Los resultados de la primera vuelta han dejado claro que en estas elecciones se enfrentan dos modelos económicos y políticos opuestos. Los candidatos más radicales de derecha e izquierda tienen hasta el 21 de junio para conseguir la mayor cantidad de votos posible que les permita obtener una victoria en segunda vuelta; para esto es necesario que conquisten el centro que tanto han maltratado.

De parte y parte, algunos líderes y activistas se han dedicado a declarar inexistente a un espectro político que tiene una postura definida por la moderación, el respeto por las instituciones y el pensamiento liberal tanto en lo económico como en lo social. La principal característica del votante de centro es que reconoce que las ideas no son malas per se; sin perjuicio de dónde provengan, son herramientas que, dependiendo de la coyuntura nacional, deben ser usadas con fundamento técnico y enfocadas a resultados.

Hoy son una minoría frente al capital electoral que han logrado consolidar los extremos. Desde el plebiscito por la paz de Juan Manuel Santos se ha consolidado un ambiente de polarización que ha relegado a esa filiación política compuesta por moderados, independientes, apolíticos y sectores de los partidos tradicionales que no se identifican con las prácticas clientelistas de muchos de sus dirigentes.

Esa minoría diversa ha inclinado la balanza en favor de uno u otro proyecto político durante la última década. En 2018, Iván Duque ganó por su moderación. Cuatro años después, Gustavo Petro conquistó la Presidencia gracias a una coalición que atrajo a los partidos tradicionales y a una parte importante del voto independiente. Ese centro político que ha sido sometido a votar por diversas propuestas de gobierno hoy debe decidir entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda.

Tal vez, como ha sucedido antes, los partidos tradicionales se vendan al mejor postor, pero considero que, a diferencia del pasado, cada vez es más difícil que un cacique regional logre endosar sus votantes a un candidato presidencial. La política ya no se hace con tamales ni tarimas, sino en la calle y en las redes sociales, buscando cercanía con el ciudadano. Eso ha contribuido a generar un ambiente más emocional frente a la política que alimenta los extremos, pero también ha aumentado la capacidad crítica del elector. Por eso, gran parte de los votos de Sergio Fajardo, Juan Daniel Oviedo y Claudia López evaluarán de manera independiente a quién apoyar.

Aunque respeto y en el pasado he votado en dos ocasiones por Fajardo, la actitud de ir a ver ballenas es complicidad cuando se juega la condición democrática de nuestra República. Como votante de centro, considero que debemos tomar posición, así no nos guste del todo uno u otro candidato. Esta vez, para mí, la respuesta es sencilla: votar por el Tigre.

Esto lo fundamento en siete puntos que a continuación expongo:

Primero, aunque intenten retractarse, Cepeda y Petro han puesto sobre la mesa una asamblea nacional constituyente innecesaria. La Constitución de 1991 no solo es nuestra base como república democrática, es también un documento bien diseñado, producto de un proceso incluyente que en este momento no podría permitirse el país por su polarización. Convocar ese mecanismo con la excusa de agregar dos capítulos es poner en duda todo lo que hemos construido como nación, incluidos los derechos de las personas de orientación sexual diversa, el desarrollo legal sobre la protección del medioambiente y las victorias de los movimientos feministas, banderas con las que el Pacto Histórico ha intentado satanizar a Abelardo.

Además, Cepeda ha propuesto eliminar el Consejo de Estado y Petro puso en vilo los resultados electorales denunciando un supuesto fraude que jamás comprobaron; esa actitud autoritaria contra las instituciones es solo una muestra del irrespeto por el principio de división de poderes en el cual se fundamenta cualquier democracia liberal.

Segundo, puede que Cepeda no sea un guerrillero, pero los guerrilleros se sienten cómodos con él; eso es, como mínimo, preocupante. En mi condición de víctima del conflicto armado, no puedo permitirme votar por alguien que comparte tarima con personajes como Sandra Ramírez Lobo, que, a pesar de haber sido desmovilizada por el proceso de paz con las Farc, hoy debería, como mínimo, ser incluida en las investigaciones de la JEP. Así lo han solicitado los representantes de los niños víctimas de secuestro, reclutamiento forzoso y, entre otras atrocidades, sometidos a violaciones sexuales y abortos presuntamente autorizados por ese personaje, que nunca debió profanar las sillas de nuestro Senado.

Tercero, Cepeda fue artífice de la política pública de la Paz Total del Gobierno Petro y pretende continuar con ella. Carece de una propuesta de seguridad para el país; votar por él es votar para que nuestras Fuerzas Armadas sigan con las manos atadas mientras los grupos al margen de la ley continúan ganando territorio mediante una falsa voluntad de negociar.

Cuarto, el sistema de salud, que aunque imperfecto contaba con casi el 99 % de cobertura, hoy se está desmoronando porque el actual Gobierno, al igual que la propuesta de Cepeda, busca consolidar un modelo anacrónico y estatizado que han intentado imponer a la fuerza, desfinanciando e interviniendo las EPS de manera arbitraria. Esto costaría más vidas y bienestar de pacientes de lo que hasta ahora ya nos han hecho pagar. Mientras tanto, la propuesta de Abelardo y José Manuel Restrepo tiene claridad sobre cómo estabilizar la crisis causada por la operación ‘shu shu shu’.

Quinto, José Manuel Restrepo es un académico y tecnócrata respetado por el centro político. Su adhesión a De La Espriella le ha dado una posición de apertura, seriedad y respeto institucional que la candidatura de Cepeda no representa con la sectaria y poco preparada Aída Quilcué.

Sexto, Donald Trump ha visto con buenos ojos la candidatura de Abelardo de la Espriella. En contraposición está el discurso de Iván Cepeda, que asimila nuestra alianza histórica con Estados Unidos como un problema para la soberanía nacional. Por sentido común, es preferible votar por una relación diplomática estable con nuestro principal aliado para coordinar esfuerzos contra el narcotráfico y establecer canales de reunificación y normalización de estatus para los miles de migrantes colombianos que extrañan a sus familias.

Séptimo, escoger un proyecto distinto al continuismo es apelar al principio de alternancia para que el poder no se concentre. Puede que no le guste del todo de la Espriella, pero continuar con otro período ininterrumpido del Pacto Histórico es alcahuetear el crecimiento de la corrupción y el descaro con el que han operado los últimos cuatro años.

Esas siete razones me han dado claridad sobre un voto que no debe representar todo lo que pienso, pero sí aquello que pretendo conservar: la democracia liberal que hemos sostenido los colombianos durante más de 200 años de vida republicana. Esta vez, votar por Abelardo de la Espriella es votar por una Colombia libre.