancés y de Frans de Waal con bonobos y otros primates, ofrecen una ventana privilegiada sobre nuestros orígenes. Demostraron que los chimpancés muestran violencia organizada, guerras territoriales, infanticidio, jerarquías coercitivas. Por el contrario, los bonobos se caracterizan por sus tendencias a la cooperación, la resolución pacífica de conflictos, y el cuidado comunitario. Esta constatación es importante porque ambas especies comparten más del 98 % de nuestro ADN.
La neurociencia contemporánea confirma que el cerebro humano integra circuitos que regulan impulsos antagónicos. No existe en la mente un centro del bien ni un centro del mal. Existen sistemas que pueden activarse según el entorno, la experiencia, la cultura y la historia personal.
Si aceptamos que el ser humano contiene en sí mismo la capacidad para el bien y el mal, y que su entorno y su propia voluntad definen cuál de esas potencialidades se actualiza, entonces el relato bíblico de Caín y Abel adquiere una sorprendente vigencia. Uno ofrece lo mejor de sí; el otro, resentido mata a su hermano. ¿Estaba Caín condenado a hacerlo? No. Dios advirtió a Caín: “El pecado está a la puerta… pero tú puedes dominarlo”. Respetó su libertad que es la esencia de la dignidad humana.
Concluyo con tres propuestas. 1. Quienes se encuentran en posiciones de liderazgo deben, de nuevo, asumir que están obligados a enseñar con su ejemplo. 2. La funesta ideologización del sistema educativo debe cesar para centrarnos en su calidad y pertinencia; la educación debe ser plural porque la sociedad es plural. 3. Ampliar la cobertura de la educación preescolar es prioritario.
Briznas poéticas. En septiembre de 1985, un terremoto destruyó buena parte de la ciudad de México. José Emilio Pacheco escribió poemas conmovedores sobre esa tragedia.
Los edificios bocabajo o caídos de espaldas.
La ciudad de repente demolida
Como bajo el furor de los misiles.
La puerta sin pared, el cuarto desnudo,
Harapos de concreto y metal que fueron morada
Y hoy forman el desierto de los sepulcros.