El resultado de las elecciones presidenciales en la ciudad de Bogotá significaba para el Poder Popular (Partido Liberal) el triunfo o la derrota estruendosa contra el peor alcalde que hasta el momento había tenido Bogotá y quien para esos días aspiraba a la Presidencia de la República: Andrés Pastrana Arango, quien era el candidato de las fuerzas conservadoras para aquellos comicios.
Para esa elección, en compañía de Carlos Julio Gaitán, tuvimos el encargo de organizar y coordinar la campaña en la ciudad de Bogotá en donde convertimos la sede de Carlos Julio en el barrio Teusaquillo y la del Poder Popular en los cuarteles generales de la batalla final, donde un desfile interminable de simpatizantes y amigos entraban y salían, y con entusiasmo apoyaban la causa.
Sin embargo, como no pasaba hacía muchos años, la incertidumbre por el resultado hacía pensar en que cualquier cosa podría pasar, máxime cuando en la ciudad el famoso voto de opinión empezaba a consolidarse por primera vez como un factor diferenciador e incluso determinante para el resultado.
El sábado anterior al día de las elecciones no teníamos recursos para el complejo andamiaje del día electoral; no había dinero para el transporte, ni para los refrigerios, ni mucho menos para la compleja estructura de testigos electorales, en contraste, el hijo del gran Augusto Ramírez, Mauricio, buen amigo en aquellos días, hacía las veces de encargado del día electoral de la campaña de Pastrana.
Cuando hablé con él, al atardecer de ese sábado 18 de junio de 1994, con absoluta vehemencia me señaló la tranquilidad de ser coordinador del día de elecciones en la campaña conservadora, pues holgadamente tenían un presupuesto capaz de suplir todas las apremiantes necesidades del día, incluso como dato curioso contaban hasta con un avión que realizaría propaganda con una pancarta que permitían registrar con la propaganda electoral del joven Pastrana.
Como estrategia de cierre, decidimos con Carlos Julio Gaitán organizar la marcha de los sombreros rojos en el Parque Nacional. Para dicho evento contamos con la invaluable colaboración de Antonio José Pinillos, Nancy Yunez, Gilberto Serpa, Edith Camerano, Isabelita Martínez, Lolita Serrano, Ramón Rubiano y de Martha Luna, evento que resultó multitudinario.
Desafortunadamente, en aquellos días no había redes sociales o la tecnología idónea para haber logrado documentar ese acto, el cual, sin duda, nos dio la total convicción del inminente triunfo, al menos el de la ciudad de Bogotá. Esa marcha fue la evidencia del sentir popular de esa ciudadanía cansada e inconforme con la perenne dirigencia Colombiana, esa que en el más despótico nepotismo, imponía una agenda cerrada al pueblo, tal y como decía Jorge Eliecer Gaitán: “Los mismos con las mismas”.
Esa marcha fue ver el clamor de esa ciudadanía representada por los vendedores ambulantes, por los conductores de buses, por los trabajadores más humildes, por los pensionados, los educadores, esos que nunca habían sentido incluyente o cercano el discurso de ningún político. En ese momento comprendimos que el cambio era posible y que era el tiempo de la gente.
Sin embargo, el mejor gobierno hasta ese momento de la historia reciente de Colombia, por haber sido el gobierno de lo social, que creó el Sisbén, que es el seguro de vida contra la revolución en Colombia. Desafortunadamente, estos logros que fueron un bastión para las clases menos favorecidas de nuestro país, terminaron en medio de la tensión por cuenta del famoso Proceso 8.000, y por la infame persecución y presión a la que fue sometido el gobierno, que prácticamente tuvo que dedicarse a defenderse.
Toda esta arremetida fue impulsada por el derrotado candidato Andrés Pastrana, quien aun con lágrimas en su rostro puso en conocimiento de la opinión pública los famosos narcocassettes. Sin embargo, lo que el país no sabía, casi treinta años después, es que él mismo también tenía ciertos vínculos con los hermanos Rodríguez Orejuela, es más, de conformidad con la misiva enviada por ellos el pasado mes, la relación se fundamentó para evitar que se supiera la verdad de Chambacú y Dragacol.
Es decir, a cambio del silencio de los recluidos capos, ellos suscribieron una carta incriminando a Samper sobre la financiación de su campaña, mejor dicho, todo un entramado que de alguna manera será fundamental aclarar, pues el fondo no es solo la corrupción en Chambacú y Dragacol, sino que los Rodríguez Orejuela también señalan cómo diversos líderes de las toldas azules fueron también permeados por dinero ilícito para ingresar a la campaña de Pastrana.
La verdad tendrá que salir a flote y es fundamental para el país saber qué pasó durante los años 70, 80 y 90 en materia de financiación de campañas presidenciales. Sin embargo, al tratar de establecer verdades, hay una que conozco de cerca y con idoneidad podemos referirnos a ella, esta verdad se llama Dragacol.
Fungimos como árbitros del Centro de Conciliación y Arbitraje de la Cámara de Comercio de Bogotá desde hace muchos años y tenemos un recorrido muy sólido en el manejo de singulares procesos en lo público y privado, procesos entre los cuales fuimos designados como árbitros en el caso de Dragacol, en este caso en compañía del Dr. Gilberto Álzate y del Dr. Saúl Florez , sin embargo, por las obvias razones que me imponen mis deberes profesionales no me referiré sino a un hecho que a toda luz desborda todo tipo de raciocinio y lógica, pues al interior del gobierno Samper, específicamente el ministro Rodrigo Marín Bernal, había fijado la directriz de conciliar ese pleito con una suma tope de $4.000′000.000 de la época.
Sin embargo, una vez posesionado el nuevo gobierno de Pastrana el día de la instalación del tribunal nos enteramos que la suma con la que se puso fin al litigio fue la de $26.000′000.000, es decir, se quintuplicó la cifra generándose un enorme detrimento patrimonial para el Estado, pero el problema no es judicial sino ético y político, pues la verdad es que un litigio puede ser conciliado libremente por las partes, pero lo que no puede ser plausible es que si el gobierno fijó un tope máximo, de manera soterrada y lejos del lugar natural para discutir esta instancia, se haya llegado con una cifra tan exorbitante.
Cinco veces más tuvimos que pagar los contribuyentes para solucionar este problema, se trata de un asunto ético, al igual que lo que pasa hoy en día con los Papeles de Pandora, no es ilegal constituir una cuenta fuera del país, sin embargo, a un expresidente o al director nacional de impuestos se le ve muy mal hacer eso, cuando a toda luz este tipo de conducta sin duda, es una práctica para evitar pagar impuestos.