Colombia ya ha elegido a su nuevo presidente de la República. Las campañas electorales han quedado atrás, al igual que la incertidumbre de los escrutinios generada por los anuncios de irregularidades en el preconteo. En este momento, lo esperable sería que todos los colombianos estuviéramos unidos en la esperanza de un mejor futuro para la nación, trabajando por el fortalecimiento democrático y de sus instituciones; pero la realidad es otra.
Al culminar los escrutinios del proceso electoral del año 2018, en el que se declaró triunfador a Iván Duque, figuras como Gustavo Petro sentenciaron el rumbo de la oposición con frases como: “Haremos la oposición en las calles”. Los colombianos no podemos olvidar lo que significó la materialización de esa frase en términos de protesta descontrolada, destrucción y muerte. Todo esto, además, en un contexto en el que el país aún enfrentaba los rigores de una pandemia que generó un punto de disrupción global sin precedentes, con efectos económicos profundos.
Los colombianos hemos sido advertidos por diversos actores políticos afines al gobierno saliente de que la calle volverá a ser el principal escenario para ejercer la oposición. Los videos y escritos que incitan a “hacer invivible” e “incendiar el país” se difunden profusamente en las redes sociales, un campo de confrontación que ha ganado terreno en los últimos periodos presidenciales.
El resultado electoral ha sido evaluado exhaustivamente por analistas. Muchos, basándose en la diferencia de votos, hablan de una nación polarizada, donde la mitad del país es de izquierda y la otra de derecha. Otros, con una visión más simplista, señalan que el país se divide entre seguidores de Petro o de Cepeda, por un lado, y de De La Espriella, por el otro. Sin embargo, detrás de ese espectro pendular, los números electorales ocultan una realidad aún más compleja: la enorme fractura en el tejido social de nuestro país. Y no me refiero solo a la desigualdad y la inequidad evidentes, factores que profundizan la desintegración social presente desde el nacimiento de la república por razones de raza, etnia, cultura, ubicación geográfica, género, entre otras.
Resulta paradójico que, en un país como el nuestro, se salga a la calle a reclamar igualdad, pero al mismo tiempo se exija tratos diferenciales, se aprueben leyes particulares para cada grupo poblacional, se reclamen beneficios económicos exclusivos y oportunidades según cada condición. Colombia es una enorme colcha de retazos, unida por costuras sumamente frágiles. Esas delicadas líneas que separan a los numerosos grupos poblacionales, se mueven al compás del discurso de quien sepa interpretar sus necesidades particulares, como quedó evidenciado en estas elecciones al alcanzar la histórica cifra de más de 26 millones de votantes en la segunda vuelta presidencial. Los odios, los miedos, los afectos, la esperanza, la falta de ella y la indecisión concurrieron a las urnas. Ahora tenemos un nuevo presidente, y qué torpe sería aspirar a que haga él haga un mal gobierno solo para justificar que no se votó por él, en lugar de aceptar la voluntad popular.
Los que se sienten perdedores, que no debería ser así, deben entender que el nuevo gobierno trae consigo un programa que debe armonizar con lo realizado en la administración actual, pero para hacerlo debe revisar en que estado se entrega cada cartera ministerial. Los errores en muchas áreas son evidentes y las responsabilidades se deberán asumir en la medida que los entes de control asuman las investigaciones que sean pertinentes. Quienes llegan a la casa de Nariño no pueden asumir de entrada que todo lo actuado fue malo y menos ignorar cual fue el foco del gobierno saliente y que es precisamente ese punto lo que mas genera temor en un amplio sector de los colombianos. Todos los bandos deben entender que es posible construir un mejor país y que la buena gestión en cada área de la administración pública, reduce las posibilidades de que la oposición llame a las masas a las calles.
Es tiempo de comenzar a sanar los corazones lesionados por las mentiras y por los odios difundidos desde todos los sectores y durante muchos años. Es hora de deponer los ánimos, dejar las palabras viscerales y a destiempo emitidas en comunicados, debates y discursos que siguen lastimando la sensibilidad de muchos. Necesitamos ser empáticos, adoptar una actitud de escucha activa y ejercer un silencio prudente. Debemos priorizar la cura del dolor emocional que ha dejado una campaña agresiva y distorsionada, conteniendo la necesidad de tener siempre la razón o de expresar cada pensamiento impulsivo, para no alimentar las brasas llameantes de las diferencias políticas. Es momento de silenciar los egos y de evitar el uso de etiquetas que señalan, estigmatizan, degradan o deshumanizan al contradictor. Es momento de sustituir los ataques personales por un debate verdaderamente constructivo.
Sanar los corazones en esta etapa de nuestra historia implica aceptar que quien ganó las elecciones está revestido de legitimidad y que su gestión debe beneficiar a todos y no solo a sus seguidores. También significa entender que disentir no es un delito, sino un pilar necesario para lograr un equilibrio de poderes saludable, que no convierte a quien piensa distinto en enemigo.
Al sugerir esta sanación, no pretendo que se ignoren los problemas del país, ni pedir que se abandone la ideología que anima a cada quien. Se trata de ejercer la participación ciudadana con altura. Por ello, incitar a tomar la calle como escenario de confrontación política desde la oposición, resulta en estos momentos de la patria, una enorme irresponsabilidad social. Declaraciones y videos de figuras como Viviana Marín, declarándose una “plaga” para hacer invivible el país, o de líderes políticos y sociales, anunciando cómo lo van a incendiar, solo generan tensión y no contribuyen en nada a la paz que tanto dicen buscar. La oposición política no consiste en impedir que se gobierne, sino en vigilar que el Ejecutivo actúe bien, gobierne para todos y se mantenga dentro de los límites de la Constitución y de la ley.
Tampoco contribuye a la paz la declaratoria de desobediencia civil que ha promulgado el señor Iván Cepeda, ya que hacerlo equivale a cuestionar la legitimidad del presidente electo, después de que los escrutinios despejaran todas las dudas sobre el proceso electoral y fueran aceptados por él mismo. La Corte Constitucional reconoce la resistencia civil como una forma excepcional de protesta para situaciones en las que se han vulnerado gravemente los principios democráticos, lo cual no aplica en este contexto. Este anuncio obedece a una torpe iniciativa del dirigente opositor, y no a hechos cometidos por el designado, a quien le falta más de un mes para posesionarse en el cargo.
El panorama tiende a tornarse peligroso, toda vez que, en los cuatro años del Gobierno de Petro, los sectores señalados de pertenecer a la derecha han aprendido a salir a marchar, a protestar y a exigir sus derechos en las calles, y hoy no están dispuestos a ser actores pasivos en eventos como los sucedidos en el año 2021. Mientras la izquierda unida define quién los va a liderar, se espera que la confrontación de los egos elevados, tanto de Petro como de Cepeda, no lleve a añadir un retazo más a la colcha nacional. Es tiempo de que todos los colombianos sanemos nuestros corazones, depongamos los ánimos y generemos espacios para el consenso. Solo así evitaremos que las calles sean de nuevo los escenarios de confrontación, donde las diferencias se bañan en sangre y la palabra es suplantada por los gritos de odio y de dolor.