En el libro Cambio en reversa - ¡No más Petros! (Ariel, 2026) sustenté, desde diferentes fuentes, la condición neocolonial de Colombia. Esta subordinación fue gestada con los embates de Estados Unidos a inicios del siglo XX, se ha afianzado durante un siglo y más en las últimas décadas en la “recolonización” fundada en la hegemonía global tras la Guerra Fría.

Demostré que tal consolidación incluye al Gobierno de Petro, quien reforzó las características de nación subordinada –proveedora de materias primas y el incremento geométrico de la subyugante deuda pública–, admitió la supervisión del Comando Sur y el curso de la agenda militar norteamericana antidrogas, con cifras récord en extradiciones y la aspersión aérea de glifosato con drones. Mantuvo a Colombia como miembro súbdito de la Otan, con compras de armamento a países de esa organización por 29 billones de pesos, incluyendo la flota de aviones Saab Gripen. De ñapa, impulsó, con toda clase de artimañas, las engañosas “reformas sociales” dictadas por la Ocde, el Banco Mundial, el Departamento de Trabajo de EE. UU., el FMI, el Banco Mundial y el BID.

Colombia, con Petro, se casó con la agenda de Biden desde la campaña presidencial, sumisión plasmada en el XI Diálogo entre los dos países, liderado por el excanciller, ahora cepedista, Gilberto Murillo en mayo de 2024, que “reafirmó” esa “alianza estratégica” por 202 años. Pese a la retórica sociópata –con la que intenta ocultar su servilismo–, Petro obedece a Trump. Bastó una llamada el 7 de enero de 2026 para que una manifestación citada contra Washington se volviera a favor, y para que el 7 de febrero Petro realizara un vergonzoso acto de vasallaje en la Casa Blanca.

Quedaron atrás los reparos por la deportación de colombianos y la indignación por la ofensiva estadounidense en el Caribe. En su lugar, siguieron los ejercicios militares conjuntos y las instalaciones en Gorgona, la red de radares en el Pacífico y la presencia en Leticia, en Amazonas. Se reversaron cláusulas de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) que prohibían importar vehículos norteamericanos con dispositivos de seguridad no aprobados; el TLC permaneció inalterado, al igual que los otros 79 tratados existentes, y la “asistencia” militar y en otras áreas superó los 5.000 millones de dólares. Petro aplicó la línea del embajador García-Peña: “Al son que me toquen, bailo”.

Cuando el candidato petrista Iván Cepeda anuncia el respaldo irrestricto a la “obra de Gobierno” de Petro, abarca este colaboracionismo. Como senador, votó a favor de los proyectos petristas en el cuatrienio, y como miembro de la Comisión II del Senado, de las relaciones internacionales nunca criticó la indignidad entreguista. Ni siquiera cuestionó las correrías de supervisión a la fuerza pública nacional de la generala Laura Richardson. Cepeda, igual que Petro, guarda conexiones con tendencias políticas del Partido Demócrata estadounidense (Patrick Leahy, Jim McGovern y Alexandria Ocasio-Cortez y varios caucus) y valora la “importancia estratégica” del trato con la Superpotencia –como dijo en reciente entrevista (Instagram, efe_noticias, mayo 30/26)–, y priorizó en campaña las reuniones con las transnacionales gringas en tanto desechó a la USO.

Abelardo de la Espriella es mucho peor. El trino de “respaldo completo y total” de Donald Trump a su candidatura confirma los presagios sobre este ciudadano norteamericano contribuyente del Partido Republicano. Trump le escribió que “los resultados de estas elecciones son muy importantes para el futuro de Colombia y su relación con Estados Unidos”, y le definió la ruta: “Promover el comercio (léase TLC), detener la inmigración ilegal, combatir el crimen y las drogas, y restaurar la ley y el orden”.

La respuesta lacaya de Abelardo fue más execrable que la indebida intervención de Trump: “Estoy muy honrado de recibir el apoyo decidido del presidente Donald Trump y su gobierno, y sé que, en la era del Tigre, haremos una llave como nunca antes la ha tenido Colombia con Estados Unidos”. Ese “nunca antes” alcanza insólitas propuestas como dolarizar la economía (que arrasaría con la soberanía monetaria, sumada a la alimentaria y energética, ya perdidas), crear un Plan Colombia 2.0 con Trump y Netanyahu, en el esfuerzo conjunto de expansión, e instalar bases militares extranjeras permanentes. Es decir, caer casi a la humillante condición de Estado asociado, tipo Puerto Rico.

La decisión en la segunda vuelta está entre reforzar el neocolonialismo en Colombia o degradarlo a un nivel más vil. De ahí que sea inaceptable que partidos “centristas” como Dignidad y Compromiso vean muy “sabio” que los electores fajardistas voten libre, por cualquiera (Cepeda, el Tigre o en blanco) (X, @jerobledo, 5/6/26). Ganarán con cualquier resultado. ¡No hay con quién!