Dos gratas sorpresas depara el libro de reciente aparición sobre la Guerra de los Mil Días que escribió Luis Guillermo Vélez Cabrera. La primera, el dominio del autor sobre el tema, dominio que se traduce en una lectura fácil de un tomo de 800 páginas. La segunda, el autor mismo. Conocido como un abogado en ejercicio y un alto funcionario estatal, Vélez Cabrera ha sido superintendente de Sociedades, secretario general de la Presidencia de la República y director

de la Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado, entre otros cargos. Ahora, a los 58 años, lanza su primer libro y a fe que se trata de una obra que parece escrita por un veterano escritor. La claridad expositiva y la ilación de los acontecimientos son la marca de fábrica de Aquella guerra eterna, que así se titula el volumen. La reconstrucción de las batallas y del contexto político se hace utilizando un lenguaje periodístico ágil. El autor cuenta en las presentaciones del libro que desde la pandemia se dedicó durante cinco años a leer sobre la guerra para luego producir esta obra.

La guerra, de 1899 a 1902, fue la más letal de todas las guerras civiles del siglo XIX. El país quedó en la ruina. Antes de la guerra, el cambio del peso por el dólar era de 4 por 1. Después, fue de 100 pesos por 1 dólar. La inflación galopante golpeó a todos los colombianos. El Gobierno emitía papel moneda sin control, al punto que en un momento, no habiendo papel idóneo, se utilizó papel para empacar chocolates para imprimir los billetes. Esta guerra ha sido en la historia de Colombia la única que destruyó el país. En la Violencia que se inició en 1948 y causó la muerte, según se publica reiteradamente, de 300.000 personas y llevó el terror a los campos, la economía creció. En las varias violencias posteriores que vivimos, la guerra no ha logrado postrar la economía como sucedió en la guerra que terminó con el triunfo del Gobierno sobre los liberales en la batalla de Palonegro, campo de batalla donde hoy funciona el aeropuerto de Bucaramanga.

Señala Luis Guillermo Vélez Cabrera que la Guerra de los Mil Días fue “una gran tragedia evitable, una guerra inútil, innecesaria, absurda e inesperada”. Fue una guerra política, fue la respuesta de los liberales a la exclusión a la cual fueron condenados por el régimen de Rafael Núñez.

Esa guerra dio paso a un largo periodo de paz, como señala el autor: “Una pregunta que persiste es si la Guerra de los Mil Días de alguna forma predispuso al país a la ronda de violencia, primero partidista y después insurgente y contrainsurgente, que se verificó en la segunda parte del siglo XX y en las primeras décadas del actual. La paz que se vivió hasta finales de los años cuarenta fue real y no fue corta; duró casi medio siglo. Malcolm Deas suele citar los relatos de un viajero inglés que en 1917 realizó una expedición para coleccionar mariposas, en los que se sorprendía por la tranquilidad y seguridad de los alejados parajes por donde transitaba. Es un cliché considerar que la violencia colombiana no solamente ha sido perenne, sino inevitable, como si formara parte de la composición genética de la nación. Esto es falso. El título de Aquella guerra eterna que les presentamos a los lectores lo fue porque los contemporáneos así lo percibieron, no porque algún sino trágico, alguna maldición gitana de la cual no podemos desprendernos, hubiera marcado el devenir histórico del país”.

Las fotografías de personajes de la época, los mapas y los facsímiles son un aditamento útil y valioso de Aquella guerra eterna. Enhorabuena.

Luis Guillermo Vélez Cabrera, Aquella guerra eterna (Rey Naranjo Editores, 2026).