Santa Marta es una de las ciudades más emblemáticas de nuestro país. La cordialidad de sus gentes, su riqueza histórica, la inmensa biodiversidad que alberga, son solo algunos de los aspectos vitales de su esencia.

Los sucesos recientes, en los que el Estado en cabeza del ejecutivo, por primera vez en muchos años, decide rescatarla de los grupos ilegales, es una iniciativa bastante positiva, que requiere de un largo aliento y paciencia.

El drama social de Santa Marta va mucho más allá de la seguridad. La corrupción a la que fue sometida esta ciudad, así como todo el Magdalena, generó un enorme retroceso para toda la región. Esta, una zona inmensamente rica, alberga una cantidad significativa de personas en estado de pobreza multidimensional, lo cual genera un caldo de cultivo perfecto para que agrupaciones criminales al margen de la ley hagan de las suyas.

Se contabiliza un número de alrededor de 800 personas al servicio de una de las agrupaciones criminales, las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra. El Clan del Golfo, su contrincante directo por el control territorial, también tiene cientos de personas a su servicio.

El lograr que estos jóvenes, pues la mayoría de los miembros de estas estructuras no superan los 30 años, tengan un trabajo digno y productivo es también otro reto, igual o más difícil que el convencerlos de que es mejor trabajar que delinquir. Esa es la labor titánica que habrá que hacerse allí. Se empezó con la seguridad; ahora habrá que atender la emergencia social, ya que de acuerdo con cifras del Dane, el 28,6 % son calificados como población vulnerable.

Durante más de tres décadas, los ilegales han diezmado esta importante región del país. Este primer paso que está dando el Gobierno es acertado, siendo también fundamental acompañarla con iniciativas que fomenten el turismo, el agro y en general la productividad.

Esta tarea no es nada fácil; de ahí lo fundamental de la realización de alianzas público-privadas para sacar varias iniciativas adelante. Eventualmente, el Gobierno podría pensar en un Conpes para Santa Marta y alrededores, así como en una política pública desde el ejecutivo que demuestre un compromiso claro, empezando por el documento maestro: el Plan Nacional de Desarrollo.

La alerta que encendieron gobiernos como Estados Unidos y el Reino Unido, sugiriendo a sus ciudadanos no visitar la zona, creo que también es un campanazo para que en el futuro los operativos se realicen con la misma efectividad, pero un mayor sigilo.

Millones de personas pudimos ver al presidente ejecutivo de Cotelco en el Magdalena, llorando en una entrevista que le hizo un medio de comunicación nacional, pues no pudo hacer nada distinto al recordar que, como consecuencia del paro armado, la ocupación hotelera cayó por debajo del 15 % en zonas rurales, y que para la semana de receso, turística por excelencia, se habían reportado cancelaciones masivas, pues la gente tiene temor de ir.

Santa Marta es una ciudad a la que siempre habrá que volver. Si no ha estado en esa ciudad, es buen momento para que la conozca. Si ya ha ido, lo invito a regresar. Ahora con menos miedo que antes, pues ahora se cuenta con una mayor presencia policial y militar.