Los primeros actos reaccionarios del Gobierno de Abelardo de la Espriella desataron un torrente de tendencias opositoras con distintos enfoques.
El petrismo y el Pacto Histórico escogieron un “gabinete en la sombra” para oponerse. Está Germán Ávila, investigado en la Procuraduría por costosos créditos exprés, como el del fondo gringo PIMCO, glosados hasta por el exdirector de Crédito Público, entre 2022 y 2025, José Roberto Acosta, o Felipe Harman, quien hizo de la Agencia de
Tierras el mayor terrateniente de Colombia, ahora con 450.000 hectáreas guardadas, 250.000 entregadas sin títulos, y compras improductivas con sobreprecio, como denuncia la Contraloría General.
Esa carencia de autoridad ética, junto con los desaguisados en la UNGRD, Ecopetrol, Colpensiones o RTVC, los descalifica, pero también el que ciertas políticas de Abelardo coincidan con unas del Gobierno petrista, como la docilidad frente al Fondo Monetario Internacional (FMI). Petro y su exministro Ocampo copiaron rubros de la reforma tributaria de 2022 de documentos del Grupo de Consulta IV para Colombia y con Ricardo Bonilla suprimieron el subsidio a la gasolina, como lo exigía el FMI desde 2019. Se basó en la declaración de Petro antes de ganar: “Me comprometí con el FMI”.
(Ver https://www.youtube.com/watch?v=CoFp4Agvzss).
Fuera del petrismo, apareció un “Centro Político”, encabezado por el mismo José Antonio Ocampo, cuyo eje dice estar en la Constitución del 91. Con 40 firmas, previo a la segunda vuelta presidencial de junio, puso a consideración de los dos candidatos 15 temas, desde corrupción y democracia hasta economía, y “políticas bilaterales entre Washington y Bogotá”.
En un segundo manifiesto, se distanció de la desobediencia civil de Petro por desconocer los resultados, instó “a defender un modelo político y social basado en los preceptos de la Constitución”, alabó la reacción de Abelardo frente al terremoto del 10 de agosto (¡plop!), pidió respeto entre Gobierno y oposición e invocó relaciones exteriores no cimentadas “en consideraciones ideológicas”.
Uno tercero, del 26 de septiembre con 100 firmas de exministros, académicos y jóvenes, rechazó las “manifestaciones culturales” del abelardismo, la destitución de funcionarios por las preferencias sexuales o el uso de “símbolos religiosos con fines políticos” y avisó sobre la “disciplina” que “puede conducir a un gobierno autoritario y unipersonal”, que “pretende interferir en el funcionamiento de los gremios” y sindicatos, como en efecto pasó con la renuncia forzada de Bruce Mac Master a la presidencia de la Andi.
Otro exministro de Santos y Petro, Juan Fernando Cristo, declarado en oposición a Abelardo, con “exministros, liberales, verdes, progresistas, académicos e intelectuales”, conformará un partido socialdemócrata como plataforma electoral. El documento programático reivindica el equilibrio entre Estado, mercado y comunidad, entre equidad y generación de riqueza, y un cambio ordenado, no “en revolución”, una “propuesta de centroizquierda”.
En la franja opositora no está Fajardo. El partido Dignidad y Compromiso se declaró independiente y por lo visto en las redes del excandidato da un compás de espera, quiere ser propositivo y no confundirse con el petrismo. No es extraño, puesto que políticas de Abelardo concuerdan con algunas de sus propuestas de campaña, como acabar la paz total, asperjar cultivos de coca, hacer pilotos de fracking o acudir al FMI para resolver la crisis de la salud.
También se incluyen las burocracias sindicales afines al petrismo que confrontan a quienes acusan de coincidir con De la Espriella. El Partido Comunista, por ejemplo, expulsó a dirigentes de la USO por respaldar la reapertura de la exploración de hidrocarburos y en la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), fuera de roces por el manejo sindical, se señala a la nueva mayoría de 11 directivos de querer una “CUT-Milagro”. Ellos mismos se defienden con reafirmar la lucha por la paz y la justicia, pero sin aludir a Abelardo, sin nombrarlo siquiera.
En medio de las contradicciones brota la pregunta: ¿seguirá el país a los exministros y exfuncionarios de Petro, Samper, Santos y Gaviria y a burócratas sindicales, otrora furgón de cola del petrismo, así expongan válidos reparos? ¿Salvarán a Colombia quienes antes la emboscaron, reencarnados en oposición, y que De la Espriella llama “los de siempre”?
Solo una fuerza nueva y auténtica –libre de los perjuicios causados a Colombia por décadas– podrá arrastrar a los millones de colombianos silenciosos, ahora carne de cañón del abelardismo y de sus amos. Es un reto gigantesco para quienes lo asuman, con la mira puesta en la soberanía nacional, la democracia y el bienestar general del pueblo, un destacamento de verdaderos cazatigres.