La posesión de Abelardo De La Espriella (ADLE) en un recinto universitario de Cali resultó, a todas luces, reveladora de la postura que probablemente asumirán los exponentes de las distintas tendencias políticas durante los próximos cuatro años de Gobierno. Las reacciones que suscitó el evento en los medios de comunicación y en las redes sociales permiten identificar, desde ya, la posición de los principales sectores de opinión del país, su visión del mundo y el papel que pretenden desempeñar en la arena política colombiana.

La derecha, representada aquí por algunas columnas de SEMANA y El Tiempo, centró su análisis en las políticas de Estado y en las primeras decisiones del nuevo Gobierno. Sus comentarios destacaron el programa expuesto durante la ceremonia, en el que el presidente presentó con claridad sus principales objetivos: recuperar el control territorial frente a los grupos delincuenciales, restablecer la autosuficiencia energética y fortalecer el sistema eléctrico nacional, rescatar el sistema de salud y estabilizar unas finanzas públicas deterioradas, entre otras prioridades.

Estos columnistas resaltaron, además, que el presidente no dedicó su discurso a culpar al Gobierno anterior ni lo inició con excusas sobre la dificultad de las tareas pendientes. Por el contrario, mostró concentración y determinación para sacar adelante sus iniciativas. En conjunto, la reacción de los opinadores de derecha se enfocó en el contenido del discurso, en las acciones que emprenderá el nuevo Gobierno y en sus posibles efectos —una aproximación que, al menos en apariencia, privilegia el rigor y la sustancia sobre la forma.

El centro político estuvo representado, en este caso, por los opinadores del medio digital Los Danieles —hoy superado en relevancia, según algunos indicadores, por el programa Vélez por la Mañana— y por algunos periodistas de El Espectador. Aunque estos espacios suelen presentarse como escenarios de crónica de opinión, ensayo periodístico de largo aliento, sátira e investigación institucional, los comentarios de sus opinadores sobre la posesión se limitaron, en buena medida, a las circunstancias formales y superficiales del acto, dejando de lado el contenido sustantivo del discurso.

Sus críticas se concentraron en la formalidad legal de la ceremonia, en una estética que calificaron de “corroncha” desde una mirada marcadamente cachaca, en la inclusión de discursos religiosos de distintas tendencias, en la forma de saludar, en el protocolo de la alfombra roja, sobre Gianni Infantino e incluso en la lista de invitados. Al programa de gobierno, en cambio, no se refirieron. Y si, como dice el refrán, “en el desayuno se sabe cómo será el almuerzo”, los colombianos podrían esperar de estos sectores, durante los próximos cuatro años, poco más que superficialidad y bagatela.

Esta postura refleja, en buena medida, la situación de una tendencia política que ha perdido relevancia electoral. A mi juicio, esa pérdida no obedece únicamente a la polarización, sino también a la ausencia de propuestas y programas capaces de responder a las necesidades reales de los colombianos. Criticar por criticar, sin voluntad de construir ni de aportar al desarrollo del país, es una receta segura para el olvido en las urnas.

Desde la izquierda, a falta de voces que ofrezcan un análisis sensato, la postura del presidente saliente y del candidato derrotado sigue marcada por la negación, como si ambos debatieran internamente entre asumir el papel de Don Quijote o el de Sancho Panza. Cepeda y Petro no se refirieron al programa de gobierno y continúan denunciando un fraude electoral, pese a que los veedores internacionales, el Consejo Nacional Electoral y la Registraduría ya certificaron su derrota.

Al no participar en la posesión y amenazar con demandas y movilizaciones callejeras, la izquierda se aleja poco a poco del debate público institucional. Con sus posiciones, corre el riesgo de convertirse en la antítesis del diálogo social, al privilegiar las vías de hecho y la confrontación por encima de la deliberación y las ideas. Algunos dirán que ese camino responde a razones evidentes; sin embargo, sus consecuencias políticas terminarán siendo contraproducentes tanto para la izquierda como para la democracia colombiana.