En relación con el negocio para la compra de 65.000 millones de barriles de petróleo venezolano, uno de los nombres que aparecen es el bolichico Alejandro Betancourt. Según el portal de noticias Reuters, ese es precisamente el punto que está causando estupor: “El problema no es únicamente que aparezca un bolichico. Es que una operación que compromete decenas de miles de millones de barriles, posiblemente durante un siglo, no parece haber surgido de una licitación internacional abierta entre las grandes petroleras, sino que coloca en posición central a una empresa relativamente desconocida controlada por Betancourt”. En Estados Unidos, Betancourt también figura identificado como presunto conspirador en el esquema conocido como Money Flight, una trama de corrupción que habría comprometido unos 1.200 millones de dólares de Petróleos de Venezuela y por la que varios exfuncionarios venezolanos y empresarios han sido condenados.

Haciendo abstracción del papel del bolichico Betancourt, lo que el negocio anunciado por los Estados Unidos plantea son varios interrogantes de orden técnico y económico:

  • Según conocedores del sector, para llevar Venezuela nuevamente hacia 3 millones de barriles diarios, muchos proyectos —cuando se incorpora el riesgo político, jurídico, fiscal y operacional de Venezuela– necesitan un precio equivalente a más de 80 dólares el barril, llegando en algunos casos cerca de 100 dólares.
  • Venezuela hoy produce 1,2 millones de barriles diarios y con importantes inversiones puede a corto plazo llegar a 1,5-2 millones. Alcanzar 3 millones de barriles diarios es bastante más complejo. Según la Agencia Internacional de Energía, AIE, “el crudo extrapesado del Orinoco presenta una viscosidad tan elevada que normalmente necesita diluyentes para poder transportarse, infraestructura específica y, dependiendo del proyecto, mejoramiento antes de convertirse en un producto comercializable con facilidad. La propia AIE señala que la mayor parte de las reservas venezolanas son crudos extrapesados del Orinoco y que su explotación exige mayores capacidades técnicas e inversión”.
  • China, actualmente el principal importador de petróleo del mundo, está llegando a su pico de demanda. De aquí en adelante, sus necesidades de combustibles fósiles, en especial de gasolina y diésel, empiezan a disminuir. Si China ya está llegando al máximo de consumo de combustibles y sus vehículos eléctricos desplazan millones de barriles diarios durante la próxima década, desaparece paulatinamente una de las grandes fuentes de crecimiento de demanda. Adicionalmente, al disminuir China sus necesidades, aparece una sobreoferta estructural en los mercados mundiales del crudo y dentro de veinte años Venezuela podría contemplar centenares de miles de millones de barriles debajo del Orinoco y descubrir que nadie quiere pagar suficiente dinero para sacarlos.
  • La AIE calcula que hacia 2030 la capacidad mundial de producción petrolera podría alcanzar aproximadamente 114,7 millones de barriles diarios, mientras la demanda rondaría apenas los 105,5 millones. Incluso bajo supuestos más moderados de oferta, habría una capacidad considerablemente holgada. Es una certeza en los casos de los commodities que, a medida que haya una sobreoferta, los precios tienden a caer de manera pronunciada.

Por otra parte, aun en el remoto caso de que Venezuela llegara a producir un promedio de tres millones de barriles diarios, se necesitarían 59 años para producir los 65.000 millones de barriles de los que habla el acuerdo. El autor de esta nota tiene la absoluta certeza de que mucho antes de llegar a 2085 los precios del petróleo van a disminuir a un nivel que no va a justificar los costos de extraerlo en el vecino país. La amenaza para Venezuela no es quedarse sin petróleo. Es todo lo contrario: quedarse con cantidades inmensas de petróleo que nadie en el mundo, y mucho menos en Estados Unidos, encuentre económicamente viable extraer.