El Instituto Nacional de Salud (INS) es de aquellas instituciones que el común de la gente poco conoce, pero que ha sido fundamental para mantener la integridad de nuestra sociedad y asegurar a los colombianos una protección frente a los riesgos de enfermedad en materia de salud pública.
El INS produce la evidencia científica necesaria para que las diversas entidades del Gobierno nacional y departamental tomen las decisiones y diseñen las políticas de salud pública. Se creó en 1917 como el Instituto Samper Martínez con la visión de producir sueros antidiftéricos y vacunas antirrábicas para el país, labor que llevó a cabo durante casi un siglo, hasta cuando se decidió sacrificar la seguridad sanitaria del país sobreponiendo la facilidad de importar vacunas frente a los requerimientos de inversión que el instituto necesitaba.
Dejamos de producir vacunas contra la tuberculosis y la fiebre amarilla, la cual —irónicamente— actualmente nos azota. Se logró mantener la producción de sueros antivenenos contra las picaduras de serpiente, escorpiones y arañas, esenciales en un país como Colombia y suero antilonómico contra un gusano (oruga) venenoso importado del Brasil. Si se contabilizara el esfuerzo humano del instituto desde su fundación, sería una las pocas historias heroicas de nuestro país: Empezando por su fundador Jorge Martínez Santamaria, quien falleció de difteria, probablemente ocasionada por su labor de investigación.
Hoy dicha entidad realiza la vigilancia epidemiológica del país y es el radar para la salud pública. Monitorea e interviene en brotes infecciosos, coordina y certifica la red nacional de laboratorios. También es responsable de recolectar, publicar y responder por la integridad y consistencia de los datos epidemiológicos nacionales.
También es el laboratorio nacional de referencia encargado de la secuenciación genómica de patógenos. Durante la pandemia del covid-19 detectó, secuenció y reportó la existencia de la variante Mu, como fue reconocido en su momento por la propia Organización Mundial de la Salud (OMS). Sobran dedos de las manos para contar laboratorios en el mundo que puedan acreditar esta clase de logro.
Sin embargo, el mayor riesgo del instituto ha sido la politiquería que lo afectó, por momentos, en el pasado desnaturalizándolo y poniendo en peligro a la salud pública. Los pasados cuatro años seguramente fueron los más difíciles comprometiendo su capacidad de generación de conocimiento e incluso sus capacidades de producción de biológicos. El brote incontrolado de fiebre amarilla que entregó el gobierno Petro es una evidencia de la pérdida de capacidades de gestión de la salud publica en el país.
El Gobierno De La Espriella tomó una excelente decisión ubicando a una científica en su dirección. Zulma Cucunubá es una de las epidemiólogas más respetadas del país, con un reconocimiento notable fuera de Colombia. Eso sí, tiene la difícil labor de repotenciar y reposicionar el INS en el lugar que se requiere para un país tan expuesto a enfermedades transmisibles y crónicas como el nuestro.
No obstante, la función que hace más vulnerable al instituto es la generación de estudios para toma de decisiones nacionales de alto calado. Y es allí donde los colombianos esperamos que se le garanticen al INS los recursos y el tiempo necesarios, para consolidar los datos y construir la mejor evidencia científica, para medir y monitorear los riesgos de salud a los que nos enfrentamos a diario.