Isnardo Landínez era el fontanero del acueducto de la vereda Alto Viento en San Vicente de Chucurí, Santander. Arreglaba las redes y limpiaba el acueducto, recuerda su esposa, María Alicia Rojas. “Era el hombre más noble, más humano. Era un campesino trabajador y honrado”. Lo mataron por la espalda en una madrugada del año 2005.

María Alicia Rojas habló en abril en una audiencia que presidió el magistrado Mauricio García Cadena de la JEP, Jurisdicción Especial para la Paz.

Fernando Serpa Hinojosa reconoció que él dio la orden de disparar contra Isnardo Landínez. Él era cabo del Batallón Luciano D’Elhuyar, en San Vicente de Chucurí. “Yo soy el culpable”, admitió. Serpa aceptó que dio la orden al soldado Miguel Ángel Moreno de disparar contra Isnardo. Fueron tres disparos por la espalda.

Serpa no llevaba la orden de matar a Isnardo. “Yo tomé esa decisión en el sitio de los hechos”, admitió.

El subteniente Marino Valencia Rico, oficial de operaciones en el batallón, indicó ante el magistrado que el 22 de enero de 2005 recibió una llamada del concejal Juan de Jesús Jiménez, quien le habló de una persona que tenía información sobre un miembro de las autodefensas ilegales y que esa persona estaba dispuesta a acompañar a las unidades del batallón. Esa persona era Raumir Jurado Forero. Se acercó al batallón ese mismo día. Pidió que se le protegiera la identidad por si fuera identificado por un campesino del sector.

El cabo Fernando Serpa Hinojosa dijo que llegó con una escuadra a la casa de Isnardo Landínez en la vereda Alto Viento a las once de la noche. Tocaron la puerta. Isnardo estaba durmiendo. “Prendió la luz, se puso una camisa, abrió y habló normal. No le vi intenciones de una persona agresiva o peligrosa. No le vi arma”. El guía, Raumir Jurado Forero, iba con pasamontañas y también habló con Isnardo.

Jurado le dijo a Serpa que él estaba en peligro. No le dijo que matara a Isnardo, solo que él, Jurado, estaba en peligro. Pero inmediatamente Serpa ordenó matar a Isnardo. “Ahí fue donde yo tomé esa decisión equivocada”, dijo Serpa.

El soldado Moreno, con otro soldado, se fue con Isnardo hacia un cacaotal abajo de la casa, indicó Serpa. “Iban bajando y Moreno le disparó por detrás. No había enemigo ni nadie que nos iba a agredir. El homicidio fue a las tres y media o cuatro de la mañana”.

Elizabeth Landínez, la hija de Isnardo Landínez, también habló en la audiencia: “Esto fue un abuso de poder. No se imaginan el daño tan inmenso que nos ocasionaron a nosotros. Mi padre era un servidor comunitario. Tenía un vicio grandísimo y era el de fumarse un cigarrillo”, indicó.

“¿Qué estaba pensando usted cuando dio la orden de matar a un inocente?”, le preguntó Wilson Landínez a Serpa Hinojosa. Wilson, hermano de Isnardo, era soldado en el mismo batallón. Serpa respondió: “Ni yo mismo me entiendo. Créame que si volviera a esos tiempos no pasaría jamás. De pronto, la falta de experiencia, me dejé llevar. El guía, que de pronto le pasaba algo, se me hizo fácil decirle al soldado Moreno. Ya eso fue cuestión de segundos; ya, cuando sonaron los disparos, me tocó hacer el montaje de un combate, me tocó empezar a fingir. Impulsos, eso fue lo que pasó en el momento”.

Serpa también manifestó: “Sin necesidad me metí en esto. Es el único caso que yo tengo y duré 23 años en la fuerza. El único problema jurídico que tengo es esto”. Afirmó que él organizó la mentira de un falso combate con los soldados, no con los superiores.

El subteniente Marino Valencia señaló: “No he querido justificar la muerte de una persona inocente en estado de indefensión. Ratifico que el crimen no es justificable. He manifestado mi responsabilidad”. Añadió que Isnardo “no era integrante de ninguna estructura ilegal. Fuimos facilitadores de que el hecho criminal ocurriera con una persona inocente”.

Isnardo Landínez tenía 42 años cuando fue asesinado. Su esposa, María Alicia, no estaba en la casa la noche en que fueron a buscarlo. Estaba en San Vicente pernoctando donde una amiga porque al día siguiente tenía jornada de vacunación en la escuela. Ella es enfermera y trabajó 12 años en el centro de salud de Alto Viento, la vereda donde mataron a Isnardo Landínez. “Me dijeron que no volviera a la casa. El cuerpo de Isnardo no lo vi, se lo entregaron a la mamá. Yo me quedé con la ropita que tenía encima”, recuerda María Alicia Rojas.