Lo que está en juego en Colombia este domingo no es una elección más. Son dos siglos de historia, de una monumental lucha por la independencia, por la democracia republicana y por la construcción de nuestra patria bajo el lema de Libertad y Orden. Es la esencia de nuestra institucionalidad, de los valores de nuestra sociedad, de la economía libre como motor del progreso y de la garantía de la seguridad como base de todo.
La amenaza que enfrentamos no es un candidato, es un proyecto.
Luego de haber intentado tomarse la democracia por la vía armada, el proyecto del Gobierno actual, que busca la continuidad en cabeza de Cepeda, busca tomarse la democracia desde adentro. Nunca lo han escondido. Desde el 2022, promueven una constituyente para desmontar los pesos y contrapesos e instaurar una dictadura socialista. Y mientras hablan de una revolución ética, con sus actos han demostrado estar dispuestos a todo para lograrlo.
Hagamos memoria sobre lo ocurrido en los últimos cuatro años.
Institucionalidad: saquearon a la UNGRD para torcer las mayorías legislativas en el trámite de sus reformas, comprando al presidente del Senado y de la Cámara con tulas de efectivo. Intimidaron a las cortes y las llenaron de alfiles leales a su proyecto y no a la ley, para deshacer la independencia judicial. Intentaron capturar al Banco de la República y lo amedrentan para hacerse al poder de imprimir dinero sin límites. Se apropiaron de los medios estatales para difundir propaganda ideológica, mientras intervenían la televisión privada con sus discursos trasnochados. Llaman a la toma del espacio público y de la propiedad privada para tapizar todos los muros de Colombia con sus carteles y consignas.
Economía y empleo: han convertido el Estado en una maquinaria clientelista de derroche politiquero y gasto desbordado al servicio de su ambición. Rompieron la regla fiscal para endeudar al país a niveles récord, invirtiendo en su maquinaria en lugar de bienes públicos. Crearon ministerios que no sirven y llenaron a las entidades del Estado con cientos de miles de enchufados sin preparación ni experiencia, a un costo anual de $20 billones. Con el aumento del salario mínimo en vísperas de elecciones, decretaron pan para hoy y hambre para mañana. Fracturaron la seguridad jurídica y la confianza inversionista, ahuyentando el capital que Colombia necesita, al igual que a 1.3 millones de colombianos que emigraron en estos cuatro años.
Salud, pensiones y educación: queebraron el sistema de salud que atendió al país durante la pandemia, buscando arrodillar a los colombianos. Reformaron las pensiones para apropiarse del ahorro de los trabajadores y montar una pirámide insostenible que dejará desprotegidas a futuras generaciones. Se aliaron con la cúpula politizada de Fecode para adoctrinar a nuestros niños en ideas que han fracasado una y otra vez y que corrompen a la sociedad. Atacaron el mérito y la honra de quienes han obtenido títulos universitarios reales, a la misma vez que fabricaron títulos falsos como credenciales del poder.
Seguridad: desmoralizaron a la Fuerza Pública y entregaron territorios al crimen organizado, devolviéndonos 25 años a los tiempos de vías vetadas y pescas milagrosas. Fortalecieron a los terroristas con procesos de paz sin agenda, método o rigor, envalentonándolos sin resultado alguno. Convirtieron a los narcos en interlocutores políticos y en aliados electorales, suspendiendo órdenes de captura y sacándolos de las cárceles para subirlos a sus tarimas e intimidar al país. Perdieron el control de la seguridad y fracasaron en su cometido de potenciar la vida, como lo demuestran las 335 masacres y el asesinato de 676 líderes sociales en cuatro años.
Soberanía y relaciones internacionales: Sacrificaron nuestra soberanía energética para hipotecarnos al gas del régimen autoritario de Venezuela que los auspició. Paralizaron a la industria nacional de hidrocarburos para comprar afuera y más caro lo que podemos producir por nuestros propios medios. Impulsaron el decrecimiento en nombre de un falso ambientalismo que no reduce emisiones, sino que las desplaza. Dañaron las relaciones con Estados Unidos y Europa para alejarnos del eje de Occidente y reemplazar la democracia liberal con los modelos autoritarios de Oriente.
Pluralismo y garantías políticas: en su primer acto de poder, se apropiaron de la espada de Bolívar para luego ondear la bandera de la guerra a muerte contra sus compatriotas. Con su indiferencia calculada, permitieron el magnicidio de Miguel Uribe Turbay y con ello, el resurgir de la violencia política en Colombia, que ha cobrado las vidas de candidatos al Congreso y equipos de campaña en estas elecciones. Cuatro décadas después de la toma y quema del Palacio de Justicia, glorificaron los símbolos de los terroristas que lo propiciaron, revictimizando a las víctimas del M-19.
Identidad nacional: atentaron contra la familia, el núcleo de nuestra sociedad, imponiendo la ideología woke entre niños indefensos. De manera sistemática, demonizan a los empresarios que impulsan nuestra economía, tildándolos de esclavistas. Buscan destruir la ética del trabajo que define el progreso para convencernos de que este consiste en depender del Estado. Y buscan borrar las raíces de Colombia (de Colón), sembrando un odio irracional por nuestra herencia española, de donde vienen nuestra lengua, nuestra religión, nuestra cultura y nuestras leyes.
La amenaza de que Colombia siga por el camino de Venezuela es real.
¿Cómo es posible que habiendo visto cómo esas ideas llevaron a la ruina a nuestro país vecino, desterrando a 9 millones de venezolanos a pesar de tener las mayores reservas de petróleo del mundo, la mayoría de los colombianos no nos tomemos esa amenaza en serio?
¿Cómo es posible que justo cuando el emprendimiento está demostrando ser la mejor forma de resolver los problemas de la sociedad y generar progreso, cerca del 40 % del país tenga la intención de votar por el fracaso comprobado del socialismo?
¿Cómo es posible que en pleno auge de la Inteligencia Artificial, una revolución tecnológica, ese mismo 40 % le crea a una ideología arcaica de hace más de un siglo?
Parece increíble, pero eso es lo que muestran las cifras. Cepeda lidera la intención de voto en primera vuelta con un promedio cercano al 38 %. Convencieron a millones de colombianos de entregarle el país al socialismo a cambio de subsidios.
Esto sin mayorías plenas y pese a una institucionalidad que les hizo contrapeso. Con cuatro años más, tomarán control de las cortes, el Banco de la República y alinearán al Congreso a punta de clientelismo y corrupción para perpetuarse en el poder.
La coyuntura exige definir lo que realmente importa con realismo.
Normalmente, en primera vuelta la gente tiende a votar por convicción y en la segunda por cálculo. Pero esta no es una elección normal.
El país está ante una disyuntiva de dos modelos opuestos. Democracia o dictadura. Libertades civiles o persecución a la oposición. Libertad económica o planificación central. Apertura o aislamiento internacional. Inversión y prosperidad o repartición de la pobreza. Futuro o pasado. Si elegimos mal, dar vuelta atrás podría tomar décadas.
La amenaza es real y por eso, desde que arrancó la campaña, reservé mi voto de primera vuelta para quien tuviera la mejor opción de derrotar a Cepeda en segunda vuelta. Y eso pasa por dos criterios: momentum y capacidad de comunicación.
Paloma ha sido una Senadora ejemplar y una de las voces más consistentes y claras de la oposición. Voté por ella en la consulta, de la cual salió fortalecida. Pero la foto de hoy no es la misma de hace dos meses.
En todas las encuestas, la tendencia es igual: en primera vuelta, Cepeda lidera y está estancado; Abelardo está de segundo y es el que más crece; y Paloma es tercera y viene en descenso. En segunda vuelta, a Abelardo le va mejor que a Paloma contra Cepeda. Google Trends refleja lo mismo.
Por otra parte, históricamente, la izquierda siempre ha sido buena en dos cosas: comunicar y movilizar bases sociales. Esta vez, controlan los medios estatales y una estructura de comunicación digital construida a lo largo de cuatro años. Por tanto, la capacidad de comunicación es otro factor crucial.
La campaña de Abelardo ha demostrado tener una comunicación superior a las demás. Ha logrado transmitir un mensaje claro, consistente y disciplinado, y proyectar una visión de país audaz y fácil de visualizar, la #PatriaMilagro, un concepto y una plataforma de comunicación poderosa.
En un contexto de amplio rechazo a los partidos políticos y al Congreso, Abelardo acertó al mantener su independencia mientras que Paloma la apostó a la política tradicional. Su fórmula vicepresidencial fue un acierto y la decisión de priorizar al empresariado, a la academia y a la Colombia real por encima de las alianzas políticas le servirá en segunda vuelta para posicionarse como una opción clara de cambio.
Su campaña ha proyectado una energía y una comunicación conectada con los tiempos y el pulso de la gente. Después de cuatro años de división, desmoralización y destrucción institucional, Colombia necesita un liderazgo que pueda levantar el ánimo del país y recordarnos que vale la pena creer en el futuro.
También ha demostrado claridad estratégica y disciplina táctica. Aunque ha competido con vigor, se ha resistido a responder a las provocaciones, enfatizando que el proyecto que representa Cepeda es el único enemigo y dejando las puertas abiertas a quien se quiera sumar para derrotarlo.
Con base en todo lo anterior, este domingo marcaré un voto decidido, enfocado en lo mucho que está en juego más que en las rayas del jugador.
Marcaré un voto con cabeza fría, sin caer en fiebres mesiánicas ni postureo intelectual.
Y como siempre, marcaré un voto con esperanza de cambio y progreso, disposición para aportar, reserva de inventario y la responsabilidad de vigilar. l voto no es un cheque en blanco.
Mi voto será por quien tiene mayores posibilidades de derrotar a Cepeda, de defender lo que hemos construido en 200 años y de proyectar una visión de un futuro a la altura de nuestro potencial.
Mi voto este domingo está firme por la Patria.