Una sensación de gran alivio trajo al sector salud la designación de Ana María Vesga como nueva ministra de Salud. Ana María es una persona con un conocimiento profundo del sector y experiencia en lidiar con la crisis inducida. Persona con talante y resiliencia, una gran ventaja para las batallas que se avecinan en un entorno donde el sector salud seguirá siendo caballito de batalla en la polarización política del país.

El regocijo del sector también tiene como protagonista a Guillermo Alfonso Jaramillo. Nunca hubo un ministro que haya tenido un paso tan controvertido y dañino. Más allá de su irascibilidad y conflictividad, resaltó por absoluta incapacidad para concertar y negociar. Su paso generó una profunda fractura entre el Ministerio de Salud y las instituciones, desde la Corte Constitucional hasta los propios pacientes. Creó un profundo aislamiento del Gobierno y la completa esquizofrenia, donde las políticas estaban completamente disociadas de los actores. Bien ido Jaramillo.

A la flamante nueva ministra le queda una tarea inmensa: sistema desfinanciado; EPS técnicamente quebradas; IPS con carteras morosas asfixiantes; miles de pacientes sin tratamientos; servicios cerrados; operadores logísticos quebrados. Un panorama aterrador y cuya solución requerirá no solamente de inyección de recursos, sino tiempo y decisiones que conduzcan a cirugías inaplazables, con muy limitados recursos. Mientras, en el trasfondo, las urgencias continuarán reventadas y miles de pacientes estarán ansiosos de cambios inmediatos en el acceso a los servicios y medicamentos que les han sido negados.

Ni la más competente superministra tendrá la capacidad de enfrentar sola una crisis sistémica tan severa. Aquí se necesita que el presidente, el vicepresidente y muy especialmente el ministro de Hacienda asuman el problema de la salud como la mayor prioridad que los colombianos han identificado en muchas de las encuestas a lo largo de los años pasados. Afortunadamente, Colombia cuenta con una serie de comisiones entre el sector salud, hacienda y planeación nacional, donde se pueden analizar los problemas y tomar rápidamente decisiones. Sin embargo, el mensaje de urgencia y seguimiento por parte del presidente es fundamental.

Es indispensable que a la ministra se le dé la libertad de seleccionar su equipo de trabajo con las personas de su mayor confianza y se asegure el mayor nivel técnico en las entidades adscritas y aquellas que representan los mayores problemas. La Superintendencia de Salud, la Adres, el Invima y la Nueva EPS son las entidades más críticas y en las cuales el nuevo Gobierno no se puede equivocar al definir sus más altos directivos. El Gobierno Petro se encargó de desmantelar todo el nivel técnico de las organizaciones del sector, en especial, el propio ministerio y la Supersalud. Estas entidades hoy están llenas de personas sin idoneidad técnica y activistas. Reconstituirlas será un gran reto.

También es urgente que se revise el régimen de inhabilidades e incompatibilidades que recae cuando se selecciona un ministro que proviene de un gremio y se enfoque un plan de acción para garantizar a los colombianos la mayor transparencia en sus decisiones. Es imperativo despersonalizar la crisis del sector que impuso Petro en su búsqueda desesperada de evasión de responsabilidades. Se debe hacer un esfuerzo para que las discusiones no se centren sobre las personas y los agentes, sino sobre los inmensos problemas y las propuestas de solución. Se debe cambiar la regla que viene de muchos años atrás, donde el centro de la regulación se ha situado en los agentes del sector (EPS, IPS, hospitales públicos y demás). Los pacientes tendrán que ser ahora el eje de todas las políticas; los organismos del sector deben modularse a ese interés primordial del sistema de salud.

Por último, es imperativo que se busquen el acompañamiento y el aval de la sociedad civil y académica para respaldar las decisiones de gobierno. Es prioritaria una intensa estrategia de comunicación para que los colombianos entiendan la complejidad de los problemas y se proporcione el espacio para que el Gobierno tome las decisiones, tal como sucedió en la pandemia de la covid-19. Las universidades, los centros de pensamiento y las sociedades científicas serán fundamentales en el acompañamiento y el logro de los consensos.

La crisis de la salud no se solucionará si conjuntamente no nos alineamos en un modo donde “todos ponen”. Coexisten intereses individuales demasiado poderosos en el sector y todos tendremos que estar en la disponibilidad de perder algo. Ojalá no se nos olvide el caos del cual venimos y prime la cooperación. Hay que tomar esta como la última oportunidad para tener un sistema universalista y equitativo basado en un aseguramiento social y los mandatos de la Constitución de 1991. Si no nos tomamos en serio la inmensidad del reto, la consecuencia será perderlo todo.