La imagen de Marco Rubio en muchos sectores de la derecha de América Latina ha caído en desgracia por ese acuerdo sobre el petróleo de Venezuela en el que está mezclado un corrupto de primera categoría como Alejandro Betancourt. Si bien ese impresentable de Betancourt debería estar en la cárcel y no haciendo negocios en Venezuela, el acuerdo que hizo Estados Unidos para abastecerse de petróleo durante los próximos 30 años es tan estratégico como lo fue hace 120 años el canal de
Panamá. Finalmente, si la transición democrática en Venezuela culmina como todos esperamos, con unas elecciones libres en las que, sin duda, María Corina Machado se convierte en la siguiente presidenta de Venezuela, este acuerdo va a ser visto en esta dimensión estratégica; seguramente se va a normalizar con empresas americanas tradicionales y estoy seguro de que Betancourt va a acabar en la cárcel como merece.
América Latina nunca había tenido un secretario de Estado y un consejero de Seguridad Nacional, los dos cargos que hoy ocupa Marco Rubio en el Gobierno de Estados Unidos, tan cercano dado su origen cubano y el de su esposa, que es colombiana. Si a esta identidad geográfica sumamos la nueva política exterior y de seguridad nacional de Estados Unidos, que plantea claramente que su área de influencia principal, por fin, va a ser América Latina y que el crimen organizado es una amenaza de seguridad nacional, tenemos un contexto único y una oportunidad casi que imposible de repetir para crear un nuevo escenario político, económico y de seguridad que entrelace los intereses de Estados Unidos con los de los países de la región. Como si esto fuera poco, hay una alineación ideológica de la mayoría de los países latinoamericanos con Estados Unidos, algo que en la historia nunca se había presentado.
¿Vamos a dejar pasar esta oportunidad única? El presidente de Colombia puede jugar un papel crítico en este nuevo escenario y dejar como legado histórico, que también le sirve inmensamente a Marco Rubio en su carrera presidencial, una nueva alianza para el progreso, para la seguridad y para la integración que suplante a ese multilateralismo en decadencia, cuyo representante en la región es la OEA, que, no nos digamos mentiras, ha servido para poco.
Hay poco tiempo y se necesita mucha creatividad y mucha actividad del presidente De La Espriella para llenar el vacío que hay ahora entre un símbolo, como es el Escudo de las Américas, y una posible realidad que es un acuerdo de integración en materia de seguridad, de migración y económico, con incentivos y sanciones, que reemplace a la OEA y juegue un papel fundamental en una nueva etapa de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.
Se necesita un nuevo Plan América como funcionó el Plan Colombia, que fue el más grande éxito en política exterior de Estados Unidos durante 20 años. Se necesita una propuesta que los países de América Latina le presenten a Estados Unidos, tal y como en su momento Colombia lo hizo durante el gobierno de Andrés Pastrana y de Bill Clinton. El Plan Colombia no lo elaboró Estados Unidos. Lo planteó Colombia a Estados Unidos, le gustó y lo adoptaron. El escenario hoy es mucho más propicio para algo similar de dimensiones continentales que el de entonces para el Plan Colombia.
Abelardo De La Espriella tiene que convertirse en el activista y coordinador de este Plan América, y junto con Milei, Kast, Keiko y Noboa presentarle a Estados Unidos esa propuesta de Plan América. Los componentes y el camino ya los mostró el Plan Colombia, pero en este caso, con la nueva política exterior norteamericana de énfasis en América Latina, debe ir más allá de simplemente ser plan de seguridad.
Si se le quiere hacer un contrabalance a China en la región, uno de los objetivos fundamentales de la política exterior norteamericana, este Plan América debe contener una agresiva política de nearshoring para que las empresas americanas tengan como alternativa a la región para instalar sus maquiladoras, que hoy operan en esta potencia asiática. La acumulación de minerales críticos en manos de China, sumado a lo que se vivió con las cadenas logísticas durante el covid, muestra el riesgo inmenso que Occidente enfrenta ahora que ese país se enrumba a una confrontación más agresiva producto del nuevo énfasis maoísta que Xi Jinping le está dando a la economía, y a la sociedad, la verdad, de su país.*
El aspecto de seguridad en esta propuesta es mucho más sencillo, pues ya hay un camino elaborado, pero lo que sí debe ser es mucho más tecnológico –drones e IA– y agresivo, planteando integración de equipos militares, policiales y de justicia para poder operar a lo largo y ancho del continente. Los narcos sí trabajan de manera conjunta en la región. Nosotros no podemos desconocer esa realidad y poner como traba una soberanía que para los criminales no existe.
Nunca se va a presentar una oportunidad similar. Los grandes estadistas dejan una herencia y esa puede ser la de Rubio y De La Espriella. Veremos si entienden la grandeza del momento. Ojalá.
*Artículo de Kevin Rudd, ex primer ministro de Australia y gran conocedor del tema sobre el nuevo maoísmo de Xi. https://substack.com/@mrkrudd/note/p-212923335?r=5fht8w&utm_medium=ios&utm_source=notes-share-action.