Hay momentos en los que una candidatura deja de ser un nombre en un tarjetón, un logo o una campaña y se convierte en algo que la gente siente suyo. Eso es exactamente lo que está pasando con el Tigre.
Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, resulta difícil ignorar que alrededor de Abelardo de la Espriella se está construyendo un fenómeno que trasciende una campaña tradicional. Para muchos colombianos, el Tigre ya no es solamente un candidato. Es una idea. Una expectativa. Una forma distinta de entender el liderazgo en un momento en que el país anda sin brújula y la gente lleva años esperando que alguien le hable con la verdad. Y eso dice más sobre Colombia que sobre el propio Abelardo.
Los fenómenos políticos no aparecen de la nada. Son la consecuencia de algo que se quiebra entre la gente y quienes gobiernan. Nacen cuando los ciudadanos sienten que los problemas siguen creciendo y las respuestas siempre son las mismas, que los políticos cambian pero el país no mejora, que se hacen promesas en campaña y se olvidan en el poder. Colombia lleva demasiado tiempo en ese ciclo. La inseguridad no da tregua, la corrupción rampante, la economía aprieta a las familias, la confianza en las instituciones se fue cayendo a pedazos y la gente perdió la paciencia con quienes siguen explicando por qué las cosas no se pueden cambiar en lugar de ponerse a cambiarlas.
Cuando eso pasa, la gente ya no busca más discursos sino que busca a alguien que entienda lo que está viviendo y tenga el carácter para actuar. Busca un símbolo en el que pueda depositar lo que todavía le queda de esperanza.
Por eso el crecimiento de ciertas figuras no se explica solo con encuestas o redes sociales. Detrás hay una emoción colectiva que viene acumulándose hace años. Cansancio de ver cómo el narcoterrorismo y la criminalidad avanzan mientras el Estado responde tarde y mal. Frustración de familias que trabajan duro y sienten que el país les da la espalda. Rabia de comunidades enteras que perdieron la seguridad en sus propios barrios y llevan años escuchando explicaciones en lugar de soluciones. Y en medio de todo eso, una necesidad urgente de recuperar la esperanza y creer que Colombia todavía puede ser otra cosa.
Ahí es donde encaja la idea de la Patria Milagro, no como cualquier eslogan de campaña, sino como una expresión que toca algo real en millones de personas. La necesidad de volver a creer que la inseguridad no tiene que ser para siempre, que el país puede crecer de nuevo, que todavía es posible confiar en la justicia y en las instituciones, que ser colombiano puede volver a ser motivo de orgullo sin tener que agregar un ‘pero’ después.
La seguridad es el centro de esa conversación en millones de colombianos que están hastiados de vivir con esa sensación de anarquía y con miedo. Eso es una realidad que viven todos los días. Es el miedo de salir a trabajar. Es el barrio que perdió la tranquilidad. Es la familia que cambió sus rutinas porque el crimen se instaló a la vuelta de la esquina. Es la sensación de que el Estado llegó tarde, negoció mal o simplemente no llegó. Y cuando el miedo se vuelve rutina, cuando uno deja de indignarse porque ya se acostumbró, la búsqueda de liderazgo deja de ser una conversación política para convertirse en algo mucho más urgente y personal.
Por eso el Tigre conecta. No solo por lo que dice, sino por cómo lo dice, por la percepción de que hay convicción detrás de las palabras, de que no está leyendo un libreto escrito por asesores sino hablando desde una lectura propia del país. Ahí está la clave. En política eso vale más de lo que parece porque la gente tiene un radar muy afinado para detectar quién habla en serio y quién solo está haciendo campaña. Y cuando alguien logra pasar ese filtro, cuando la gente siente que lo que escucha es verdad, el apoyo que se genera no lo construye ningún equipo de comunicaciones.
Este domingo 31 de mayo nos jugamos algo que va mucho más allá de una elección. Nos jugamos la estabilidad de la patria, el rumbo de la economía, la seguridad de nuestras familias y algo que no podemos dar por sentado: la democracia misma. Es claro que las elecciones no se ganan en redes ni en columnas de opinión. Se ganan en las urnas. Y esta vez el peso de ir a votar es mayor que nunca, porque abstenerse también es una decisión y tiene consecuencias.
La alarma que debe encenderse al momento de votar es que de ganar Cepeda, Colombia no enfrenta simplemente un mal gobierno. Lo que viene con este personaje es el riesgo real de una dictadura constitucional, de un proyecto que usa las formas de la democracia para vaciarla por dentro, para cerrar espacios, concentrar poder y dejar a los ciudadanos sin herramientas para defenderse. Recuerden que esto ya lo vimos en otros países de la región y no podemos permitir que ocurra aquí. Por eso, mi voto es por el Tigre.