Alain Deneault llamó mediocracia al “régimen silencioso en el que la medianía deja de ser un defecto privado para convertirse en criterio público de ascenso, reconocimiento y poder”. Esa fórmula permite entender dónde comienza realmente la decadencia. No empieza el día en que un mediocre llega a un cargo, puesto que eso puede ocurrir en cualquier sociedad, por error, cálculo, debilidad o accidente. Empieza cuando su ascenso deja de producir vergüenza o cuando nadie pregunta por qué fue promovido o cuando todos saben que no era el mejor, pero aun así encuentran razonable su elección porque “se mueve bien”, “es de confianza”, “no incomoda”, “lleva la corriente” o “entiende el momento”. En ese instante, la mediocridad deja de ser una anomalía tolerada y se convierte en regla de selección y costumbre institucional.

Acorde con lo anterior, esbozo y explico las razones por las que los mediocres ascienden. Ascienden porque están en todas partes y porque han aprendido a reconocerse, protegerse y promoverse entre sí: mediocre ayuda a mediocre, por instinto de conservación. Ascienden, además, porque han diseñado un mundo a la medida de sus carencias. Y ascienden, finalmente, porque faltan de espesor moral y de límites éticos. Donde una persona decente se detiene por pudor, por conciencia o por respeto, el mediocre avanza sin remordimiento. Atropella, difama, desplaza, intriga, calumnia, ocupa y trepa, siempre trepa.

El mediocre está en todas partes. Los mediocres están en todas partes. Ocupan casi todos los espacios de la vida social, cultural e institucional que antes exigían educación, carácter y alguna forma de excelencia, y de decencia. En consecuencia, se encuentran en altos cargos y mandos intermedios, en la administración cotidiana de las instituciones y en los círculos donde se decide qué debe pensarse, enseñarse o celebrarse.

Ortega y Gasset, siempre vuelvo a Ortega, lo vio con notable anticipación. En La rebelión de las masas escribió: “Vemos la muchedumbre, como tal, posesionada de los locales y utensilios creados por la civilización”. La frase no denuncia simplemente que muchos accedan a los bienes antes reservados a pocos; eso, en sí mismo, podría ser un logro civilizatorio. Lo que denuncia es otra cosa: que la muchedumbre ocupe los espacios de la cultura sin someterse a sus exigencias interiores.

El teatro se llena, el tren se llena, la universidad se llena y las instituciones se llenan. También en Colombia se llenan los ministerios, las curules, las direcciones de entidades públicas y privadas, las oficinas de decisión y los espacios desde donde se orienta la vida nacional. Pero la mera ocupación de un lugar no garantiza ni educación intelectual, ni solvencia moral, ni verdadera formación social.

El mediocre ha diseñado un mundo a su medida. La mediocracia ha normalizado, en casi todas las geografías, códigos de existencia que ya no miran la mediocridad con prejuicio. Todo lo contrario, la disculpan y la premian. Lo que sucede es que cuando el mediocre alcanza poder suficiente, convierte la carencia en regla común. Redacta normas, impone lenguajes, reparte reconocimientos y levanta barreras para que el genio no entre o, si entra, para que lo haga pidiendo perdón por ser distinto. Entonces, toda superioridad del espíritu se vuelve sospechosa, pues quien piensa con más hondura es acusado, inmediatamente, de soberbio, y quien exige altura parece insoportable.

El mediocre utiliza la infamia como táctica de ascenso. Como lo escribió José ingenieros con insuperable maestría, los mediocres tienen moral de tartufo: “conspiran y agreden en la sombra, escamotean vocablos ambiguos, alaban con reticencias ponzoñosas y difaman con afelpada suavidad. Cierran todas las rendijas de su espíritu por donde podría asomar desnuda su personalidad, sin el ropaje social de la mentira. En su anhelo simulan las aptitudes y cualidades que consideran ventajosas para acrecentar la sombra que proyectan en su escenario”.

De ahí que no escatimen en perjudicar todo lo que tocan. Pueden sacrificar amistades, instituciones, equipos, reputaciones o proyectos enteros de país, si eso les permite avanzar un poco más. Y es aquí donde apunto la distinción fundamental que explica el ascenso de la mediocridad que, sin duda, es uno de los rostros del mal cotidiano sobre el que escribí en un artículo anterior: la persona moralmente formada se pregunta hasta dónde puede llegar sin traicionarse; el mediocre, en cambio, solamente se pregunta qué puede obtener. En el fondo, todo su ser es una fuga de sí mismo: necesita ascender para no escuchar la acusación silenciosa de su propia mediocridad, y no escuchar esa voz que le susurra: eres un mediocre.