Nunca me caracterizó la prudencia. Siempre he considerado que el exceso de ella nos manda al carajo porque no nos deja hablar lo que pensamos, porque nos filtra nuestra autenticidad en momentos donde hay que tomar el toro por los cuernos. Reconozco, sin embargo, que la prudencia es un gran atributo del ser humano si la sabe desarrollar.
Y es que durante años pensé que la prudencia era una virtud para los momentos de crisis, para ese espacio de revisar el balance, no endeudarse de más, decir que no a los riesgos sentimentales, no trabajar con quien no te inspira. Con el tiempo entendí que donde más se ejerce y donde más se nota es en el trato cotidiano, en lo que no se planea.
Los estoicos hablaban de distinguir lo que depende de nosotros de lo que no. Cuando lidero, lo que depende de mí es sorprendentemente poco: mi manera de reaccionar, lo que decido preguntar, el tono con el que doy una mala noticia. Todo lo demás, el resultado del trimestre o la decisión del cliente, lo comparto con el destino, con la vida que ya marcó el camino. Y, sin embargo, es en lo primero donde un equipo aprende quién soy.
Me he dado cuenta de que la prudencia del líder se juega en pequeñas pausas, reconociendo que en medio de mi acelerada existencia soy muy mala haciendo stop, pero las pausas sirven, por ejemplo, antes de responder a un correo que me molestó, al tomar aire antes de corregir a alguien frente a los demás o antes de prometer un plazo que sé que mi equipo tendrá que pagar con sus noches. Séneca decía que la ira es una locura breve y yo agregaría que casi todas las decisiones que lamento como líder las tomé en minutos así.
También he aprendido que prudencia no es silencio ni indecisión. A veces es lo contrario: decir con claridad “no sé”, “me equivoqué” o “no estoy de acuerdo”. Un equipo que ve a su líder admitir los límites de lo que sabe se anima a señalar los riesgos a tiempo. En cambio, donde el jefe siempre tiene la respuesta, la información incómoda deja de subir y esa es la forma más cara de imprudencia.
Marco Aurelio, que gobernaba con el peso de un imperio, recordaba cada mañana que se encontraría con gente difícil y que aun así debía actuar con justicia. Lo leo como un ejercicio de preparación, no de resignación, y es que si espero la tensión, la desconfianza o el error ajeno, puedo recibirlos con paciencia en lugar de con sorpresa. Y es esa serenidad la que me puede dar a mí y al equipo un lugar seguro desde donde trabajar.
Creo que la confianza se construye así, sin grandes gestos, con promesas pequeñas que se cumplen, con decisiones explicadas, aunque no gusten, y con el cuidado de no usar el poder cuando basta la conversación. Nada de eso aparece en un dashboard, pero es lo que hace que un equipo siga a su líder cuando las cosas se complican.
Hoy me pregunto menos si fui rápida y más si fui justa y prudente. Si la gente que trabaja conmigo salió de la reunión con más claridad que dudas. Esa es, quizá, la medida de la prudencia; no lo que evité, sino lo que dejé que fluyera. La prudencia a veces es tomar aire y soltar lo que ya no depende de mí, concentrarse solo en meterle buena intención a lo que haces. No sé si algún día de mi existencia seré totalmente prudente, pero confiando en el nivel de estoicismo de mis metas personales, debo seguir intentando.
“De vez en cuando hay que hacer una pausa para permitir que lo que no pudo entrar en movimiento entre”, Mario Benedetti.