Dos ilustres javerianos nacidos en 1919 decidieron planificar y poner en marcha un proyecto educativo que nació oficialmente en 1984 con la fundación de la Universidad Sergio Arboleda: ellos eran Álvaro Gómez Hurtado y Rodrigo Noguera Laborde. El primero, considerado entre muchos, como uno de los más grandes pensadores de América durante la centuria pasada por su rigoroso nivel intelectual y condición de estadista; el segundo, un connotado jurista, quien se había desempeñado como ministro de Justicia, procurador general de la nación, decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia, tratadista del derecho y profesor emérito en las más prestigiosas universidades del país.

Ambos personajes se propusieron entonces capacitar y formar, a través de la ciencia jurídica y la filosofía del derecho, a una generación de líderes que se interesaran por el devenir institucional. Cuarenta años después, cuando se hace un balance de su resultado, se encuentra que dos de sus queridos alumnos alcanzaron la Presidencia de la República. Como integrante de esa comunidad estudiantil a la que ingresé a mediados de los noventa, le expondré a los lectores el proceso que experimenté entre los antecedentes y la consolidación de un propósito académico que resultó admirado por muchos y criticado por otros en proporciones tan similares al fragmentado reflejo ideológico de Colombia.

Los mencionados prohombres nos explicaban en los pasillos que el origen de la universidad tenía como misión promover y materializar los loables e indiscutibles objetivos que por regla general se logran obtener con la buena educación; empero, valga destacarlo, a ellos les llamaba considerablemente la atención el futuro político de Colombia y, para ser más puntuales, les preocupaba sin descanso la orientación de la República, el debilitamiento de sus instituciones, la descomposición social, el narcotráfico, la corrupción e incluso una eventual pérdida de los principios y valores democráticos como la libertad y la dignidad humana, entre otros.

Sus angustias las explicaban magistralmente a través de las cátedras a las que tuve el privilegio de asistir como testigo de excepción, precisamente por la admiración intelectual y la confianza personal que mi familia les profesaba, tanto a Gómez Hurtado como a Noguera Laborde.

Por esos tiempos, cuando Venezuela aún era libre y democrática —fíjense ustedes la visión—, a nuestros fundadores ya les inquietaba la célere expansión de las tesis socialistas y comunistas que se veían penetrar en los distintos espacios educativos de nuestro país. En sus proyecciones les intranquilizaba también el discurso sobre la lucha de clases porque, según ellos, fraccionaba a la ciudadanía sin ningún tipo de beneficio para su futuro y quebrantaba el principio de solidaridad como instrumento de crecimiento social. No sobra recordar, en estos tiempos tan convulsos, que había un rechazo generalizado a la revolución armada por considerarla un atentado contra la especie humana que vulneraba el derecho natural a la vida. En contraste, sus posturas eran sustentadas en el estricto respeto al orden constitucional y legal como expresión de la voluntad general.

En materia de derechos humanos, aclaraban que sus primeras ponencias llegaron a nuestras tierras en virtud de las reflexiones teológicas de los máximos exponentes de la Escuela de Salamanca, cuya vocería tenían los padres Francisco Suárez y Francisco de Vitoria en los siglos XVI y XVII, para argumentar que, en consecuencia, esta conquista no era un producto de la izquierda como se malinformaba en ciertas escuelas jurídicas, sino que resultaban banderas propias del conservatismo.

Frente a esas amenazas contra el Estado de derecho, nuestros fundadores identificaron para el futuro de Colombia la necesidad de impartir una formación intelectual que se basara en las corrientes filosóficas del humanismo cristiano, soportadas en unas ideas y creencias donde la persona humana y su dignidad fuesen la piedra angular de una sociedad verdaderamente libre y multiplicadora del bien común.

Sobre el concepto aristotélico de libertad hacían énfasis. En estas cátedras, nuestros mentores se oponían a los argumentos anarquistas o radicales cuando comprendían dicho término, como su derecho para “hacer lo que se quiera”. Esta caótica consigna era criticada por considerarla violatoria del ordenamiento social como presupuesto necesario para la convivencia pacífica. Ante esos planteamientos proponían, en cambio, una libertad cuya génesis se hallaba en la capacidad y en la autonomía real del individuo para desarrollarse económicamente sin depender del Estado. Allí era donde, precisamente, según su posición académica, la educación jugaba un protagonismo vital para la prosperidad de todos.

Se sentían orgullosos de la intelectualidad conservadora representada en hombres de letras como José Ortega y Gasset o Raymond Aron; en economistas como Friedrich Hayek o Milton Friedman; en estadistas demócrata cristianos con la talla de Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi o Robert Schuman, quienes, además, habían sido los creadores de la Unión Europea; o en políticos y estadistas como Winston Churchill, principal antifascista de la segunda guerra mundial. Afirmaban que, entre estos genios del siglo pasado, se había formado un muro de contención que mitigaba los equívocos socialistas y, en tal sentido, nos invitaban a estudiarlos con profundidad para que, a posteriori, fuéramos sus alumnos las personas preparadas para salvar a Colombia de las garras del comunismo. Ante estas generosas afirmaciones, había esperanza entre gran parte del estudiantado porque no se dudaba un instante acerca del nivel académico con el cual nos estaban preparando.

Para cumplir su objetivo, los directivos de la universidad, se acompañaron de los mejores profesores de mi época, sin perjuicio, ni más faltaba, de otros grandes tratadistas adscritos a distintas escuelas. Para solo mencionar algunos ejemplos, en derecho civil obligaciones, quizás la asignatura más importante y extensa de la ciencia jurídica, el dream team lo conformaron Raimundo Emiliani Román, quien había regentado la misma cátedra durante 40 años en la Universidad Nacional de Colombia; el doctor Carlos Darío Barrera Tapias, emblemático profesor de la materia en las universidades Javeriana, Los Andes y el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario; y Silvio Fernando Trejos, para ese momento presidente de la Honorable Corte Suprema de Justicia.

En derecho público, fuimos alumnos del expresidente de la Corte Constitucional, Vladimiro Naranjo Mesa, con la cátedra de historia política y constitucional de Colombia, mientras que en estructura y organismos del Estado se tenía como titular al reciente presidente de la Corte Constitucional, Jorge Enrique Ibáñez Nájar. Nuestro decano era el doctor Jorge Vélez García, para ese momento presidente de la prestigiosa Academia Colombiana de Jurisprudencia y autor de una de las obras más importantes que se haya escrito sobre los orígenes del derecho administrativo. En realidad, cada asignatura que se auditara con ojo crítico era impartida por una eminencia de las más altas calidades.

Por todo lo anterior, nunca me resultó extraño que, ante semejante proyecto formativo durante los específicos años noventa, la joven Universidad Sergio Arboleda egresara en ocho años a dos presidentes de la República, con tan solo tres elecciones constitucionales.

Quienes compartieron conmigo conversaciones académicas e institucionales en la vida privada siempre me oyeron decir, con suficiente anticipación, que, por la calidad de nuestros docentes, el entorno deliberativo que tuvimos, la exigencia académica que vivimos y, en especial, el talante de los candidatos que se presentaron en cada momento histórico, las postulaciones presidenciales de Iván Duque Márquez (2018) y Abelardo Gabriel De La Espriella Otero (2026) terminarían asumiendo al final de sus campañas la primera magistratura del Estado.

Sus proezas fueron únicas y complejas: al expresidente Duque le tocó derrotar en la contienda electoral a consolidados liderazgos de la política colombiana como Germán Vargas Lleras y Gustavo Francisco Petro Urrego, después de múltiples debates y candentes controversias. Su mandato estuvo fuertemente golpeado por los dos fenómenos más difíciles que haya experimentado gobierno alguno en la historia republicana de Colombia: la pandemia del covid 19, cuya gerencia fue aplaudida internacionalmente, y la más feroz oposición que haya visto el país bajo la narrativa del ‘estallido social’, traducido como un escenario de zozobra colectiva que culminó años después con condenas judiciales para los líderes de la primera línea por concierto para delinquir y muchas otras deplorables conductas punibles.

Por su parte, al presidente electo Abelardo Gabriel De La Espriella Otero le tocó ser contrincante de los dos grandes titanes de la política colombiana. Se presentó como el más ferviente opositor al actual gobierno, para lo cual afirmó su intención de “salvar la salud de la República” porque se encontraba en “sus horas más oscuras”. A lo largo de la contienda tuvo que disputarle también los votos naturales en la derecha colombiana a la doctora Paloma Valencia Laserna, una candidata preparada y luchadora, quien se encontraba apoyada por el expresidente Álvaro Uribe Vélez. Al final de cuentas, el otrora pupilo de Gómez y de Noguera resultó un fenómeno popular que derrotó en las urnas tanto al expresidente y su preparada candidata como al mandatario de turno.

Estos antecedentes convierten al jefe del Estado para el cuatrienio 2026-2030 en el líder indiscutible de la política nacional. Llega al poder con un mandato popular denominado “los nunca” contra “los de siempre”; se distanció de los partidos políticos y rechazó los repartos burocráticos, contexto este que lo legitima para la selección independiente de sus más cercanos colaboradores, incluido el gabinete ministerial.

Durante la etapa preelectoral le oí a los distintos analistas radiales y a viejos experimentados de la política pronosticar los resultados presidenciales con sustento en una plana tridivisión de los espectros ideológicos entre la izquierda, el centro y la derecha para concluir que al denominado tigre no le alcanzarían los votos para llegar al solio de Bolívar.

Crassus errare, como decían los romanos: el outsider del momento y su campaña tenían identificado con suficiente anticipación el sentir de una ciudadanía hastiada de su clase política, de los partidos tradicionales e incluso de las discusiones —para muchos estériles— entre la izquierda y la derecha. Lo que quería Colombia era recuperar la dignidad estatal, el cumplimiento del principio de legalidad, el respeto a sus símbolos patrios, la seguridad y la prevalencia de las instituciones jurídicas amenazadas por los conatos de una asamblea nacional constituyente, sin desconocer, además, otros factores como las disertaciones sobre la propiedad privada que compromete derechos fundamentales y la prosperidad de sus habitantes.

El nuevo presidente de la República sabe que sus principales desafíos se calificarán de manera implacable desde el día de la posesión. Ha expresado una alarmante preocupación con el orden público, la seguridad y la defensa nacional. En este sensible escenario del país, ya dijo que se apoyará en Estados Unidos e Israel para evitar complicidades en Venezuela que transporten a los objetivos de alto valor a su frontera y encuentra en el narcotráfico el combustible que incendia a Colombia.

En la locomotora de vivienda, incluyó en su propuesta una inmediata reactivación del programa ‘Mi casa ya’ bajo la premisa según la cual por cada peso que se le asigne se revierten tres o cuatro en la cadena financiera, reconociendo además sus enormes beneficios para las familias; en salud, se pretende conjurar el problema con medidas de choque mediante la inyección inicial de 10 billones de pesos; en materia de hidrocarburos, ordenará reiniciar con los programas de exploración y explotación con un responsable fracking, al que considera una obra civil para mitigar la deuda pública que ya supera los 1.100 billones de pesos; y en infraestructura, se tiene conciencia de su importancia para el crecimiento productivo del país. Sin pretender omitir a otras carteras relevantes, la apuesta anticorrupción es considerada una prioridad.

Asimismo, se encuentra atento a las enormes oportunidades regionales y globales en materia de exportaciones de bienes y servicios colombianos, con el incremento sustancial de la inversión extranjera en nuestro territorio. Incluso, antes de su elección, logró una reducción a cero de los aranceles impuestos por el gobierno de Ecuador.

Al servicio diplomático le anunció importantes exigencias comerciales y un giro trascendental en su política exterior para concentrarla en la venta de productos nacionales por el mundo entero: menos cocteles y más negocios es su consigna. En general, creo que su mandato emprenderá un incansable trabajo para conquistar una curva ascendente en lo económico y social, sin desconocer su compromiso de reducir el hambre que según las cifras mal acompaña al 30% de sus compatriotas.

Para el cumplimiento de su plan de gobierno, el nuevo presidente se concentrará en reconstruir un Estado austero y eficiente; sin embargo, pretende también, empoderar a las nuevas generaciones para promover emprendimientos lucrativos, con el fin de materializar una serie de oficios productivos en la juventud, que le generen ingresos monetarios a ellos y a sus entornos.

La descentralización dijo que será profundizada, pues incluso, expresó que gobernará desde las regiones. Al parecer su domicilio familiar será Barranquilla, una ciudad que, no solo crece de manera exponencial y positiva, sino que allí, paradójicamente, también hay una sede de la universidad que lo hizo profesional en Bogotá, como parte de esa extensión caribe a la que siempre le apostó el primer rector con las sedes de Santa y Marta y de la capital del Atlántico.

Para terminar, se probó que armonizar la historia de una pretensión académica con los destinos de la patria no fue una coincidencia. Se evidenció un proceso de planeación anhelado; un incentivo a las buenas intenciones; una credibilidad en las nuevas generaciones; una expresión legítima para realizar transformaciones; un ejercicio que conquistó sus deseos; una reflexión colectiva por la mejora continua; un motivo para avanzar; un consejo para no claudicar y hasta un momento para brindar.

A los fundadores de la universidad, un solo mensaje: mi eterno agradecimiento por sus enseñanzas.

Su legado vive. Chapeau!