Los ‘artistas’ colombianos llevan semanas bastante indignados y haciendo plantones frente al Ministerio de Cultura porque el Gobierno, después de 27 años, canceló los Premios Nacionales de Cultura y los incentivos. Pero ni siquiera revisan de quién es la culpa.

Gustavo Petro dejó una deuda de 185.000 millones al MinCultura, de los cuales 75.000 vienen de estímulos y premios que no pagaron durante los años 2024 y 2025, los cuales serán pagados, pero no hay plata para unos nuevos incentivos, o como a mí me gusta llamarlos, subsidios por trabajar o para volver a los artistas empleados públicos.

Lo realmente importante en este tema, además de que no haya plata, es que estos ‘incentivos’ no deberían ni siquiera existir.

Que viva el teatro, las obras y la cultura en todas sus expresiones, pero generando un ingreso económico propio que ofrezca un valor real, no obligando a los contribuyentes a pagarle a personas que no logran vender dentro del mercado sus espectáculos. Si nadie quiere comprar tu obra o pagar una boleta, eso no es problema del Estado, ni la gente paga impuestos para mantener negocios que no generan valor por sí mismos.

Es como si yo no consigo clientes en mi empresa y obligo al papá Estado a darme ‘premios’ o ‘incentivos’ que reemplacen ese cliente que yo no logré tener porque a la gente no le interesa mi servicio, sea porque es malo, o simplemente no le encuentran ningún valor.

Los deseos no son derechos

¿Saben qué le da valor a algo? Una pregunta que nunca nos hacemos, pero encaja perfectamente en esta situación, y tiene un sustento económico serio desde 1871.

El valor de las cosas no es fijo ni obligatorio por lo que haya costado realizarlo. El valor de las cosas está dentro de la cabeza de quien decide voluntariamente pagar por él, es decir, el cliente o consumidor final de un bien o servicio. Una obra no vale por las horas de trabajo del artista, ni por lo ‘importante’ que alguien crea que es su presentación. Vale lo que alguien, en su plena disposición, esté dispuesto a pagar por verla, tenerla o vivirla.

Por eso el precio de las cosas no puede ser una imposición estatal, debe nacer de decisiones libres para poder medir el valor real de las cosas, y ese es precisamente el problema de tener ‘incentivos’ donde el jurado es un burócrata, sentado en una oficina, decidiendo qué ‘merece’ y qué no, plata pública.

Un artista no puede depender de que el Estado le apruebe un ‘estímulo’ para poder crear. Debe buscar maneras de generar valor para que la gente voluntariamente quiera asistir o comprar su talento, o, como hace la gran mayoría de emprendedores, trabajar en algo adicional mientras logra obtener beneficios económicos de su talento o creación. Y lastimosamente, al año cierran alrededor de 215.000 empresas, y ocho de cada 10 emprendimientos fracasan porque no lograron generar valor para vender su producto.

Cuando se necesita al Estado para vivir del arte, no se es artista, se es un empleado público más.

Si yo dependo de mi papá para vivir y se quiebra, yo me quiebro también. Y eso es exactamente lo que está pasando en estos momentos: el gobierno no tiene plata, y estamos a punto de una fractura fiscal sin precedentes por malas decisiones tomadas en años anteriores. Por eso, nuestros emprendimientos y negocios no pueden depender de un tercero, y deben lograr ser rentables por sí mismos, para poder tener una estabilidad propia y no sujeta a decisiones ajenas.

El verdadero boom cultural no nace de dineros públicos. Nace de crearle a la gente la necesidad o el gusto por asistir a un espectáculo o tener una experiencia artística.