Si hay algo peor que los políticos extremos son sus fanáticos. Me explico.
No hablo de los ciudadanos que votan por una idea o un candidato. Eso es normal en democracia. Hablo de las barras bravas digitales. De aquellos que han convertido la política en una religión y a sus líderes en figuras sagradas. De los que viven convencidos de que quien no aplaude a su caudillo merece ser insultado, cancelado o destruido.
Esta semana tuvimos una nueva demostración de ese fenómeno.
El supuesto rechazo de James Rodríguez de tomarse una fotografía con una de las hijas del presidente Gustavo Petro terminó convertido en una tormenta nacional. En cuestión de horas, las redes sociales se llenaron de ataques contra el capitán de la Selección Colombia. Los insultos volaron. Las acusaciones aparecieron. Los juicios fueron inmediatos.
Y todo por algo que ni siquiera sabemos si ocurrió como se cuenta.
¿James escuchó la petición? No lo sabemos. ¿James decidió no tomarse la foto? Tampoco lo sabemos. ¿James simplemente estaba concentrado en otra cosa o siguió caminando sin darse cuenta? Es perfectamente posible.
Pero en la Colombia de hoy los hechos importan cada vez menos. Lo que importa es la narrativa. Lo que importa es la tribu. Lo que importa es encontrar una razón para indignarse.
Los politólogos tienen un nombre para esto: polarización afectiva.
Es el momento en que el adversario deja de ser alguien que piensa distinto y se convierte en alguien que debe ser castigado. Ya no importa debatir ideas. Lo importante es demostrar lealtad al grupo y atacar a quien sea percibido como contrario.
Y así llegamos al absurdo de convertir una fotografía en una batalla política.
Pero pongamos las cosas en contexto. Si yo fuera jugador de la Selección Colombia, tendría mucho cuidado con cualquier acercamiento al poder político.
En los últimos días vimos cómo la camiseta de la Selección fue arrastrada al barro de la confrontación partidista. Vimos a dirigentes y activistas convertir un símbolo nacional en un instrumento de pelea. Vimos decisiones judiciales alrededor de una camiseta de fútbol. Vimos ataques contra el bus del equipo. Vimos a fanáticos tratando de apropiarse de algo que pertenece a todos los colombianos.
¿De verdad alguien se sorprende de que un jugador quiera mantenerse lejos de semejante campo minado? Lo sorprendente sería lo contrario. Lo realmente grave es otra cosa.
He leído a personas deseando que la Selección pierda. Que Colombia fracase. Que James juegue mal. Que el equipo sea eliminado. Mucha mala leche.
Todo porque, supuestamente, no hubo una fotografía.
Hay que tener el alma muy dañada para llegar a ese punto.
Porque la Selección Colombia es una de las pocas cosas que todavía logra unir a este país fragmentado. Durante noventa minutos desaparecen las diferencias de clase, de región, de partido y de ideología. Durante noventa minutos somos simplemente colombianos.
O al menos eso éramos.
Porque ahora algunos pretenden someter también al fútbol a las reglas de la guerra política. Todo debe pasar por el filtro de la lealtad ideológica. Todo debe servir a la causa. Todo debe ser utilizado para ganar una discusión en redes sociales.
Y quien no participe es tratado como enemigo.
Quiero dejar algo claro: James no le debe militancia a nadie. No tiene obligación de hacer política. No tiene obligación de convertirse en imagen de ningún gobierno. No tiene obligación de fotografiarse con ningún dirigente.
Su trabajo es otro. Su responsabilidad es otra. Su camiseta representa a cincuenta millones de colombianos, no a un partido político.
Por eso mi respaldo es total. Porque si lo que hizo fue mantenerse al margen de la política, actuó con inteligencia. Porque la Selección debe seguir siendo de todos. Y porque una cosa es el fútbol y otra muy distinta es hundirse en el lodo pestilente de la política partidista.
James es el capitán de Colombia. De toda Colombia. Incluso de quienes hoy lo insultan. Grande James, respaldo total.