Causó una excelente impresión en el país. Por buena gestora ante el sismo, su presencia en las calles y tratarse de una mujer joven, preparada, con carisma. Tuvo, además, la fortuna de recibir a Shakira y al filántropo Buffett, que dedicarán fondos a reconstruir escuelas (“limosnas”, según el Petro corrupto, cínico y agresivo que ella apoyaba), y de contar con el presidente De La Espriella, dispuesto a sacar al Chocó del atraso y el olvido. Luces de esperanza para una sufrida región con carencias infinitas.

Pero Nubia Córdoba-Curi sabe que la verdadera cruzada apenas comienza y que el mayor problema que confrontará no será la falta de plata para atender tamaña destrucción o la escasez de viviendas para arrendar en Quibdó. El verdadero enemigo, el que carcome el departamento desde los cimientos, no es otro que una corrupción insaciable que todo se traga.

Seamos sinceros. Hasta los propios chocoanos susurran que se perderán los fondos en politiquería y bolsillos particulares si no nombran a alguien incorruptible y con don de mando para controlar cada peso, y unos sugieren que sería preferible un foráneo.

Seguro que molesta a muchos, pero mis años de reportería en Chocó, como en La Guajira, me demostraron que el riesgo de que los ladrones del erario se coman buena parte de lo que llegue es gigantesco, mayor que en otros lugares. Porque la institucionalidad en Chocó es más débil que en Pereira o Cali y las ías terminan siendo más “acomodables”.

Son múltiples las razones. La geografía es determinante, con poblaciones lejanas, dispersas y de difícil acceso. Los corruptos que las dominan exigen sus peajes y hay que pasar por caja. Peor los grupos armados, que se mueven a sus anchas, exigen su suculenta tajada en cada contrato y limitan la entrada de contratistas y profesionales. También sirven de excusa general para justificar la imposibilidad de que personal independiente acceda a las obras para supervisarlas. Sin olvidar la escasez de mano de obra cualificada, de ingenieros y otras especialidades, dada la cantidad de jóvenes que migran a otros departamentos con más oportunidades laborales.

Sumemos el narcotráfico y la proliferación de minas de oro ilegales, que con dragas, dragones y maquinaria amarilla arrasan la manigua, atestan ríos y caños de mercurio y ahondan la cultura narco, que destruye familias, fomenta el desorden social, la corrupción y el despilfarro. Además de financiar a las bandas criminales.

Quibdó, que solía ser una ciudad segura, lleva unos años en manos de bandas locales que reclutan menores y viven de la extorsión y otros negocios malditos. Los Zetas, aliados del ELN, Los Mexicanos o Los Locos Yam son algunas, mientras los poderosos Gaitanistas intentan eliminarlas para apropiarse de toda la capital. Y se trata de una urbe de 140.000 almas, sumida en una pobreza que alcanza el 90 por ciento, con empleos del rebusque, miles de casas insalubres y servicios públicos inhumanos porque se los robaron.

Si vas al Hospital San Francisco, te puedes morir de la ira y la tristeza. Desbordado, mal dotado, atiende a chocoanos de todas partes y de poco sirve el desangelado y básico Ismael Rondón. Ninguno presta la atención médica que merece cualquier colombiano.

El sismo no los dañó, suficiente tienen con la corrupción y la desidia, que han quebrado su estabilidad financiera y asistencial. Hablen con médicos y enfermeras a escondidas –que nadie advierta que fueron su fuente o sufrirán represalias–, y certificarán que la corrupción es el terremoto que soportan desde hace décadas.

Recuerdo una conversación de tiempo atrás con un directivo que terminó llorando de impotencia por la imposibilidad de derrotar a los corruptos.

Los Gobiernos nacionales, entretanto, suelen acudir al Chocó para ensalzar a las negritudes, anunciar programas de lo que sea y dárselas de mentes abiertas alejadas del racismo. Pero vuelven a Bogotá y se olvidan.

Y si añadimos a los indígenas, a los que volvieron mendigantes con sobredosis de subsidios al punto de sustituir sus saberes por unos pesos miserables.

En cuanto a las vías, indignante que aún no exista la Quibdó-Medellín, en lugar de la actual trocha, con derecho a rodar por un abismo, y la de Pereira no esté acabada como Dios manda.

El Plan Marshall que propuso el presidente (y criticó el expayaso con insultos) sería una solución integral, la única posible. Porque los 270 colegios y centros que deben reconstruir los tendrían que haber intervenido sin que mediara el sismo. La inmensa mayoría estaba en mal estado, y no presuman del megacolegio de Quibdó, embutido en las callejuelas del centro, sin espacio para la recreación de los niños.

Bojayá puede servir de ejemplo de los errores y lo rescatable. Construyeron buenas casas para las familias de los asesinados, pero de espaldas al río y con el pernicioso virus del “victimismo” vitalicio.

Solo esbocé trazos de una realidad compleja de mil aristas. Pero el primer mandamiento es imprescindible para que algo funcione: no roben.