Arranco por decir que a través de LinkedIn he logrado tener 12 años compartiendo mis columnas cada domingo. El tema no es de avión, sino de pilotos.
Y es que hubo un tiempo en que LinkedIn era el lugar donde uno consignaba su experiencia, mantenía algunos contactos y, con suerte, encontraba una oportunidad profesional. Hoy es algo muy distinto que a veces me cuestiona; parece ser una vitrina pública, un escenario y, para algunos, una pasarela.
Basta con recorrer el feed durante unos minutos para encontrar una secuencia estándar: el ejecutivo que se declara “humildemente honrado” por un reconocimiento, el líder que convierte cualquier reunión en una lección de liderazgo, la promoción presentada como una epopeya personal o la anécdota cotidiana transformada en una metáfora sobre resiliencia, propósito y crecimiento exponencial.
Hablando con Carlos, gran amigo, llegamos a la conclusión de que muchos se están cansando. Él me dijo que incluso cerró la cuenta cuando vio que un conocido escribió sobre sus grandes logros después de cambiar el cigarrillo por un vapeador.
Supongo que nada de esto es necesariamente malo y, al final, para los gustos, los colores. De hecho, la visibilidad profesional importa y las carreras no avanzan únicamente por mérito (lamentablemente); también requieren exposición, reputación y capacidad de comunicar valor. Pero creo que a algunos/as se les va la mano.
La investigación muestra que las estrategias de autopromoción en redes profesionales pueden generar más oportunidades laborales y aumentar la satisfacción profesional percibida. Lo cual lleva bien a aquellos que se venden incluso por encima de lo que realmente son. De nuevo el mérito pierde valor y tu capacidad de mostrarte sin recato gana.
No me gusta llevarme solo por mis sesgos y en este caso por la desahogada que nos metimos con Carlos de ver tanto exceso de autoventa, así que me puse a investigar un poco. Un estudio internacional sobre gestión de impresiones en redes sociales encontró que la autopromoción está asociada con una mayor generación de oportunidades de carrera y una percepción más favorable del desarrollo profesional. O sea que en teoría la vitrina sirve, aunque el producto tenga baches, pero eso es la realidad y el mercado, y hay que aceptarlo.
El problema surge cuando la promoción deja de ser una herramienta y se convierte en una identidad. Porque algo curioso parece estar sucediendo en el mundo corporativo y es que pasamos de la modestia estratégica a la obligación permanente de anunciar nuestro éxito, de mostrar los grandes presupuestos que cumplimos o los premios que nos dieron.
Pero ¿lo hacemos para aportar valor o para alimentar nuestra propia relevancia en el mundo? El mensaje raramente dice “mírenme”. Generalmente aparece envuelto en frases sobre inspiración, liderazgo o aprendizaje compartido. Sin embargo, el protagonista casi siempre es el mismo personaje que está publicando sus glorias.
Y decíamos con Carlos que ahí es justamente donde aparece la falsa moral. Veíamos cómo en la narrativa actual de muchos usuarios de LinkedIn existe una especie de superioridad ética asociada con la exposición permanente. Parece que compartir cada logro es una contribución a la comunidad, algo así como que la constante construcción de una marca personal fuera una forma de generosidad profesional.
Pero vale la pena preguntarse: ¿cuánto de lo que publicamos busca realmente ayudar a otros y cuánto busca reafirmar nuestra importancia?
Paradójicamente, la evidencia también empieza a cuestionar la eficacia de la autopromoción excesiva. Investigaciones sobre gestión de impresiones organizacionales sugieren que las personas que recurren menos a tácticas agresivas de autopresentación suelen obtener mejores resultados en términos de confianza, recomendaciones y progresión profesional que quienes viven gestionando su imagen.
Quizás porque la audiencia percibe algo que los algoritmos no detectan y es la diferencia entre autenticidad y performance. Todos conocemos a alguien que produce resultados extraordinarios y apenas los menciona. También conocemos a quien documenta meticulosamente cada pequeño logro hasta convertir la vida profesional en una campaña de marketing permanente.
Yo creo que el desafío consiste en conservar una identidad profesional que no dependa completamente de la validación pública. Una carrera no debería medirse por la cantidad de aplausos digitales que genera.
“A veces la obsesión por parecer exitoso nace del miedo a no sentirse suficiente”. Gracias, Carlitos, por decirme esto al final de nuestra conversación.